
Trump en el mundo: una política exterior expansiva, cada vez más costosa para Occidente
A la espera de los resultados de la mediación de Islamabad, entre las delegaciones de EEUU e Iran, y luego de las reuniones Trump-Xi en Beijing, parece oportuno hacer un repaso de todas las iniciativas de política exterior llevadas a cabo por EEUU desde la llegada nuevamente al poder por parte de Donald Trump en enero de 2025, a efectos de intentar comprender mas acertadamente hacia donde se dirige este segundo gobierno del magnate estadounidense.
Por momentos y prima facie, la política exterior de Donald Trump en su segundo mandato parece guiada por una lógica de simultaneidad extrema: múltiples frentes abiertos, decisiones de alto impacto inmediato y una apuesta constante por la coerción -militar, económica o diplomática- como herramienta principal.
A mayo de 2026, el balance es profundamente ambivalente: éxitos tácticos en algunos escenarios, pero con un costo estratégico creciente para la posición global de Estados Unidos y, sobre todo, para la cohesión de Occidente.
Lejos de cualquier repliegue aislacionista como aparentemente iba a acontecer, Trump ha protagonizado una de las etapas más intervencionistas y disruptivas de la política exterior estadounidense reciente.
Sin embargo, esa hiperactividad no ha redundado en mayor estabilidad internacional ni en un fortalecimiento del liderazgo norteamericano. Más bien, ha acelerado tendencias de fragmentación global y desconfianza entre aliados.
Pasemos revista a cada uno de los temas internacionales a los que Trump les prestó preferente atención.
Irán: entre la demostración de fuerza y el riesgo de un “momento Suez”
El frente iraní es hoy el epicentro de la política exterior trumpista actual. La combinación de ataques militares junto a Israel, presión económica y negociaciones intermitentes, ha generado una situación volátil y de resultados inciertos.
Por un lado, Washington ha logrado degradar significativamente capacidades militares iraníes mediante bombardeos sostenidos. Pero lejos de provocar un colapso de este régimen, a todas luces terrorista y perverso en el escenario internacional, la ofensiva ha fortalecido su cohesión interna y su narrativa de resistencia.
Al mismo tiempo, la crisis del estrecho de Ormuz -con bloqueos, suba del precio del petróleo y negociaciones mediadas por Pakistán- ha expuesto la fragilidad de la estrategia estadounidense, que jamás previó una salida asimétrica tan imprevisible como la llevada a cabo por el régimen persa. Lo mismo puede inferirse respecto de los ataques iraníes a las instalaciones energéticas de los países del Golfo Pérsico.
Estas cuestiones han llevado a que algunos analistas internacionales comparen esta situación con la Crisis de Suez de 1956, un punto de inflexión en la historia donde una intervención mal calibrada acelera la percepción de declive de una potencia, en ese momento Gran Bretaña.
Gaza y Medio Oriente: alineamiento total con Israel, pero sin resolución
En Gaza y en el frente ampliado que incluye Líbano, la política de Trump ha sido clara: respaldo total a Israel, incluso en operaciones que han devastado territorios y ampliado el conflicto regional.
Sin embargo, este alineamiento no ha producido estabilidad. Por el contrario, ha contribuido a una escalada con Irán y a una creciente incomodidad internacional, incluso entre históricos aliados europeos.
El resultado resulta una paradoja: Estados Unidos mantiene superioridad militar en el terreno, pero pierde legitimidad política global.
Además, cada vez más voces señalan que no es EEUU el que lleva las riendas del conflicto y en realidad se subsume a los deseos e intereses bélicos de Benjamin Netanyahu, que contrastan con las necesidades de Trump, sobremanera en su frente interno.
Venezuela: el “éxito fácil” que distorsionó la estrategia
El operativo relámpago que terminó con la captura de Nicolás Maduro fue, sin dudas, uno de los mayores triunfos tácticos de Trump.
Pero ese éxito generó un efecto peligroso: la ilusión de que otros regímenes -como Irán- podían ser desarticulados con la misma facilidad. Ex diplomáticos estadounidenses han advertido que esta extrapolación fue un error grave de cálculo estratégico.
En otras palabras, Venezuela no consolidó una doctrina exitosa: generó una falsa confianza que hoy complica a Washington en escenarios más complejos, además de que distintas situaciones vividas en el país caribeño los últimos días empiezan a poner en un paréntesis de duda acerca de la velocidad del proceso transicional de un régimen dictatorial a una democracia en toda forma.
