
Trágico golpe a la eficacia
Los suizos viven una dolorosa afrenta a su imagen de organización y seguridad. Con la caída del vuelo 111 de Swissair, las 229 muertes les han hecho entender de la forma más dura que no están exentos de situaciones incontrolables, o de fallas mecánicas o humanas.
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GINEBRA .- ESCUETA y brutal, la noticia se imprimió en los teletipos del mundo entero antes de las cinco de la mañana de un jueves de verano en Ginebra. El vuelo 111 de Swissair, que todos los días une Nueva York con Ginebra, había desaparecido de los radares de la torre de control de Halifax, en Canadá.
Esa madrugada, el vicepresidente de Swissair Group de la Suiza francesa, Jean Pierre Allemann, fue alertado desde el aeropuerto de Zurich por la encargada de prensa del grupo SAir, Miriam van Zweden. Todavía no se sabía a ciencia cierta que "la desaparición de los radares" significaba que se había producido el accidente más grave de la historia de la aviación suiza. A esa hora, todavía había esperanzas de encontrar sobrevivientes: algunos habitantes de Peggy´s Cove creyeron ver chalecos salvavidas flotando entre las olas. Pero ya a las 7 de la mañana no quedaban dudas: el avión se había estrellado en el mar y sus 229 ocupantes habían muerto.
A esa misma hora, Swissair puso en marcha su operativo "célula de crisis" que funcionó -según nos dijo Allemann- a tres niveles: "Primero, un grupo especial de más de 20 psiquiatras y psicólogos se prepararon para hacerse cargo de los parientes o amigos cercanos de las víctimas, llevándolos a una zona restringida del aeropuerto, lejos de miradas indiscretas. En segundo término, se implementó un grupo de empleados del aeropuerto para canalizar las llamadas telefónicas con números especiales que comenzaron a aparecer en las pantallas de la televisión suiza alrededor de las 10 de la mañana: en dos días se recibieron más de 10.000 llamadas. Y, finalmente, al mismo tiempo se coordinó la información a la prensa, ya que desde el anuncio de la noticia por los teletipos, más de 200 periodistas nacionales y extranjeros, con cámaras y equipos de satélite, habían llegado a Cointrin".
Aterrados, los suizos se despertaron esa semana del jueves 3 de septiembre con la noticia de la catástrofe en todas las radios. Después de 19 años sin ningún accidente, considerada como una de las líneas más seguras y eficaces del mundo, Swissair se enfrentaba con una tragedia mayúscula.
Mientras tanto -a partir de las 8 de la mañana-, cuando en la pizarra apareció la terrible frase "El vuelo SR 111, consultar un mostrador especial", en el aeropuerto de Ginebra reinaba ya un clima de incredulidad, de dolor y de miedo.
Los parientes de las víctimas fueron alejados cuidadosamente de las cámaras, los pasajeros que se aprontaban a partir se amontonaron frente a las ventanillas de la policía suiza, sin decidirse a pasar a la zona de tránsito, mientras esta corresponsal junto a decenas de colegas sorprendentemente silenciosos esperaron frente a la oficina de prensa la primera conferencia con las primeras informaciones del drama.
En busca de identidades
Todavía no se había dado a conocer la lista de pasajeros del vuelo 111, tampoco un recuento de nacionalidades. Según los reglamentos del derecho aéreo, nos dijo el vicepresidente de Swissair: "Las empresas de aviación no pueden revelar el nombre y apellido de las víctimas, hasta que todos los familiares de cada uno de ellos haya sido informado de la tragedia". Todavía no había terminado la mañana, cuando ya el presidente de Suiza, Flavio Cotti, y su consejo de ministros anunciaban "su profundo dolor y su tristeza por la pérdida de tantas vidas" y resolvían izar las banderas del país, en su capital, Berna, a media asta.
