Trampas de una reforma electoral

Por Hugo Gambini Para LA NACION
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23 de agosto de 2002  

LOS que están ansiosos por una reforma electoral para terminar con las listas sábana de diputados y se han enamorado fuertemente del sistema uninominal vale la pena que conozcan lo que ocurrió alguna vez en nuestro país cuando fue implantado este mecanismo. Si no se toman los debidos recaudos, los riesgos que se corren son graves, pues se eliminaría la representación proporcional y, en lugar de dar mayor representatividad a las nuevas ideas y a los nuevos políticos, se fortalecería el actual bipartidismo. Y si se llegara a repetir aquel siniestro plan de circunscripciones dibujadas, hasta se corre el riesgo de hacer desaparecer a la oposición.

Entremos por un rato en el túnel del tiempo y retrocedamos cinco décadas, hasta 1951. La Capital Federal, distrito duro para el peronismo, debía renovar 28 bancas. Gobernaba Juan Domingo Perón, que manejaba cómodamente los tres poderes constitucionales. Al cuarto poder, la prensa, lo anuló clausurando periódicos opositores y montando un gigantesco aparato propagandístico de diarios, radios, revistas y noticieros oficialistas.

Perón tenía, además, el poder de los votos. Y aunque en las elecciones libraba sus combates frente a un adversario amordazado, su fuerte concepción militar lo inducía a delinear una estrategia política basada en la eliminación del enemigo. La planificación táctica se la ordenó a la cartera de Asuntos Políticos, convertida en un laboratorio de experimentos perversos a cargo del ministro Román A. Subiza.

Fue en ese laboratorio donde, por expreso pedido presidencial, se generó un documento reservado con el inocente título de "Medidas de carácter político necesarias para afianzar al Partido Peronista", en el cual se planteaba la necesidad de adelantar un año el calendario electoral, "con el propósito -explicaba el ministro- de tomar desprevenida y desorganizada a la oposición, con sus fuerzas individualmente divididas y no coordinadas como frente nacional o unión democrática, aprovechar su falta de organización en el aspecto femenino y de su movilización en el masculino, y sacar provecho de nuestra superioridad en los medios económicos, de propaganda y movilidad, al acortar los plazos en que se pueda realizar la campaña". Al bendecir la propuesta, Perón fijó la fecha de los comicios para el 11 de noviembre, siete meses antes del vencimiento de los mandatos (4 de junio de 1952).

El documento confidencial no era otra cosa que una orden secreta para debilitar cada vez más a los partidos opositores. Algo incomprensible en aquel momento, pues estaba fechado el 22 de febrero de 1951 y para entonces la oposición no había producido ni actos de violencia ni intentos golpistas. Por el contrario, era víctima de bombas y atentados de diverso tipo, con muertos y heridos en las calles, y sus mitines, disueltos a sablazos por la policía montada, sin que la prensa registrara tales episodios.

Como en El gabinete del doctor Caligari , el histórico film de Robert Wiene, el genio creador de Subiza dio a luz una criatura maligna, que se llamó Plan político año 1951. Directivas generales . Como allí se calificaba a la oposición de "enconada", a ella estarían dirigidas las acciones planificadas por un "comando" integrado por el presidente de la Nación, cuatro ministros (Interior, Asuntos Políticos, Asuntos Técnicos y Trabajo), la CGT, la Policía Federal, el Consejo Económico Social, la oficina Control de Estado, la Sección Especial de la Policía (encargada de las torturas) y el Partido Peronista. Una de las directivas indicaba, por ejemplo, que "en colaboración con los ministerios, organismos, reparticiones, etc., el partido formará, para enfrentar a las correspondientes organizaciones opositoras, grupos de choque para ayudar su acción". La primera consecuencia que generó este exquisito producto fue la afiliación obligatoria al partido oficialista, impuesta a todos los empleados públicos bajo la amenaza del despido.

El gerrymander argentino

Para resolver el problema electoral, Subiza se inspiró en un método ideado por Elbridge Gerry, antiguo gobernador de Massachusetts, un granuja de la politiquería bostoniana que en 1812 promulgó una ley fraudulenta para debilitar a las minorías mediante la distorsión del sistema representativo. Por el apellido de su autor, este invento dañino se conocería como gerrymander . Consiste en modificar las zonas electorales con mayoría de mesas favorables a la oposición para incorporarles aquellas en las que sobran votos oficialistas.

Cuando Subiza explicó el mecanismo, Perón le ordenó una subdivisión así de la Capital Federal, destinada a neutralizar las mesas en las que ganaban los radicales. Con tan claras instrucciones, el alquimista analizó los componentes y rediseñó todas las circunscripciones para que en cada una de ellas se asegurara el triunfo del candidato oficialista.

