
Un cisne negro en la familia Wagner
Por Alessandra Stanley
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MILAN (The New York Times)
EN el escritorio del subsuelo hay un solo retrato de músico: el de Franz Liszt, suegro de su ilustre bisabuelo. La única imagen de éste es un pequeño bosquejo enmarcado que muestra a una pareja del siglo XIX en una góndola veneciana; según él, la silueta masculina es Richard Wagner. "No tengo imágenes de él, ni de Bayreuth, porque no podría soportarlas a mi alrededor", explica. Qué extraño arrebato de sensibilidad en este cincuentón que ha dedicado su vida adulta a proclamar el peso insoportable de su apellido.
Declarado persona no grata en el hogar familiar de Bayreuth, Gottfried Wagner lleva años dando conferencias en los Estados Unidos, Europa y, desde 1990, en Israel. Habla de sus sentimientos de culpa e ira como alemán y, sobre todo, como descendiente directo del gran compositor cuya música quedó identificada con el Tercer Reich y cuyos escritos antisemitas contribuyeron a legitimar los de Hitler.
"Es imposible disfrutar inocentemente de su música, tan entrelazada está con las ideas totalitarias. Yo no puedo escucharla por placer", confiesa en tono vehemente.
Ocupa una casa modesta en un pequeño suburbio milanés, junto a Teresina, su esposa italiana, y Eugenio, un huérfano rumano que adoptaron en 1991. Por estos días, se dedica más que nada a viajar promocionando la edición norteamericana de su autobiografía Twilight of the Wagners ("El crepúsculo de los Wagner"), que saldrá a la venta en mayo.
Desafío y represalia
La edición original se publicó en Alemania hace dos años. Ofrece una visión del modo en que los herederos de Richard Wagner -en especial Wolfgang, padre de Gottfried, y Winifred, su abuela pronazi- encubrieron su estrecha relación con Hitler para retener el control del Festival de Bayreuth después de la Segunda Guerra Mundial. Es un grito de cólera muy personal, aunque no tanto contra Richard Wagner. Más que nada, es un intento de reconciliarse con el padre que lo desatendió, lo rebajó y, finalmente, lo repudió.
Desterrado del Festival de Bayreuth, Gottfried no abriga la menor esperanza de suceder a su padre que, ya octogenario, sigue gobernando con firmeza el Festspielhaus . Ahora sólo quiere que el resto de la familia sea apartado de la dirección de los futuros festivales. "Sólo un cambio verdaderamente radical puede traer una verdadera redención", afirma. El libro es un desafío y una represalia tanto más conmovedores por cuanto su único destinatario, el padre, probablemente nunca lo leerá.
Pero la visión más escalofriante de esa relación no está, quizás, en esta autobiografía, donde el padre aparece en casi todas las páginas, sino en el frío y orgulloso informe de 1994 en que Wolfgang cuenta cómo resucitó a Bayreuth de entre las cenizas de la derrota alemana. Gottfried, su único hijo varón, es mencionado sólo dos veces: en una nota lacónica e indiferente sobre su nacimiento y en la página 176, cuando resume en un párrafo las épicas rencillas familiares. Menciona mucho más a Hitler.
Padre e hijo no se hablan desde que Gottfried viajó a Israel, en 1990. Todavía hoy Wolfgang le devuelve sus cartas y las fotos de su nieto.
El libro de Gottfried comienza con su primer recuerdo: tenía cuatro años y se sentía miserable en el internado al que lo habían enviado sus padres para poder consagrarse por entero a la reapertura del Festival.
En busca de aceptación
Al promediar la veintena sin haber podido convencer a su padre de que poseía talento musical, contraatacó: eligió por tema de su tesis universitaria a Kurt Weill y Bertolt Brecht. El significado de su elección no pasó inadvertido para los Wagner. "¡Conque ahora te mezclas con los judíos y hasta con los izquierdistas!", le espetó su abuela Winifred.
Desde entonces, su historia ha sido más bien triste: la de un joven en busca de aceptación fuera de su familia. Es musicólogo y ha dirigido óperas, con limitado éxito, en todo el mundo menos en Bayreuth. Él dice, y su prima Eva también, que su padre hizo cuanto pudo por desacreditarlo en otros teatros líricos.
Aun fuera del círculo familiar, las disputas con amigos y socios han ensombrecido su vida. Encuentra solaz en los parientes italianos de su esposa, "tan cálidos como fríos fueron los míos", y en compañía de intelectuales judíos. Desprecia los esfuerzos de Wolfgang por reconciliar a éstos con Bayreuth, tildándolos de insinceros e interesados. Le aterran el pasado de su familia y las raíces del totalitarismo germano, tan entrelazadas con la música de Wagner. Su libro también deja en claro, implícitamente, que ha encontrado en la acusación de antisemitismo el arma más potente para vengarse de su padre. Emocional en su estilo, limitado en la investigación, el libro tal vez no persuada a muchos de que Gottfried juzga con imparcialidad los pecados de los Wagner, pero bien puede convencerlos de que Wolfgang fue un padre terrible. Y, en última instancia, quizás eso baste para Gottfried.