Poco después, la oficina europea de las Naciones Unidas en Ginebra emitía un comunicado para precisar su "dolor ante la muerte de varios funcionarios de su sistema, de Acnur, de Unicef, de Ompi (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual), así como del primer director del Programa de Lucha contra el SIDA de la OMS, Jonathan Mann, y su mujer". Extrañamente, este médico epidemiólogo de 51 años, graduado con honores en Harvard y pionero en la lucha contra el SIDA desde 1986, fue el primer nombre que se dio a conocer. Todavía no se sabía que su mujer, Mary-Lou Clements, había sido una especialista en el desarrollo de nuevas vacunas experimentales contra el SIDA del Centro de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore. Ese primer día de duelo, que pareció eterno a los empleados del aeropuerto de Cointrin, fue también para los responsables el de las decisiones drásticas. Apenas comenzada la tarde, se decidió -por consejo de la célula de crisis de psicólogos y enfermeros- fletar un vuelo especial hacia Halifax, con todos los parientes y amigos cercanos de las víctimas que quisieran viajar hacia el lugar de la tragedia. El vuelo partiría a la mañana del día siguiente, viernes, con familiares desde Zurich y Ginebra, acompañados por un grupo importante de psiquiatras. El objetivo, según una de las psicólogas con la que hablamos, era "permitir que se haga el duelo en el lugar mismo del accidente, pero sabiendo, sin embargo, que resultaría improbable, por ahora, recuperar los cadáveres del mar".
La organización de este vuelo especial implicaba tomar varias decisiones al mismo tiempo: consultar, en primer término, a las familias de los pasajeros del vuelo 111, ofrecerles ayuda psiquiátrica durante el vuelo y la estadía, informar a las autoridades suizas de la decisión de organizar en Halifax una misa ecuménica, con la presencia de religiosos protestantes, católicos, judíos, musulmanes y budistas. "Y finalmente -nos dice con pudor Allemann- ofrecer a cada uno de los familiares o amigos cercanos 20.000 dólares, suma que puede ayudarles en el primer tiempo a no tener que pensar también en problemas económicos, que muchos familiares pueden tener".
Según el sociólogo suizo Bernard Crettaz, "el viaje de los familiares hasta el lugar del accidente cubre una etapa fundamental que es la búsqueda de una prueba material de la muerte". Y pocas veces un gobierno -como en este caso el suizo- se ha sentido más comprometido:al día siguiente del accidente, el presidente Cotti anunció que iría a Halifax, a la misa ecuménica en honor de los muertos.
El fin de la omnipotencia
Qué significa esta tragedia para los suizos? Una manera de entender, duramente, que no son mejores que el resto del mundo. Que la imagen de competentes, organizados y meticulosos no los salva de situaciones incontrolables, o de fallas mecánicas o humanas. Hace menos de un año, un atentado en Luxor, Egipto, causó la muerte de más de cincuenta turistas suizos, traumatizando al país durante semanas.
Esta vez, el drama de la empresa aérea ha despertado, después del horror, un nuevo sentido de solidaridad. Con todo, para la empresa aérea, cuyos directivos han dormido apenas dos horas por noche desde el accidente, "lo más importante son las víctimas vivas, o sea, los familiares". El vicepresidente de Swissair nos dice, con pesar: "Cuando analizamos lo que ocurrió en los últimos días y las decisiones que hubo que tomar, hubiéramos podido actuar mejor. Pero lo importante es lo que nos dijeron los familiares que viajaron a Halifax, que precisaron que, tomando en cuenta las condiciones tan terribles que hemos vivido, nosotros habíamos hecho un trabajo formidable".
Llevará meses determinar las causas del accidente. Hasta ahora, sólo una de las dos cajas negras del avión pudo ser rescatada de las borrascosas aguas del Atlántico. En ella se encontró la grabación del piloto que pedía un aterrizaje de emergencia. Falta la segunda caja negra, donde deberían estar registrados los últimos minutos de las conversaciones en la cabina de mando. La investigación del accidente se efectúa en forma conjunta por las autoridades aéreas canadienses, por ser el lugar donde se produjo la caída del avión; las autoridades estadounidenses, por ser el país constructor del McDonnell-Douglas, y por las autoridades de la empresa suiza de aviación. Hasta ahora, sólo hay conjeturas, la causa tardará meses en conocerse. Sólo se sabe que cuando hay humo en la cabina de mando, puede deberse a tres causas: un problema eléctrico, el aceite de la máquina que se recalienta o fuego en el compartimiento de los equipajes.
Para Swissair, la tragedia continúa. Ahora comienza la etapa de la identificación de los pasajeros, los certificados de defunción, y la organización de distintas ceremonias en honor de las víctimas en Zurich, Nueva York y Ginebra.
Mientras tanto, 229 velas siguen alumbrando un pequeño altar en St. Pierre, la catedral protestante de Ginebra.



