
Ultimo adiós al abate Pierre
Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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Los últimos años de su vida fijaron su imagen en forma definitiva. Suele ocurrir con los longevos: uno sabe que existió un abate Pierre de barbita retinta, pero el verdadero es éste al que hemos visto volverse cada vez más emblanquecido, más frágil y más seráfico, con ese aire de inocencia aún más perceptible gracias al aumento de sus anteojos.
Debo confesar que el abate Pierre nonagenario siempre me recordó a mi abuela, que también sobrepasó los noventa años. Aparte de la edad, entre la señora argentina plácida y redondita y el abate francés delgado como un hilo, con su famosa boina puesta de lado, no hubo gran cosa en común, salvos los vidrios: ambos llevaban esa clase de anteojos que agrandan los ojos del que los usa, como si fueran lupas puestas a disposición del observador.
En ambos casos, mi abuela y el abbé Pierre, uno se encontraba ante unas miradas agrandadas por el lente, lo que facilitaba el acceso a unas inmensas pupilas infantiles de la más inenarrable candidez.
Se llamaba Henri Grouès (hablo del abate, por supuesto; mi abuela se llamaba sencillamente Carmen), y había nacido en 1912 en el seno de una acaudalada y piadosa familia que poseía una fábrica de seda en Lyon. Para quien no domine el tema de la sedería lyonesa, aclaremos que se trata de la más sólida y arraigada burguesía francesa y que Lyon es la ciudad de la comida espesa y consistente, preparada a fuego lento con mucha crema. Datos fundamentales para comprender la sedición de este joven delgadito y de salud endeble, que en 1931 renunció a su parte de herencia para ingresar al convento de los capuchinos.
Henri Grouès se convierte en el abate Pierre, vale decir, en él mismo, en 1941, cuando después de la razia de los chicos judíos en el Vélodrome d Hiver, familiarmente llamado Vel d Hiv para amortiguar el horror, se dedica a rescatar a todos los judíos que puede y a depositarlos sanos y salvos en zona libre. Después integra la Resistencia, entra al Maquis, los nazis lo arrestan y lo mandan al campo de Cambo-les-Bains, en los Pirineos. De allí se escapa a España y llega a Argelia, donde se encuentra con la otra gran figura mítica francesa del siglo XX, Charles de Gaulle. Para el abate, el final de la guerra coincide con el descubrimiento de su vocación: combatir en el bando de los couche dehors , los que duermen afuera, a quienes después se llamó los SDF, Sin Domicilio Fijo, tal como se denomina hasta la fecha a los expulsados de la vida que no tienen paredes ni techo, verdadera obsesión del abate hasta el momento de morir. Los primeros albergues de Emaús, creados con la complicidad de un marginal llamado Georges que se volvió su lugarteniente, fueron ilegales.
Hasta que en 1954, una mujer muere de frío en la calle con su bebe. Es entonces cuando el abate Pierre lanza su llamado: la "Insurrección de la Bondad". El gobierno le niega el millar de francos que ha pedido, pero termina por darle diez veces más. El abate hace construir 12.000 viviendas de urgencia, publica la revista Faim et Soif (Hambre y sed), crea la Unión Nacional de Ayuda a los Sin Casa, el Banco Alimentario de Francia. A partir de ese momento ya es un héroe mediático que recibe varias Legiones de Honor, que es elegido diecisiete veces seguidas "personaje del mes" por el pueblo francés. Un héroe universalmente adorado porque vive de verdad para los otros, por su sotana raída, por sus zapatones manchados con el barro de las villas miseria, que allá se llaman bidonvilles . El muchacho rebelde que no soñaba con ser sedero sino marino, misionero o bandido, el religioso perturbador que confesaba haber conocido el amor carnal después de su ordenamiento como sacerdote, o que se pronunciaba a favor del casamiento de los curas, ya era el ídolo al que la jerarquía eclesiástica, los compañeros de Emaús y miles de personas llorosas acaban de despedir en la catedral de Notre Dame, de París, después de su muerte, sobrevenida el pasado 22 de enero.