Claro que la instalación del nuevo mecanismo significaba derogar la ley Sáenz Peña, que adjudicaba dos tercios a la mayoría y un tercio a la minoría. Con la indignada protesta del bloque radical, que veía desmoronarse así la posibilidad de aumentar su representación parlamentaria, el 5 de julio de 1951 la Cámara de Diputados cambió sorpresivamente las reglas de juego (el proyecto había sido presentado un día antes) y aprobó el restablecimiento del sistema de votación uninominal. Este había regido por única vez en 1904, pero el presidente Julio A. Roca lo suprimió enseguida por injusto, porque al elegirse un solo diputado por circunscripción era muy probable que en todas, o en casi todas, ganara el candidato del partido mayoritario, y una elección así dejaba afuera a la segunda fuerza.

Una vez realizada la alquimia en el gabinete del doctor Subiza, el nuevo trazado de la Capital quedó como un verdadero rompecabezas. "Las circunscripciones habrían de delimitarse de acuerdo con las necesidades del oficialismo y de tal modo el mapa electoral se transformó en una serie de complicados laberintos", escribió el periodista Bernardo Rabinovitz, entonces jefe de la corresponsalía en Buenos Aires de United Press, en su famosa libreta de notas, que luego plasmó en el libro Sucedió en la Argentina (1943-1956). Lo que no se dijo (Buenos Aires, 1956).

Aquellas elecciones de noviembre de 1951 le dieron un categórico triunfo al oficialismo. El binomio Perón-Quijano fue reelegido por 4.744.803 votos contra los 2.416.712 de la fórmula radical, Balbín-Frondizi, y la criatura maligna de Subiza logró su primer gran objetivo, pues en la Capital, con 832.000 sufragios (58 por ciento), el peronismo obtuvo 23 diputados, mientras que los radicales, con 607.000 (42 por ciento), consiguieron apenas 5. La ley Sáenz Peña hubiera otorgado 19 a la mayoría y 9 a la minoría. Con idénticos guarismos, el sistema proporcional hoy le daría 16 bancas a una fuerza y 12 a la otra.

Un nuevo rompecabezas

Pero la ingeniería electoral del astuto ministro no se iba a agotar en ese experimento. Tres años más tarde, frente a las elecciones del 25 de abril de 1954, analizó los últimos cómputos y, al detectar dónde podía trasladar más votos, directamente eliminó las secciones favorables a los radicales, distribuyendo sus circuitos entre las secciones más peronistas. Esta vez se propuso obtener el ciento por ciento de efectividad y rehízo el mapa, reduciendo las 28 circunscripciones a la mitad.

Del laboratorio salieron catorce nuevas secciones electorales, una más ridícula que la otra. Como la que unía Saavedra con Balvanera. O la que llegaba desde Villa Soldati hasta Palermo, atravesando el Once. Algunas más que circunscripciones parecían líneas de ómnibus, pues únicamente un colectivero podía imaginar un circuito de Núñez a Recoleta pasando por Córdoba y Callao. Era la magia que fluía del gabinete del doctor Subiza, donde se podía lograr que los votantes de Parque Patricios figuraran en la misma sección que los de Corrientes y Esmeralda. Sólo con semejante inventiva se podía dibujar una circunscripción que partiera del Riachuelo, cruzara La Boca, San Telmo, Monserrat y al llegar al centro subiera por Corrientes hasta Almagro, diera la vuelta en Once, bajara por Córdoba hasta dársena Norte y recorriera el puerto hasta Retiro. Ni a Oski ni a César Bruto se les hubiera ocurrido semejante creación artística. Y todo para escamotearle una banca más a la oposición.

En una vana tentativa por justificar ese esperpento político y estético, el inefable doctor Subiza pronunció una disertación el 23 de febrero de 1954, en la que expresó: "La Capital Federal, que elige 28 diputados, se tuvo que dividir en 28 circunscripciones, pero en esta nueva oportunidad sólo se eligen 14. En consecuencia, había que reducir las circunscripciones a la mitad. De lo contrario nos íbamos a encontrar con el problema de que la mitad de la población de la Capital iba a votar y la otra mitad no". Nadie creyó en esa explicación tan burda. Pero el resultado sería espléndido para el oficialismo, porque al ganar en todas las circunscripciones dejó a los radicales con un solo representante por la minoría: el que le adjudicaba esa tramposa ley para cubrir las apariencias.

Volviendo a nuestra realidad, es cierto que el actual sistema de representación proporcional, la sábana, es justo en las cantidades e injusto en las calidades, porque permite la incorporación de candidatos totalmente desconocidos. Pero cuidado al hacer los cambios, porque el remedio puede ser peor que la enfermedad. Y no se diga que después de aquella triste experiencia de los rompecabezas nadie va a intentar convertirse en émulo del doctor Subiza, porque nuestro país nos ha deparado tantas sorpresas que hoy nada es imposible.

Si no se quiere volver a los tercios de la vieja ley Sáenz Peña, porque los partidos chicos quedarían afuera, lo sensato consiste en mezclar parte del sistema proporcional con el uninominal, para garantizar la representación de las minorías. Y también para que el electorado les conozca la cara a los candidatos de su barrio.

Proyectos así ya existen. Lo novedoso sería aprobar alguno de ellos.

Hugo Gambini es autor de Historia del peronismo (Ed. Planeta).

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