Trump, la FIFA y una pregunta que cobra más fuerza: ¿quién le puede sacar tarjeta roja a él?
La intervención del presidente en una decisión de la FIFA reavivó un interrogante que excede al fútbol: quién puede ponerle límites a un mandatario que desafía cada vez más los contrapesos institucionales
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¿Trump ya ordenó bombardear Bélgica? ¿Cuándo anuncia tarifas de 100% para los productos belgas? Los memes y las ironías inundaron las redes sociales anteanoche, cuando Bélgica empezaba a golear a Estados Unidos y la discusión que venía dando vueltas desde el domingo se terminaba de saldar donde corresponde: en la cancha. La cuenta de la selección belga tuiteó después del partido, en inglés, dos palabras: “Overturn this” (algo así como “Anulá esto”), junto a imágenes de sus jugadores festejando con el célebre baile trumpista.
El equipo de Bélgica se burla de Trump con su bailecito después del golazo de Bukaku y lo reitera en el vestuario: pic.twitter.com/faJfrmYRh6
— Alvaro Delgado Gómez (@alvaro_delgado) July 7, 2026
El mundo ya está acostumbrado a los peligrosos dislates de Trump —lo que el analista político Brian Klaas llamó alguna vez “la banalización de la locura”, y que a esta altura podría rebautizarse “la banalización de lo disparatado”—. Pero no deja de sorprender cuando cruza una línea tras otra. El hombre que admite no saber qué es una tarjeta roja llamó por teléfono al presidente de la FIFA para pedirle que revisara la que recibió Folarin Balogun, la máxima figura del seleccionado norteamericano. “No sabía qué diablos era una tarjeta roja”, confesó Trump. “Yo entiendo muy bien los deportes y eso no fue foul”, decretó. Lo que faltaba: Trump, el árbitro de “su” Copa del Mundo.
Increíblemente, Gianni Infantino cedió: la FIFA suspendió la sanción por un período de un año de probation, en una decisión sin antecedentes desde 1962. Para la UEFA, “se cruzó una línea roja”. La participación de Balogun fue inocua. ¿Qué hubiese pasado si ganaba Estados Unidos, o si el “indultado” metía un gol? Los interrogantes que se abren son infinitos. De todas maneras, el daño para el Mundial ya está hecho: abrió las puertas a todo tipo de reclamos a futuro, y convirtió a la FIFA en un hazmerreír.
Trump cruza una línea roja cada semana, y cada vez más, el mundo es su patio de juego. “Soy el jefe”, le dice a sus pares del G7 en la cara. Pero cada vez emerge con más fuerza en Estados Unidos y en el resto del mundo la pregunta: ¿qué o quiénes pueden ponerle un límite?
En una democracia con las características de Estados Unidos, si hay un actor que debería poner límites, es la Corte Suprema. Y ahí el balance de las últimas decisiones arroja un resultado ambiguo, que de alguna manera amplió los poderes presidenciales. Los jueces respaldaron a Trump al desarmar la protección de las agencias regulatorias independientes y dejaron correr el mapa electoral de Texas pese a que un tribunal inferior había decretado que hubo gerrymandering (manipulación de circunscripción) en su trazado. En contrapartida, le frenaron los aranceles de emergencia, el intento por terminar con el derecho a la ciudadanía por nacimiento (¿qué hubiese sucedido con Balogun, que nació por casualidad en Estados Unidos?) y su ofensiva contra una gobernadora de la Fed.
Kim Lane Scheppele, una politóloga de Princeton que vivió años en Budapest documentando el desarme institucional de la mano del recientemente derrotado Viktor Orbán, considera que lo que está sucediendo en Estados Unidos sigue el patrón de los últimos años de Hungría. Ella lo bautizó “legalismo autocrático”: la idea de que los autócratas de este siglo no necesitan quebrar la ley para vaciar una democracia. “Esto es un colapso acelerado de los controles y contrapesos hacia un centro de poder autocrático que opera en parte por la ley y en parte por afuera de ella”, dijo al medio independiente Democracy for Sale, de Peter Geoghegan.
El otro dique de contención, la prensa, hace tiempo que viene mostrando grietas. Uno tras otro, dueños como Jeff Bezos (The Washington Post) y Patrick Soon-Shiong (Los Angeles Times) cedieron ante la presión de Trump antes de que ésta siquiera se hiciera explícita, una suerte de “peaje” para conseguir apoyo para sus otros negocios. La fusión Paramount-Skydance y el acuerdo económico que la acompañó, sumado a demandas contra The New York Times, The Wall Street Journal, ABC, CBS y la BBC, entre otros avances contra la prensa, terminan de reconfigurar un panorama mediático cada vez más dócil.