Desearía de todo corazón poder terminar este responso con la frase anterior. Pero, ¿acaso es posible? Ninguna de las necrológicas aparecidas en los diarios franceses de estos días ha logrado eludir ese momento en el que Jacques Vergès anuncia oficialmente el apoyo del abate Pierre a Roger Garaudy. Un punto crucial que divide la vida del abate en antes y después.
A Jacques Vergès lo conocemos como abogado de causas odiosas. Basta que en Francia se juzgue a un criminal indefendible, generalmente nazi, para que maître Vergès salga a la palestra con su sonrisa astuta y sus ojuelos achinados, que el vidrio del anteojo no revela, sino oculta. Diferencia de aumentos, diferencia de calidad ocular sobre todo: ningún lente podría convertir esa mirada esquiva y retorcida en un ojo lleno de candor. Así como también es distinta su manera de épater le bourgeois : mientras el abate lo hizo siempre movido por una convicción profunda, el hombre de leyes aprovechó los procesos antipáticos para divertirse a costillas de los bienpensantes y adquirir notoriedad.
Pero si sobre alguno de los tres protagonistas de este drama no puede hablarse de convicción profunda, ese alguien es Roger Garaudy.
Garaudy comenzó por ser el filósofo oficial del Partido Comunista francés. Como tal, se atrevió a publicar una tesis de título asombroso: La libertad en la Universidad de Moscú bajo Stalin . Es cierto que no todo en su vida resultó tan gracioso como ese título: de 1940 a 1942, Garaudy fue prisionero en los campos vichystas de Africa del Norte. Tras haber sido diputado comunista durante dos años, fue expulsado del partido y se convirtió en marxista disidente. Hasta aquí, la trayectoria es común y corriente. Deja de serlo cuando el ex comunista se convierte, primero al protestantismo, después al catolicismo y después al islam.
En 1995, Garaudy cometió un libro intitulado Los mitos fundadores de la política israelí , de un antisionismo virulento que podía ser tildado de antisemitismo, como en efecto lo fue. Le Canard Enchaîné , un diario de izquierda que dice cosas serias en broma, reveló el caso. De inmediato, varias asociaciones de resistentes y deportados y varias organizaciones de defensa de los derechos humanos elevaron denuncias contra el autor del libro, por difamación pública racial y provocación al odio racial.
En abril de 1996 se desencadena el escándalo. Roger Garaudy y su defensor anuncian el apoyo del abate Pierre al autor, al libro y a su contenido. El abate es expulsado de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo, de la que era miembro de honor, y se retira provisionalmente de la vida pública. Mientras tanto, varios países musulmanes defienden a Garaudy, que es condenado por el tribunal francés porque, lejos de limitarse a una crítica del sionismo, el autor se ha entregado a un alegato virulento y sistemático, tendiente a probar que los crímenes contra la humanidad cometidos contra la comunidad judía durante el nazismo no fueron tales.
¿Cuáles son las tesis negacionistas de Garaudy que recibieron la bendición del abate Pierre? Que la Shoah fue un mito creado para inflar las cifras de las víctimas. Que de ninguna manera murieron tantos. Que la "solución final" de Hitler se limitaba simplemente a expulsar a los judíos de Europa y mandarlos a Madagascar. Que el Shoah business nunca logró probar la existencia de las cámaras de gas ni explicar cómo funcionaba ese gas ni cómo lograban cremar los cadáveres en sólo veinte minutos, etcétera.
¿Qué decía el abate Pierre en su carta de apoyo? Que dada su avanzada edad, su estado de salud (real) y sus múltiples actividades (más reales aún), no había podido leer de cabo a rabo el libro de su querido amigo Roger Garaudy, pero que confiaba en él porque lo conocía desde hacía mucho tiempo y porque sus más próximos colaboradores le habían dicho que era un libro muy bueno.
