
Trapitos al sol
Mori Ponsowy para LA NACION
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El proyecto que Mauricio Macri envió a la Legislatura para sacar de las calles a limpiavidrios y a cuidacoches tiene antecedentes en varias ciudades del mundo. En 2007, el gobernador de Yakarta, Letjen Sutiyoso, con la finalidad de propiciar un comportamiento civilizado en los habitantes de la ciudad, prohibió dar limosna, comprar a vendedores ambulantes y pegar chicles en bancos públicos. Las penas por incurrir en cualquiera de esos delitos fueron estipuladas en hasta dos meses de cárcel y multas de más de dos mil dólares. También en Colombia, en 2008, se aprobó un proyecto de ley, que, finalmente, el presidente no sancionó, pero que pretendía prohibir dar limosna en la vía pública. El argumento era que vendedores ambulantes y mendigos entorpecían el tránsito automotor.
En los Estados Unidos, pedir limosna está prohibido en algunos Estados, como Illinois y Chicago, aunque la constitucionalidad de la prohibición está en entredicho desde hace dos décadas. "Holgazanear" está prohibido en Nueva York desde tiempos de la colonia y, aún hoy, la ley de ese Estado considera criminal a cualquiera que "permanece o camina por un espacio público con el objetivo de pedir limosna". Sin embargo, la implementación de la ley empezó a tambalear a partir de 1990, cuando dos personas indigentes, Jennifer Loper y William Kaye, emprendieron una acción legal contra el Departamento de Policía de Nueva York tras haber sido detenidos. Dos años después, se dictó sentencia a favor de ellos y, en 1993, la Corte de Apelaciones de la Nación confirmó su victoria y declaró que pedir limosna pacíficamente era una forma de expresión libre protegida por la Primera Enmienda Constitucional. Desde entonces se han multiplicado los casos de personas indigentes que han recurrido a la justicia tras ser arrestados por vender o por pedir en la calle, con el consecuente aumento de juicios contra algunas legislaturas locales.
El argumento esgrimido por los abogados defensores de Loper y Kaye podría trasladarse de modo similar a nuestro país, ya que la estructura de nuestra Constitución es fundamentalmente idéntica a la de los Estados Unidos. Aún más: si entre ambas constituciones hay alguna diferencia es que la argentina asume compromisos sociales mucho más fuertes. En este sentido, cabe señalar también, como dice el abogado constitucionalista Roberto Gargarella: "La Constitución de la ciudad de Buenos Aires es mucho más exigente en términos sociales que la Constitución Nacional, lo cual hace muy difícil justificar que la primerísima e incondicional prioridad del gobierno no sea la atención inmediata hacia aquellos que están en peores condiciones. Si actuando en contra de ese mandato, se optara por cerrar a las personas más necesitadas una de las puertas que la misma Constitución les ha abierto, el gobierno quedaría en una posición muy frágil en términos legales y morales".
Más allá de los aspectos legales relacionados con la medida que se intenta sancionar en la Capital, vale la pena analizar el dilema moral provocado por la gente que pide propina o limosna en la calle. Los ciudadanos se dividen en varios grupos: aquellos que nunca dan, aquellos que dan siempre que pueden y, por último, aquellos que deciden dar o no dar según la simpatía que les cause la persona que se acerca a pedir. Ante las certezas de los primeros dos grupos, a este último suele aquejarlo el remordimiento: sus miembros saben que es imposible no equivocarse al elegir a quién dar y a quién no, pues no hay forma de distinguir entre quienes piden con motivos inconfesables y quienes lo hacen porque se encuentran en una situación realmente desesperada.
En contraste con el carácter dubitativo del tercer grupo, la gente del primero no experimenta la incomodidad de la duda: su negativa a dar se basa en una convicción íntima. Sus razones son variadas: afirman que quienes piden en las calles no quieren trabajar, que son un peligro para la sociedad o, incluso, extorsionistas, que detrás de ellos se ocultan mafias delictivas que ganan dinero a costa suya. Frente a estos argumentos, el segundo grupo -que tampoco duda- responde con una retahíla de preguntas basadas, a su vez, en sus propias convicciones: ¿acaso los índices de desempleo no son reales? ¿No era que no le creíamos al Indec? ¿Cómo podemos asegurar que todo aquel que no trabaja es porque no quiere? ¿Se puede presuponer que porque algunos cuidacoches extorsionan para que les paguen, todos los cuidacoches son extorsionistas? ¿Por qué no penalizar a las mafias en vez de a quienes son contratados por ellas?