Ucrania: desgaste, ambigüedad y oportunidad para Rusia (no plenamente obtenida ante la moderna e innovadora resistencia militar ucraniana)
Aunque Ucrania no ha sido el foco principal en 2026, el conflicto sigue activo y sin resolución clara. La atención de Washington se ha desplazado hacia Medio Oriente, lo que ha generado preocupación en Europa.
Este relativo desinterés ha sido interpretado como una oportunidad por Moscú, reforzando la percepción de que Trump prioriza otros frentes y no tiene una estrategia consistente para contener a Rusia.
El efecto indirecto es clave: debilitamiento del compromiso estadounidense con la seguridad europea.
Afortunadamente para Ucrania, pero también para Europa, los ucranianos a lo largo de cuatro largos años han logrado implementar una maquinaria de guerra efectiva, moderna, innovadora y eficiente y, lo más importante, con un muy bajo costo de producción, lo que le ha permitido desde ya hace una buena cantidad de meses asestarle a la Federación Rusa duros golpes en infraestructuras estratégicas que han encarecido fuertemente su provisión de energía y también la de producción de armamento.
Además, esa diversificación en nuevas armas ha permitido efectuar dichos ataques sin tener que utilizar más combatientes ucranianos para ello y por ende permitiendo que los mismos puedan seguir combatiendo en el frente bélico, causando así muchísimas bajas rusas, retener ciudades importantes en manos ucranianas y hasta incluso reconquistando otras ciudades, pasando de manos rusas a ucranianas.
Lo acontecido en Moscú en las celebraciones del fin de la Segunda Guerra Mundial el pasado 9 de mayo, con un Putin al que se lo notó desdibujado y con un festival de armas sumamente devaluado en relación a otros, muestra a las claras que la guerra está impactando ahora sí en la sociedad rusa, por lo cual sus autoridades lo saben y lo recelan.
Difícil comprobar si verdaderamente existe, como se rumorea en los círculos de analistas internacionales, una situación de real hastío en los siloviki (como se los menciona al personal de inteligencia y defensa rusos) debido a los costos y pérdidas cada vez mayores en términos de infraestructura y hombres en el terreno bélico, pero también ahora con real impacto negativo en la economía rusa, debido a los ataques ucranianos cada vez mas efectivos, certeros y continuos en profundidades del territorio ruso.
Sea lo que fuere, lo que sí es comprobable es que las autoridades de la Federación han comenzado a limitar o incluso a impedir a su población el uso de Internet en sus hogares, como medio para intentar que no llegue tan fácilmente a ella las comunicaciones sobre los disgustos en el frente de la “operación militar especial”. La excusa utilizada de que la utilización de Internet facilita las operaciones de los drones ucranianos así como dificulta las de los drones rusos de intercepción son argumentos no aceptados por los habitantes rusos que ven como su vida está cambiando aceleradamente, y para mal, últimamente.
Putin continúa atacando a poblaciones civiles buscando un agotamiento de la sociedad ucraniana que hasta aquí no se ha dado ni posiblemente tampoco se dará, pero tratando de mostrar a sus comandos militares y también a su pueblo una imagen de que la guerra no se está perdiendo o que aun tiene sentido, a pesar que en el frente bélico el avance ruso se haya detenido o que incluso haya perdido parcelas de superficie ucraniana, como viene sucediendo en los últimos meses.
OTAN y Europa: la erosión del vínculo transatlántico
Quizás el impacto más profundo de la política exterior de Trump no esté en los conflictos abiertos, sino en la relación con sus aliados históricos.
Las amenazas recurrentes contra la OTAN, las críticas públicas y las decisiones unilaterales han deteriorado la confianza.
Aunque la alianza sigue existiendo y es militarmente sólida, su cohesión política está debilitada. Europa ya no percibe a Estados Unidos como un socio confiable, sino como un actor impredecible.
Este cambio es aún más evidente en el plano social, económico y académico: caída del intercambio, menor cooperación y creciente distanciamiento.
Incluso, algunos líderes europeos ya han roto las “ataduras diplomáticas” en sus apariciones públicas y así por ejemplo, el káiser alemán Fiedrich Merz, llegó a señalar que “Irán está humillando a EEUU”.
