
Un Banco Central independiente
En medio de la crisis hiperinflacionaria de 1989, en la que le tocó asumir la presidencia al Dr. Carlos Menem y a mí la conducción del Banco Central, se decidió incluir en la ley de emergencia económica un artículo que lanzaba la reforma de la carta orgánica del Banco Central, consagrándose ahí mismo los principios rectores que debía incluir la nueva carta. Estos eran la independencia de la entidad, que tendría un único objetivo que era la estabilidad de la moneda y la limitación del financiamiento al Estado, entre otros.
El sentido de pretender la independencia, o autarquía administrativa, del banco, tenía como propósito principal no estar expuesto a presiones que pudieran alejar a la entidad de la prosecución del objetivo principal. Más concretamente, las autoridades del banco no debían estar subordinadas a las del Poder Ejecutivo, para dar cumplimiento a la prohibición de financiar al Estado, más allá de ciertos limites muy prudentes. Este fue el espíritu consagrado en esa Ley, y posteriormente en la ley de la nueva carta orgánica. Y éste es el espíritu de independencia que debe preservarse.
En los últimos años, el Banco Central, más que independiente, pareció divorciado del Ejecutivo, y de la realidad económica nacional. Lejos de contribuir a solucionar los problemas acuciantes de nuestra coyuntura, ha logrado agravarlos, implementando una restricción crediticia a los sectores productivos, sin precedente en nuestra historia reciente.
Esto lo ha logrado mediante la combinación de encajes sumamente elevados, que estuvieron alrededor del 20% durante todos estos años, con la excusa de la solvencia del sistema, pero sin atender las necesidades de contribuir al crecimiento y transformación económica que requería el buen funcionamiento del modelo económico aplicado.
Pero también contribuyeron a esa restricción crediticia otras normas, llamadas prudenciales, que apuntaron a reducir los créditos considerados riesgosos, asociando a éstos a todos aquellos que tuvieran una tasa de interés mayor que la definida como normal. Con lo cual se encarecían estos créditos, iniciándose un círculo vicioso por el cual las altas tasas, lejos de ser la consecuencia de un problema de insolvencia, terminaban siendo la causa de ésta.
Entre estas normas se destacan aquellas que obligan a los bancos a exigir de los prestatarios un conjunto de informaciones que son sumamente costosas, lo que limita el acceso al crédito bancario de las empresas más chicas, y las empuja al submundo de las cuevas financieras, pagando tasas que nada tienen que ver con los riesgos y las garantías ofrecidas.
Esta restricción crediticia se perfeccionó con políticas que tendieron a suprimir la competencia en la captación de depósitos, y en la promoción de la desnacionalización de bancos, como método para mejorar la solvencia del sistema financiero.
En efecto, debe llamar la atención de cualquier observador que las altas tasas de interés que hoy caracterizan a la economía argentina no se traducen en altas tasas pagadas sobre los depósitos en caja de ahorro, y menos en saldos en cuenta corriente. Es sorprendente que en Nueva York se pague más que en Buenos Aires, en estos tipos de depósitos más líquidos, atentando contra el manifestado objetivo de lograr niveles más altos de bancarización. La razón de esto radica en que los bancos que paguen por encima de un promedio definido por los más grandes, automáticamente sufren un encaje "punitorio" del 80 por ciento. Esto genera una protección para cierto grupo de bancos, que no se condice con el espíritu de desregulación y competencia que prevalece en el resto de la economía argentina desde comienzos de la década pasada.
Menos competencia
El sistema de garantía de los depósitos, al estar sujeto también a condicionantes parecidos, incurre en el mismo defecto, limitando la competencia por tasa de interés, alentando exclusivamente la competencia por prestigio, lo que lleva inexorablemente a la extranjerización del sistema.
Estos elementos, más otros muy técnicos que no cabe describir en este artículo, han generado un ambiente de difícil competencia para los bancos nacionales, que son prejuzgados como más vulnerables que los foráneos. Este proceso, que tiene indudables ventajas en cuanto a la solidez del sistema, ha sido grave para las empresas argentinas que no tienen acceso al crédito internacional. Sin duda, la distancia que media entre los tomadores del crédito y los centros de decisión de estas entidades genera incertidumbres que finalmente se traducen en tasas de interés más altas, sin que ello responda a una menor productividad ni rentabilidad. Con lo cual, se rompe la supuesta eficiencia del mercado financiero, en su rol de asignación de recursos financieros, en función de las tasas de interés aceptadas.
Estas medidas fueron muy útiles para transitar las crisis financieras importadas del exterior, y debemos reconocerle mucho mérito por haber logrado sustituir la ausencia de un Banco Central que pudiera funcionar como banquero de última instancia, dado las limitaciones impuestas por la ley de convertibilidad en 1991.
Pero desde 1997, la realidad es muy distinta, y el origen de nuestros problemas debemos buscarlo en la falta de competitividad y rentabilidad de nuestros sectores productivos, que han sufrido una distorsión de precios relativos impulsados por la devaluación del euro frente al dólar (y por lo tanto al peso).
Este nuevo escenario debió haber sido motivo de un cambio de orientación que aún no ha ocurrido plenamente. Para hacer una comparación que nos duele, en el último año, ante los primeros síntomas de recesión, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha bajado la tasa de interés en cinco oportunidades, y si bien no tan independiente como el Bundesbank, tampoco es un Banco Central manipulado por el sector político. Durante este mismo período, prácticamente no ha habido señales que permitan sospechar que el Banco Central pretende aumentar la oferta de crédito, para lograr revertir una de las peores y más largas recesiones de nuestra historia. Finalmente, la crisis de la economía real va a derrotar los éxitos logrados en el sector financiero, debilitando a los bancos por la peor calidad de sus activos, y logrando ahuyentar a los bancos extranjeros. Para los bancos, no hay mejor protección ni negocio, que el crecimiento económico.
En esta nueva etapa del Banco Central queremos que siga protegiendo el valor de la moneda, pero entendiendo que la deflación puede ser tan perniciosa como la inflación. No podemos tener un Banco Central independiente en una economía sometida.





