
Un clásico del mar
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Ee esta época del año, el mar es la página en blanco de muchos veraneantes. Sentados en la arena o en una roca, la visión del océano es un permiso para vivir distinto. No hace falta esperar el rayo verde; con descansar los ojos en la espuma de olas en absoluto repetitivas basta para disolver penas, rabias o desvelos. La inmensidad se ve abordable, cercana, certera.
No hay dudas frente al mar. Hay silencio, el silencio del mar. Por eso la mejor manera de acompañar esa entrega solitaria es con un libro. Una novela filosófica, verdadero tratado de las profundidades, la Biblia de la literatura moderna: Moby Dick, de Herman Melville.
Cuando su autor terminó de escribirla, en 1851, le mandó una carta a su amigo íntimo Hawthorne en la que le anunciaba: “He compuesto un libro perverso y me siento tan inmaculado como un cordero”. Esta confesión plantea la gran paradoja que subsiste en esta historia: la obsesividad no es más que un intento de acallar el miedo. El capitán Ahab, empeñado en vengarse de la ballena blanca, busca disolver el terror profundo que ésta le provoca. A su vez, Starbuck, el primer oficial de la nave, advierte: “No quiero a ningún hombre en el barco que no tenga miedo de la ballena”. Con esto parece insinuar no sólo que el valor más útil es el que surge de una justa estimación del peligro, sino también que un hombre que ignora el miedo es más riesgoso como compañero que un cobarde.
Contemplar el mar no exige ningún coraje, pero es un desafío al bullicio de nuestros pensamientos. Aquellos que mirando el mar no logran despojarse de los problemas urbanos, de ideas que los atormentan o de tareas inconclusas pueden, al menos, conciliar la tremenda visión azul con la ansiedad analítica a través de las mil páginas de esta novela genial. Allí se condensan todos los sentimientos de este mundo, los de gloria, los más viles, los más tiernos, grandiosos y terroríficos.
Desde el principio, Ismael, su narrador perpetuo, nos permite entrar en el mar sin mojarnos, ofreciéndonos los conceptos que subyacen en la profundidad. Así, pues, comienza Moby Dick –en su mejor traducción, la de Enrique Pezzoni, con un excelente prólogo de Jaime Rest–: “Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente–, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso, (...) sobre todo cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano”.
Veraneantes sin consuelo, veraneantes aturdidos: nada más que zambullirse en estas páginas del escritor que cambió el curso de la literatura norteamericana para sentir el mar que llevamos adentro.