Sin embargo, el humor en algunas redacciones empezó a cambiar en las últimas semanas, con una sucesión de derrotas de la Casa Blanca en los tribunales. La demanda de 15.000 millones de dólares contra el Times fue desestimada por “impropia e improcedente”. Trump presentó una versión corregida un mes después, que sigue en trámite. La de 10.000 millones contra el Journal por el caso Epstein corrió peor suerte: un juez de Florida determinó que Trump ni siquiera había alegado de manera plausible “real malicia”.
El caso más contundente, sin embargo, también tiene al Times como protagonista. El año pasado, decenas de periodistas renunciaron a sus credenciales del Pentágono en protesta por una nueva política que exigía autorización previa para publicar información. El Times presentó una demanda, y en marzo el juez Paul Friedman le dio la razón: declaró que es inconstitucional. Lejos de acatar el fallo, el Pentágono decidió que los periodistas no podían moverse sin escolta dentro del edificio, y ubicó la nueva sala de prensa en un anexo fuera del edificio. (Toda similitud con la decisión de la Casa Rosada de limitar los movimientos de los periodistas es apenas “inspiración”). Friedman volvió a fallar en contra.
Fecha clave
Más allá de los embates contra la prensa, hay una fecha que emerge tallada en piedra para los que sueñan con poner un límite a Trump. El 3 de noviembre se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, en las elecciones de medio término que para muchos son las más importantes en la historia de Estados Unidos. Las encuestas —Quinnipiac, YouGov/Economist, el promedio de RealClearPolitics— muestran una ventaja demócrata sostenida desde mediados de 2025, con caídas notorias del apoyo a Trump entre votantes latinos y jóvenes. Su aprobación sobre el manejo de la economía cayó al 33% en junio, empujada por la guerra con Irán y la suba de precios de la nafta.
Pero se sabe: con Trump todo puede pasar. Si no está dispuesto a aceptar una tarjeta roja para su equipo de fútbol: ¿por qué debería aceptar una derrota electoral que lo puede poner en serio peligro, incluso abrir las puertas a un juicio político?

Ya ni siquiera oculta hasta dónde está dispuesto a llegar para no dejar nada librado al azar en las urnas. Por indicación suya, Texas rediseñó su mapa legislativo para sumarle cinco bancas al Partido Republicano. Missouri y Ohio avanzaron en la misma dirección; Florida se plegó más tarde. California respondió con su propio rediseño para neutralizar la maniobra. En paralelo, dos decretos —uno de 2025 y otro de marzo de este año— buscaron poner el voto por correo bajo control federal mediante un listado de “ciudadanos verificados”; jueces federales frenaron una parte, pero el gobierno mantiene la ofensiva.
Lo más inquietante, de todos modos, es lo que todavía puede pasar. El historiador Timothy Snyder, que estudia el ascenso de los regímenes autoritarios del siglo XX, viene advirtiendo desde abril que noviembre reúne “las condiciones estructurales” para un intento de anular la elección. Es una hipótesis extrema, hay que decirlo, pero con Trump no hay que descartar nada. Y la sociedad ya casi ni se sorprende con sus transgresiones. La pregunta para noviembre no solo es si puede perder, sino hasta qué punto el proceso en sí no ha sido amañado.
Algunos más optimistas observan, nuevamente, el espejo de Hungría. El 12 de abril, Orbán perdió las elecciones después de 16 años en el poder. A pesar de haber reescrito la Constitución con mayoría propia, de controlar más del 80% de los medios y de moldear el sistema electoral a su medida, resultó derrotado en la votación con la mayor participación electoral desde la caída del comunismo. La duda, para muchos, es si Hungría es un espejo o un espejismo. Scheppele alerta que el régimen recién cayó cuando el deterioro económico se sintió en el bolsillo de la Hungría rural.
Trump lleva años intentando convencer a millones de personas de que la realidad es la que él quiere imponer. Que él ganó las elecciones de 2020. Que puso fin a ocho guerras. Que destruyó completamente el programa nuclear iraní. Que una tarjeta roja es injusta si él lo decide. Solo queda por ver si la realidad es la que le impone un límite. Como lo hizo Bélgica en la cancha.
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