Se insiste con lo mismo, nunca es una mala noticia que a un régimen perverso y terrorista como es el de los ayatollahs se lo intente “poner en caja”, pero una dosis de buena estrategia y planificación conjunta, amén de empatía con sus “otrora aliados de la OTAN” siempre es bienvenida.
China: el gran beneficiario estratégico
Mientras Estados Unidos multiplica frentes de conflicto -Irán, Ucrania, el Mar de China Meridional, Taiwán y la creciente tensión comercial global- China continúa desplegando una estrategia más paciente, pragmática y oportunista. Beijing ha logrado proyectarse como un actor relativamente estable y previsible frente a la percepción de un Washington cada vez más sobre extendido y reactivo.
Las reuniones mantenidas miércoles, jueves y viernes de esta semana en Beijing, entre el presidente estadounidense Donald Trump y el líder chino Xi Jinping, confirmaron precisamente esa dinámica. Aunque formalmente el objetivo fue estabilizar la relación bilateral, evitar una nueva escalada arancelaria y discutir cuestiones como Irán, Taiwán, inteligencia artificial y comercio, el trasfondo estratégico mostró a una China jugando desde una posición de creciente fortaleza relativa.
Xi recibió a Trump con toda la escenografía del poder chino: ceremonias en la Plaza Tiananmen, banquetes de Estado y un despliegue diplomático cuidadosamente diseñado para transmitir imagen de continuidad, orden y centralidad internacional. En contraste, Trump llegó a Beijing condicionado por el desgaste político derivado del conflicto con Irán, la persistencia de tensiones inflacionarias internas y las dificultades para mostrar resultados concluyentes en varios frentes internacionales.
China ha aprovechado además las tensiones en Irán y Venezuela para reforzar su narrativa ante el Sur Global: la de una potencia que privilegia la estabilidad, el comercio y la no injerencia frente a una política exterior estadounidense percibida como crecientemente militarizada. Esta estrategia le permite consolidar vínculos económicos, energéticos y diplomáticos en Asia, África, Medio Oriente y América Latina. Todo esto sabemos que no es ciento por ciento así, pero las bravuconadas y arbitrariedades del estadounidense le han hecho perder empatía en términos de “soft power” que China se apresura en recoger los restos de esas “piezas rotas”, porque todo le sirve.
Incluso en el terreno comercial, la guerra arancelaria iniciada por Washington ha tenido resultados ambiguos. Si bien Estados Unidos logró presionar parcialmente a China en sectores tecnológicos y cadenas de suministro estratégicas, Beijing también consiguió adaptarse, diversificar mercados y responder con medidas propias que neutralizaron parte importante de los beneficios esperados por la Casa Blanca. De hecho, las conversaciones de estas últimas horas en Beijing, estuvieron dominadas por la necesidad mutua de evitar una nueva espiral de tarifas y desacoples económicos.
Más importante aún, China parece haber entendido que no necesita reemplazar completamente a Estados Unidos para beneficiarse del deterioro relativo de la hegemonía norteamericana. Le alcanza con acelerar la transición hacia un sistema internacional más fragmentado y multipolar, donde Washington conserve poder, pero ya no pueda imponer unilateralmente las reglas globales.
En ese contexto, Beijing aparece cada vez más como el gran beneficiario estratégico indirecto de la sobre extensión estadounidense. Mientras Washington intenta simultáneamente contener a Rusia, sostener a Ucrania, respaldar a Israel, presionar a Irán y competir con China, Beijing gana tiempo, profundiza su influencia económica y se presenta como un polo alternativo de estabilidad internacional.
Las propias reuniones Trump-Xi dejaron en evidencia esta nueva lógica: no hubo grandes acuerdos históricos ni “reset” de la relación bilateral, sino una búsqueda de estabilización táctica para evitar un deterioro aún más peligroso del vínculo entre las dos principales potencias del sistema internacional.
El resultado es un desplazamiento gradual del equilibrio global: menos hegemonía estadounidense, más multipolaridad y una China que, sin confrontar directamente en todos los escenarios, logra ampliar su margen de maniobra estratégica. Para algunos analistas occidentales, el paralelo empieza a recordar -al menos parcialmente- a un nuevo “momento Suez”: no un colapso inmediato del poder estadounidense, pero sí la creciente percepción de límites materiales, políticos y estratégicos a la capacidad de Washington para ordenar por sí solo el sistema internacional.
