
Tutankamón: quién mató al faraón
Con técnicas tradicionales, a las que se agregaron aportes como la reconstrucción del rostro de la víctima, expertos del FBI confirmaron un asesinato cometido por un miembro de su círculo íntimo
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Antiguo Egipto, siglo XIV antes de Cristo: un dios viviente, el faraón, ha muerto. En el Valle de los Reyes, a orillas del Nilo, su cuerpo yacerá -momificado-, por toda la eternidad. Con él, un secreto: el de la propia muerte.
Tutankamón, quizás el más famoso de los faraones, es el hombre que descansa bajo la dorada máscara mortuoria. Su cuerpo, el de un joven de apenas 19 años, ha sido enterrado en forma apresurada. ¿Muerte natural, suicidio, accidente, asesinato por envenenamiento, por agresiones físicas...? Todas las posibilidades fueron consideradas desde el descubrimiento de la tumba, por parte del arqueólogo británico Howard Carter, en 1922. Y aunque la mayoría de los investigadores se inclinó por la hipótesis del asesinato, pocos tuvieron armas para responder al principal interrogante: ¿quién mató a Tutankamón?
Pocos, no todos. En Utah, Estados Unidos, el año último, Mike King -ex teniente de la oficina del fiscal general de ese Estado-, y Grey Cooper, ex agente del FBI y jefe de la policía de la ciudad de Provo, estaban convencidos de hallar la respuesta.
La encontraron, aseguran, no sin dificultades.
Las pruebas
¿Pueden las técnicas modernas develar las causas de un fallecimiento tan prematuro y lejano?
“Nos basamos en las formas tradicionales de evaluación de la evidencia , pero lo más importante fue la introducción de otros principios que habíamos estado perfeccionando en los últimos años -explicó King a LA NACION-. Estos incluyen análisis de comportamiento, perfiles criminales bien definidos y un estudio exhaustivo de la víctima”.
Cooper y King analizaron los datos disponibles: la autopsia pedida por Carter al doctor Douglas Derry, en 1925; testimonios de estudiosos de la tumba; trasfondo histórico y cultural de la época en que vivió el faraón. Pidieron ayuda a una lista de prestigiosos colaboradores.Y se trasladaron a la escena del crimen.
La tumba de Tutankamón fue un sitio clave para definir a los sospechosos. Paralelamente, había que asegurarse de que la hipótesis del asesinato fuera la correcta.
“Esta no es una muerte natural”, sentencia el doctor Todd Gray, jefe de forenses de Salt Lake City, Utah, con las radiografías del cráneo entre manos, en un documental que registra paso a paso la investigación. No son copias sino originales tomados en 1967, sobre los que Cooper y King obtuvieron de Gray una segunda opinión. Un hueso que flotaba en el extremo superior del cráneo y un coágulo en la base confirmaron que un golpe precipitó la muerte. Conclusión que algunos investigadores habían descartado en trabajos anteriores, argumentando que el hueso había sido arrancado por accidente luego de la muerte, durante la extracción del cerebro que formaba parte del proceso de momificación.
Hay más: indicios de que Tutankamón podría haber padecido una enfermedad congénita que afectó su espina dorsal, que plantearon dudas sobre su salud: ¿tenía la fortaleza necesaria para sostenerse en el poder?
De hecho, “la fuerza física era clave en esos tiempos para demostrar la capacidad guerrera de un pueblo”, recuerda el profesor de derecho en la Universidad de Harvard Alan Dershowitz, que también colaboró con la investigación.
¿Cómo era físicamente ese joven cuya fortaleza se pone en duda? La respuesta la tiene ahora, y por primera vez, el doctor Robert Richards, del departamento de Física Medica de la College University de Londres.
Richards reconstruyó el rostro de Tutankamón utilizando el contorno de la máscara mortuoria, y escaneando la piel de voluntarios de la misma edad, talla y origen étnico que el faraón. Completó la reconstrucción en 3D, con la que luego se realizó, en fibra de vidrio, una réplica exacta de la que mostraba la computadora. Resultado: la imagen poco tiene que ver con el rostro angelical de la máscara dorada que todo el mundo conoce.
