Jineteadas, una tradición que hace a nuestra identidad

Se trata de una actividad, tantas veces cuestionada sin razón ni conocimiento, que valora las raíces culturales, las integra y realza
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25 de febrero de 2019  

"La historia argentina se escribió a caballo", expresaban con sabiduría nuestros abuelos cuando se hablaba del destacado papel que jugaron los militares y los gauchos en la historia de nuestra independencia.

Se denomina gaucho (del quechua "huachache", que significa huérfano o vagabundo) al habitante de las llanuras en la Argentina, Uruguay, Paraguay, sur de Brasil y de Chile, y sudeste de Bolivia. Su presencia en territorio argentino se remonta al siglo XVI, en las vaquerías del litoral y en la llanura pampeana, siendo en su mayoría criollos o mestizos con una vida rural seminómade. Sin embargo, en su sentido más amplio, los gauchos tienen características propias en cada zona del país. El del norte argentino –recordemos a los gauchos de Güemes– se diferencia del de la llanura pampeana o de aquel del Litoral no solo en su alimentación, sino también por su forma de vestir, su modo de ensillar un caballo o de expresarse.

Cuando hablamos de nuestras acendradas tradiciones, muchas se remontan a aquellas de los gauchos de hace más de 200 años. No podemos repasar la historia de nuestro país sin considerar su activa participación, ya sea en la guerra de la independencia como en las distintas etapas de la organización nacional, incluyendo también su actuación en la ampliación territorial surgida de la conquista del desierto, al sur del Río Salado, primero, y del Río Colorado, después.

Es indudable también que el gaucho argentino se ha convertido en espejo para muchos de los habitantes del interior del país. Recobran fuerza a su sombra rasgos paradigmáticos como su admirable solidaridad, su respeto por la palabra empeñada, su valentía y hospitalidad, sus razonamientos cargados de profunda simpleza y sentido común, junto con su característica destreza con los animales. Todo esto enaltece la figura gauchesca, otorgándole un valor digno de preservar e imitar, gracias también a los aportes de la llamada literatura gauchesca. Tanto el poema épico "Martín Fierro", de José Hernández, como la novela rural "Don Segundo Sombra", de Ricardo Güiraldes, son ejemplos destacados de un género profundamente arraigado en aquellas raíces gauchas, al igual que "Santos Vega", de Rafael Obligado; "Fausto", de Estanislao del Campo, o "Juan Moreira", de Eduardo Gutiérrez, por solo nombrar algunos.

Las jineteadas mantienen viva una larga tradición
Las jineteadas mantienen viva una larga tradición Fuente: Archivo

Indisolublemente ligada a la imagen de nuestro gaucho está la figura del caballo, tan utilizado para las tareas rurales como para el deporte. En algún tiempo no tan lejano, jinetes desplegaban sus destrezas montados en un "bagual" e incluso se jugaban la vida para demostrar su valía en una fiesta campera o con motivo de algún aniversario religioso, derivación hoy encarnada en el deporte de las jineteadas, en las que el hombre –en evidente inferioridad de condiciones– intenta mantenerse arriba del animal por breves segundos, demostrando no solo su capacidad para evitar caer, sino también su entusiasmo por mantener viva una larga tradición.

La vasta cultura gauchesca contempla múltiples saberes. Desde lo musical, la guitarra es un instrumento insoslayable a la hora del encuentro, muy ligada también al recitado y las payadas propias de una tradición mayormente oral, además de los bailes tradicionales.

El trabajo del cuero, la vestimenta típica con bombachas, fajas o rastras, el poncho, botas y espuelas, boina o chambergo, el pañuelo al cuello, los aperos criollos, el facón y el rebenque. Una larga lista de expresiones que hemos de sostener y promover en todas sus vertientes y manifestaciones, incluso en el caso de las tantas veces cuestionadas, sin razón ni conocimiento, jineteadas que pocos valoran desde una mirada que desconoce nuestras raíces. En una era eminentemente tecnológica, en los pueblos y las enormes extensiones de campos, personas de a caballo continúan realizando su tarea noble y silenciosamente, sin alardes ni altisonancias, integrando pasado y presente en nuestra vasta geografía.

Apuntalar y construir estas valiosas tradiciones, muchas veces más reconocidas y respetadas por quienes nos visitan desde el extranjero que por los propios ciudadanos, es defender nuestra identidad y nuestra historia, impulsándonos más sólidamente desde ellas hacia un futuro compartido que nos hermana.

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