
Tratamiento de paños tibios
Vea, amigo, en cuanto el paciente incurra en estertores convulsivos, ahí nomás le aplica paños tibios. No muchos, los necesarios hasta que cese la agitación, hasta que la fiebre amaine... y hasta que sobrevengan nuevas convulsiones.
La terapéutica política de los paños tibios es la más apta, se supone, para hacer frente a las injurias que sufre el cuerpo social. No previene colapsos, no ataca las raíces del mal, lo único que consigue es mitigar efectos colaterales. Los paños tibios alivian el estupor, metabolizan la indignación y la transforman en resignación, morigeran cuanta virulencia cívica podría agravar el cuadro clínico y proveen transitoria calma. Desde luego, el paciente no experimentará mejoría alguna; en cualquier momento recaerá en un episodio de parecida turbulencia, pero las compresas tibias contribuirán eficazmente a que la opinión pública, tan proclive a la somnolencia y a la amnesia, reduzca sus niveles de angustia y supere gratuitas mortificaciones.
En la Argentina, los paños tibios resultan un placebo políticamente adecuado para contrarrestar cualquier clase de desgraciada alergia nacional y popular. Por descontado que el mal habría podido evitarse si sus agentes patológicos hubieran sido preventivamente neutralizados, pero la idiosincrasia política de los argentinos no atiende recaudos de esa índole. La idiosincrasia nacional y popular prefiere vérselas con la calamidad consumada para luego prescribir remedios heroicos y prometer que la desdicha no volverá a ocurrir.
Unos cuantos inspectores de la vida, encargados de proteger vidas ajenas, han sido apartados de sus funciones, por ineptos, y acaso aún disfrutarían de sus jerarquías y de sus prebendas si no hubiera pasado lo que pasó en ese tugurio del barrio de Once, uno de los tantos focos de juveniles barrabasadas. La dinámica de los allanamientos a lugares públicos presumiblemente tan infecciosos ofrece pautas contundentes de que los paños tibios son preferidos al diagnóstico preventivo, a las vacunas capaces de activar las defensas inmunológicas contra la insensatez adolescente y la adulta irresponsabilidad.
Por cierto, debe morir mucha gente para que la terapéutica política de las compresas tibias se ponga en acción. A nadie extrañe que sean apenas espasmódicos estos arrebatos de buena conciencia, sólo oportunos para deslindar culpas, para ofrecer pruebas tardías de que la Constitución, las leyes y las ordenanzas están para ser acatadas. Vea, amigo, si se vulneran esos requisitos, el día llegará en que Dios, la patria y las víctimas de tanta fatalidad demandarán a los doctores de la simplona escuela de los paños tibios.