Guerra comercial y tarifas: coerción económica con límites
Claramente, Donald Trump es un político transaccional, como a él mismo le gusta definirse. Por ende, las tarifas arancelarias han sido una herramienta central de sus políticas, utilizadas tanto contra rivales como contra aliados.
En 2026, la estrategia se ha expandido incluso a países que simplemente estuvieran vinculados con Irán o Cuba, con amenazas de aranceles del 25% al 50%.
Sin embargo, esta política enfrenta límites crecientes: fallos judiciales como los de la Corte Suprema de los EEUU que restringen el poder presidencial para imponer tarifas masivas; impactos negativos en el comercio global; tensiones con socios tradicionales.
En definitiva, la coerción económica ha demostrado ser menos efectiva cuando no está acompañada de coordinación internacional.
Groenlandia, Canadá y Panamá: presión sobre aliados y vecinos
Otro rasgo distintivo de esta etapa ha sido la presión directa sobre territorios y socios cercanos.
Desde la insistencia en adquirir Groenlandia -incluso bajo amenazas que han vuelto a plantearse en las ultimas semanas- hasta tensiones comerciales con Canadá o advertencias sobre el Canal de Panamá, Trump ha llevado su lógica transaccional al extremo.
Esto ha generado alarma en aliados históricos, que ven estas acciones como una ruptura de normas básicas del sistema internacional, y que no están dispuestos a convalidar.
Cuba: continuidad de la presión y riesgo de escalada
La política hacia Cuba se ha endurecido nuevamente, incluyendo sanciones indirectas a terceros países que comercian con la isla. No obstante, llamó poderosamente la atención que haya permitido que dos buques petroleros rusos pudieran ingresar a la isla sin que fueran detenidos por los estadounidenses, como si ocurre con buques o envíos de otras nacionalidades. Además, ahora se está hablando también que EEUU enviará a la isla una suma de aproximadamente 100 millones de dólares para paliar los graves problemas de nutrición existentes.
Estas excepciones alimentan las permanentes dudas que existen sobre eventuales entendimientos “bajo la mesa” entre Trump y Putin o Díaz Canel, que por lo visto hasta aquí, han sido mucho mas difíciles de lograr con otros lideres internacionales, incluso históricamente aliados.
Analistas internacionales advierten que, respecto a Cuba, existe el riesgo de repetir errores de diagnóstico, tal como ocurrió con Irán, que no tengan en cuenta la histórica resiliencia del régimen cubano, alimentada por sus históricos países amigos como la ya citada Rusia pero también China, que se solaza con poner una “pica en Flandes” a EEUU en su propio hemisferio.
Impacto interno: entre el rédito político y los costos económicos
En el frente doméstico, la política exterior de Trump genera efectos mixtos.
Por un lado, dentro de su base electoral todavía refuerza su imagen de liderazgo fuerte y decisivo, aunque el impacto de la suba del precio de la gasolina, así como los niveles de inflación crecientes están horadando lentamente esa confianza en el líder republicano.
Por otro, las tensiones comerciales afectan cada vez mas a los sectores productivos; la incertidumbre global impacta en los mercados de manera directa; y el involucramiento militar genera riesgos políticos a corto y a mediano plazos.
Incluso, decisiones judiciales como las ya mencionadas de la Corte Suprema estadounidense, están limitando herramientas claves como las tarifas arancelarias, evidenciando fricciones institucionales de incierta resolución.
Un Occidente cada vez más desdibujado
El efecto agregado de todos estos frentes es claro: una acelerada erosión del concepto de “Occidente” como bloque coherente.
Estados Unidos continua siendo la principal potencia militar, pero su liderazgo político y moral empieza a estar en cuestión.
Europa se distancia.
China avanza.
Los aliados dudan.
Los adversarios resisten.
La política exterior de Trump no ha implicado un retiro del mundo, sino una transformación radical de cómo Estados Unidos se relaciona con él: menos multilateralismo, más unilateralismo; menos consenso, más coerción.
El problema es que ese enfoque, aparentemente eficaz en el corto plazo, parece estar debilitando las bases mismas del orden internacional que Estados Unidos construyó durante décadas.
Y en ese proceso, Occidente -como proyecto político y estratégico- empieza a perder forma, dirección y cohesión a una velocidad que pocos anticipaban.



