
Tren fantasma montado en una iglesia
Por Rodrigo Cañete Para LA NACION
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El reciente artículo de Sebastián Dozo Moreno La obra del siglo –que cuestionaba que los jueces de los premios Turner hubieran consagrado a la Fuente , de Marcel Duchamp, como la obra de arte más significativa del siglo XX–, no pudo ser más oportuno. Cuando la furia religiosa se desató sobre la muestra de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, pensé, antes que en ningún otro, en Duchamp.
La polémica desatada por Ferrari debe colocarse en el plano artístico, mas no en el político. La pregunta que cabe hacerse es: ¿todo está permitido entre las paredes de un museo? ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión en el medio artístico? La decisión de la jueza, ¿fue un acto de censura?
Los ataques a obras de arte tienen que ver con la humana dificultad de diferenciar la obra de arte de lo que esa pieza representa. En Luján, los fieles no besan a la Virgen, sino una reproducción de ella. Sin embargo, la diferencia es, ciertamente, borrosa.
Es, quizás, a este tipo de representación y a este tipo de reacción a las que Ferrari apunta. De tal manera, su obra no es una muestra, ni siquiera una instalación, sino más bien una performance que demanda el escándalo y también la violencia. Su obra no sería un estudio sobre la religión, sino sobre las formas de representación de lo sagrado. En este esquema, lo sagrado no es lo religioso, sino lo artístico. Para Ferrari el arte debe reemplazar a la religión en tanto que intocable. Esto lo convierte en el principal exponente de aquello que critica.
Es cierto: los museos son las nuevas catedrales a las que turistas y amantes del arte peregrinan. Nada más parecido a una plegaria que alguien observando un cuadro en la quietud de un museo. En tal sentido, Ferrari puso el choque entre dos formas de fanatismo en el centro de la escena. Claro, esa forma de defender el arte es tan absoluta como la de los grupos integristas religiosos a los que considera inferiores, irreflexivos y retrógrados.
Queda claro, a estas alturas del partido, que Ferrari defiende un tipo de arte que no cuestiona la relación entre la obra y el museo en el que es mostrada, tal como era el caso de Duchamp. Ferrari se acerca a lo que realiza Maurizio Cattelan en Milán, pero con menos elaboración. El móvil de la obra no está en su valor intrínseco ni en la relación entre ella y su forma de exhibición, sino en el escándalo que provoca. Será por eso que ordenó que se conservaran los restos de vidrio de la obra vandalizada por un par de fanáticos religiosos…
Hace unos meses, Cattelan –uno de los artistas más poderosos del mundo, de acuerdo con la última Art Review– colgó muñecos de niños ahorcados en un árbol céntrico de Milán. Esa instalación fue financiada con fondos públicos y desató la reacción popular cuando un hombre, al ver que su sobrino lloraba ante semejante espectáculo, decidió treparse al árbol y arrancarle sus siniestros adornos. Cayó y se rompió las dos piernas. Es que Cattelan, como Ferrari, juega con aquello a lo que la obra hace referencia. “No le tengan miedo: asusta, pero es de juguete. No se sientan ofendidos: es sólo una obra de arte, no es la Virgen María en persona”, dicen. Sin embargo, a mi juicio el límite es el espacio público y el dinero de los contribuyentes.
Mi opinión personal es que el reciente arte de Ferrari no está a la altura de su carrera. No es más que una suerte de tren fantasma montado dentro de una iglesia. Hace diez años, la mismísima Madonna hizo algo similar, sin otra estrategia que la del marketing.
Sin embargo, donde creo que la obra es efectiva es en la repercusión política que ha cobrado. Yo no podría haber imaginado que una exposición de arte generaría ataques individuales, procesiones y movilizaciones por ambas partes. Esto da la pauta de una suerte de politización del espacio social que resulta, al menos, interesante. Sin embargo, esas tensiones se resolvieron por la violencia, y esto sí es preocupante.
El ataque a las obras de arte debe ser penado con suma severidad, pero también debe respetarse la opinión de la Iglesia, ofendida por un ataque directo, poco elaborado y albergado por el Estado. El artista no puede ordenar cerrar la muestra porque hay una misa a sus puertas. Eso es intolerancia.
En este marco –y cuando el arte no puede ser cuestionado desde una perspectiva artística, sino que debe contar con respeto garantizado por tratarse de una “creación estética”–, debemos preguntarnos: ¿quién defiende el buen criterio curatorial? ¿Quién se atreve, en el mundo de arte vernáculo, a decir que alguien no está a la altura de las expectativas y que no representa sólidamente a las artes visuales argentinas? La línea entre el arte y la propaganda es muy delgada y también entre la gestión cultural y la demagogia. Demagogia es lo que muestran las autoridades culturales porteñas al financiar con recursos públicos una muestra que divide a la sociedad. Como si esto fuera poco, los responsables del área han encontrado en este escándalo una oportunidad para embanderarse en la defensa de un derecho a la libertad de expresión mal entendido. Al decir de Benjamin, la cultura se politizó y la política se estetizó.
No es novedad que el debate político se ha venido reduciendo a una serie de eslóganes esgrimidos por diferentes actores. El problema se plantea cuando el Estado consagra, desde una de sus salas más importantes, obras que no están en el nivel de la consagración, por más prestigio que tenga su autor. Algo que los museos argentinos deben aprender es que los artistas se prueban en cada muestra. Esa es, quizá, la diferencia con las galerías privadas, donde la venta de la obra expuesta es prueba de su calidad. Comparar este mundo con el de Duchamp es inexacto, ya que éste destruyó el concepto “obra bella de museo” y transformó el arte contemporáneo, sin necesidad de politizaciones. Ferrari no es Duchamp.
Sin embargo, el arte de Ferrari no se inserta en la tradición del ataque a la institución, ya sea museológica o eclesiástica. De hecho, todo el arte contemporáneo gira en torno de la concepción de que el museo, con sus contenidos sagrados, reemplazó a la Iglesia, con sus iconos, y se autoinstituyó en el nuevo canon de pensamiento y metropolitanas formas de vida. Ferrari insulta a los símbolos con los cuales grupos sociales se identifican sin enmarcar la obra en una historia o una alegoría con derivaciones diferentes de las obvias.
Es como hacer una muestra contra grupos extranjeros, lo que sería xenófobo, y reclamar el derecho a la libertad de expresión en nombre del arte. Cuando no hay ironía o autocrítica, sólo queda el insulto.
El problema con la muestra de Ferrari no es ni político ni institucional, sino artístico, y, paradójicamente, la responsabilidad recae en el Estado, porque, al fin y al cabo, somos todos nosotros quienes la financiamos.
La culpa no la tiene el artista, sino el que gasta los fondos públicos en él.