Por desgracia (al menos en lo que me concierne), esta sincera y muy creíble argumentación se veía oscurecida por ciertas reflexiones personales acerca de tres temas : la violencia en Israel (comprensible escozor en un observador sensible), el repliegue de los judíos en torno de su propia religión y su negativa a abrazar la fe de Cristo (consideración igualmente entendible en un cristiano que desearía la conversión al cristianismo del pueblo de Israel), y, cosa rotundamente menos aceptable, la percepción de que esa violencia israelí ya estaba marcada en la Biblia, sobre todo en el Libro de Josué, donde el llamado al "genocidio" aparece de manera constante.
A partir de esta lectura, los judíos serían violentos desde el comienzo mismo de su historia.
Al leer, en su momento, esa carta, me sorprendí de que el abate no hubiera logrado sobreponerse a los prejuicios de su tiempo y de su origen. Un leve toque de antisemitismo inconsciente le impedía comprender, como lo hizo notar el filósofo judeofrancés Pierre Vidal-Nacquet, esta simple comprobación histórica: los acontecimientos referidos en la Biblia no tuvieron lugar en épocas de civismo y humanismo. Las matanzas bíblicas, en efecto horrososas, correspondían a un período en el que cada uno de los pueblos mencionados en el relato procedía con idéntica crueldad. El mismo abate Pierre que había salvado a decenas de judíos durante la guerra se deslizaba, sin advertirlo, hacia un viejo discurso -el de la extrema derecha católica preconciliar- remozado por el discurso simétrico de la extrema izquierda, que hoy mueve a un grupo argentino llamado Quebracho, o a un presidente venezolano, a arrojarse en brazos de un presidente iraní tan negacionista como Roger Garaudy.
Es curioso que la muerte del Abate se haya producido apenas cinco días antes de la fecha elegida por las Naciones Unidas (que acaban justamente de definir el negacionismo como un crimen) para pronunciarse contra el flagelo antisemita, conmemorando aquel 27 de enero de 1945 en que las tropas norteamericanas liberaron a los sobrevivientes de Auschwitz. Yo conocí en un geriátrico de París a una de esas sobrevivientes, Anna Gliott, que me contó su experiencia en Auschwitz. Quise ponerla por escrito, pero no pude. Los dedos sobre el teclado no me obedecían, y no precisamente porque el relato sonara a falso.
Si los tres personajes de esta historia que salpicó al abate son niños terribles, debemos coincidir en que lo son, o lo han sido, de maneras distintas. Jacques Vergès, al modo viperino; Roger Garaudy, al modo irresponsable, y el abate Pierre a la manera de un ángel que no ha terminado de hacer la limpieza en su interior, por falta de tiempo: lo suyo era la acción, y no el pensamiento. Un ángel que cae en la trampa de un sinuoso y de un frívolo. Trampa mediática por encima de todo, tal como él mismo lo entendió al retirarse desde entonces de las luces televisivas para concentrarse en su tarea.
¿Por qué tomarlo a él de referente durante el proceso a Garaudy? ¿Un hombre puro y honesto de más de ochenta años, entregado en cuerpo y alma a la defensa de los pobres, también estaba obligado a ser un ideólogo lúcido y a observarse a sí mismo hasta el fondo con ojo clínico? ¿En qué medida su apoyo podía incidir en la suerte de este acusado como, por suerte, no incidió? ¿Qué sentido tenía arrastrar en una pendiente abrupta a un hombre que sólo sabía batallar para encontrarles casa y pan a quienes no los tenían? La obscenidad mediática consiste en considerar que una persona célebre dentro de una especialidad está en condiciones de responder a cualquier pregunta.
Volviendo a los ojos del abate Pierre, personalmente me felicito de que la visión desfalleciente de ese excelente anciano nos haya permitido admirar la transparencia de su mirada a través del anteojo.