“Nuestra meta era llegar al verdadero Tutankamón y la reconstrucción facial nos ayudó”, dice Cooper.
En Egipto, en cambio, el contacto con la tumba y su entorno no fue virtual. “Lo enterraron con prisa -dice King frente a la tumba del faraón, sumando evidencias en su libreta-. La tumba está mal pintada, la tapa del sarcófago no cuadra, numerosos objetos enterrados junto al faraón no le pertenecían”.
Recuento de datos: entierro apresurado, rostro desencajado, golpe en la cabeza. Como miembro de la realeza, “Tutankamón recibía cuidados y atenciones especiales. Y era joven, muy joven para morir”.
Más datos: Joann Fletcher, arqueóloga de la Universidad de York dice: “Las medidas de seguridad en la zona eran estrictas. Difícil que alguien ajeno pudiera acercarse a él”.
El asesino, entonces, “no fue un oportunista”. Perteneció, concluyeron, al círculo íntimo del faraón.
Bajo sospecha
Egipto era un país dominado por la tradición. Los sacerdotes ejercían un gran poder en el campo de la política y podían ocupar el cargo de visir, similar al de primer ministro. El clero de Amón ostentó un lugar de privilegio, hasta que Akenatón, padre de Tutankamón, impulsó una revolución para imponer el culto a Atón como dios único de Egipto. Bajo la presión del clero, Tutankamón debió restablecer el culto a Amón. Y desde esa época los faraones no volvieron a nombrar visires a sacerdotes.
Estas cuestiones, dicen Cooper y King, resultan fundamentales a la hora de determinar a los sospechosos del crimen: Horemheb, ambicioso comandante del ejército más poderoso del mundo (podía sentir que la juventud y la debilidad física de Tutankamón convertían a Egipto en un blanco vulnerable frente a un eventual ataque); May, el ministro de Finanzas (podía sentir que la riqueza estaba amenazada por la inexperiencia del faraón); Ankhesenamun, la joven esposa de Tutankamón (quizá con deseos de venganza por haber soportado dos abortos), y Ay, el primer ministro de Tutankamón, su consejero y protector.
Protector... y psicópata
Las evidencias conducen directamente hacia Ay. Frente al sarcófago de Tutankamón, dice Cooper: “Los murales pintados en las paredes son lo más parecido a un recuento de testigos oculares. Y aquí está Ay, conduciendo la ceremonia en la que se despide al faraón”.
Un psicópata experto en planificar asesinatos, según parece. En Amarna, Emad Abdl El Hamid, el jefe de inspectores del centro de antigüedades de la ciudad natal de Tutankamón, conduce a los detectives hasta otra tumba donde hay más pruebas. Las pinturas denuncian un intento de asesinato sufrido por el padre de Tutankamón.
¿Quién está allí? Ay, de nuevo.
“Tenía ansias de poder, pero era sacerdote -dice el doctor Zahi Hawass, director del Concilio Supremo de Antigüedades de Egipto-. Según el orden egipcio, no podía ser rey”.
Después de la muerte de Tutankamón, “Ay forzó a la viuda, Ankhesenamun, para que se casara con él, y de ese modo accedió al trono”.
Por estas y otras razones Cooper y King están seguros de su veredicto, y tienen razones para haber descartado al resto de los sospechosos, bien explicadas en el mencionado documental, de dos horas, que emitirá Discovery Channel, el 30 de marzo, a las 21, hora de Buenos Aires.
“El primer ministro tuvo la oportunidad, estaba cerca, y tenía poder. Era su protector”, coincide el psicólogo forense de la Universidad de Harvard Harold Bursztajn.
A los detectives no los sorprendió el resultado. “Pero llegamos a la conclusión de que los crímenes humanos no han cambiado en los últimos 3000 años. Lo que motiva ciertos comportamientos - el poder, dominio y control- ha permanecido”.
Algunos colegas de Cooper y King aseguran que, respecto de Tutankamón, nunca estará dicha la última palabra. Pero para ellos el caso está cerrado. En el Valle de los Reyes, aseguran, el faraón con el que se extinguió la XVIII dinastía ahora descansa en paz.





