
Un día de furia
Lo que viene de ocurrir la madrugada del domingo en la ciudad de Baradero, a 150 kilómetros de la Capital, trae a la memoria el dramático filme protagonizado por Michael Douglas en 1993, Un día de furia, en cuyo transcurso un ciudadano al parecer común, William Foster, atraviesa una serie de incidentes cada vez más enervantes hasta que su agitación, ya fuera de control, estalla en tragedia. Es entonces cuando los espectadores advierten que William, lejos de ser el "ciudadano común" que suponían, se hallaba en verdad al borde de una locura terminal de vandalismo generada, en definitiva, por las tensiones acumuladas de la vida moderna.
En su análisis magistral de la tragedia griega, Aristóteles señaló que estaba destinada a provocar en los espectadores sentimientos mezclados de espanto y compasión para que pudieran "purgarlos", liberándose así de ellos. Pero hay dos diferencias entre las tragedias griegas y Un día de furia de un lado y la protesta que acaban de protagonizar los vecinos de Baradero del otro: la primera, que en tanto aquellas eran obras de ficción, impactó en la realidad que nos rodea; la segunda, que sus protagonistas no fueron algunos individuos sino un pueblo entero.
Pese a estas diferencias, un hilo común enlaza a los distintos episodios que venimos de reseñar: que todos ellos, ya hayan provenido de la imaginación creativa de algún autor o de la nuda realidad social, han seguido el curso de idénticos "crescendos", yendo de menor a mayor hasta desembocar en una catástrofe que, si en un principio era quizá controlable, se convirtió finalmente en inevitable.
Los trágicos sucesos de Baradero, ¿fueron entonces, en algún momento, previsibles y por lo tanto evitables? El cardenal Richelieu escribió en su Testamento político que los únicos conflictos controlables son aquellos que, fueran grandes o pequeños, el príncipe supo anticipar. La pregunta sobre el estallido del domingo en Baredero se vuelve inquietante a partir de aquí, porque ya no deberíamos indagar sólo acerca de la responsabilidad de tal o cual funcionario municipal en el desencadenamiento de la tragedia sino también en el clima de crispación social que la rodeaba ya no "durante" sino "antes" de que se escapara de las manos.
Si no pudimos prever entonces el tumulto de Baradero antes de que ocurriera, ¿podremos extraer de él al menos ahora, cuando ya ha ocurrido, valiosas lecciones sobre nuestro futuro inmediato? La violencia, como los argentinos ya aprendimos a costa nuestra, no empieza en los actos que conmueven sino en los labios que la instigan. Es lógico preguntarse entonces, con urgencia, por el ambiente de confrontación que ensombrece cada día más la convivencia de los argentinos. Después de Baradero, en todo caso, ya nadie podrá alegar inocencia ante el larvado desafío de la violencia que nos está envolviendo.