En vez de tomar partido por una u otra postura, quizá lo más sensato y, sobre todo, lo más justo, sea reconocer que cuidacoches y limpiavidrios nos plantean un dilema moral de difícil solución: dar siempre no siempre es provechoso, no dar nunca puede ser una injusticia y dar de vez en cuando supone que podemos equivocarnos al elegir a quién darle y a quién no. Lo más complejo de la situación, sin embargo, no radica en la dificultad de la decisión que nos vemos obligados a tomar, sino en que, independientemente de lo que hagamos, el problema de fondo seguirá ahí: demos o no demos, se apruebe la ley o no, la desigualdad, el desempleo y la pobreza no desaparecerán porque un gobierno quiera hacerlos invisibles.
Helen Hershkoff, una abogada norteamericana, profesora de Teoría Constitucional en la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York y directora del Programa sobre Libertades Civiles, sostiene que las leyes que castigan a la gente de la calle por pedir limosna o propina no tienen como verdadero objetivo proteger al público, sino silenciar a los indigentes. En efecto, tanto en los Estados Unidos como en la Argentina ya hay leyes que penalizan la extorsión y otras que protegen a la ciudadanía de comportamientos callejeros violentos. Según Hershkoff, el verdadero propósito de las leyes que castigan la mendicidad "es proteger al público de la incómoda situación de verse interpelados por personas que viven en los márgenes de nuestra sociedad". Nada tan carente de glamour para quien que va a cenar a Palermo Hollywood como la escena de un chico haciendo señas con su trapito en el espejo retrovisor para indicarnos cómo estacionar el auto.
Ocultar la pobreza no la hará desaparecer. Me pregunto si taparla de nuestra vista cotidiana no será un modo de ignorarla más fácilmente. ¿Leyes como la que propone Macri no serán una manera de anestesiar a quienes sí tenemos coche y trabajo frente a las necesidades de los que no tienen nada? Más aún: ¿cuál sería el mensaje para la ciudadanía si se aprobara la medida? ¿No se estaría aceptando que la caridad y la empatía hacia el prójimo son disvalores? El budismo, el judaísmo y el cristianismo predican desde tiempos inmemoriales la caridad hacia los menos afortunados. Pensar que detrás de esos mandatos no existe algo de profunda sabiduría, de verdad moral o, incluso, de conveniencia para la paz social sería bastante ingenuo.
"Limosna" viene del latín eleemosyna , que a su vez viene de la raíz griega eleos , que significa "piedad". ¿Dónde quedaría el valor de la piedad en una sociedad en la que la ley misma la prohíbe? La palabra judía tzedakah significa "caridad" y proviene del hebreo tzedek , que significa "equidad" o "justicia". ¿Dónde quedaría la justicia?
Quizás antes de hacer algo en contra de los cuidacoches, nuestros políticos deberían ahorrarles la vergüenza de tener que vivir de esa manera.
Sin embargo, ni el proyecto del jefe de gobierno ni sus declaraciones posteriores contemplan una salida laboral o alguna especie de capacitación para limpiavidrios y cuidacoches a los que, dicho sea de paso, se llama sin remilgo "trapitos", como si con esa palabra no se los estuviera convirtiendo en objetos de poca monta, sucios, fácilmente desechables.
Nuestra clase política y gran parte de nuestra sociedad ha decidido no hacer nada, o hacer muy poco, para aliviar las necesidades de los desplazados. Prohibirles ofrecer pequeños trabajos en la calle equivale a decirles que su sufrimiento no nos interesa y que, además, serán castigados por pedir ayuda.
El problema mayor es la pobreza, no la estética de nuestras calles ni la molestia de los automovilistas.
Creo que ir contra los "trapitos" es tapar el sol con un dedo. Quizá convendría más bien sacar los trapos al sol. Dejar que la luz y un futuro esperanzador los convierta en nuestros iguales. e_SCrt LA NACION





