
Un eje central de conducta civilizada
Por Alberto Benegas Lynch (h.) Para LA NACION
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COLONIA DEL SACRAMENTO
El proceso evolutivo en el que se van estableciendo las bases de una sociedad que pueda llamarse civilizada resulta de un azaroso y lento peregrinaje de prueba y error. Esto ocurre en el contexto de repetidos descubrimientos, porque ninguna mente inventa ni diseña la naturaleza ni las propiedades de la condición humana.
Muchos han sido los sufrimientos y las vidas que se han perdido por alquimias trasnochadas de ingenieros sociales y mandones que, haciendo gala de arrogancias dignas de mejor causa, han pretendido imponer a sus semejantes absurdos esquemas dogmáticos que apuntan a usar vidas y haciendas ajenas como si fueran propias.
La civilización es frágil, su construcción es costosa y está plagada de amenazas, pero su destrucción es fácil y relativamente rápida. Alexis de Tocqueville conjeturaba que, en lugares en los que existe un marcado progreso moral y crematístico, la gente tiende a dar eso por sentado. Momento fatal. En esa situación, se dejan grandes espacios que son ocupados por otras corrientes de pensamiento, con lo que, tarde o temprano, el progreso se revierte y deviene en retroceso.
Marxismo al revés
Ninguna posición es irrevocable; todas son provisorias. No hay tal cosa como "el fin de la historia" en el sentido que Fukuyama le atribuía. Según este autor, a partir de la caída del muro de la vergüenza, inexorablemente nos encaminaríamos hacia la economía de mercado y el liberalismo. Esto no es más que un marxismo al revés, con sus leyes históricas inexorables. En el caso que nos ocupa, todo depende de la capacidad de cada cual para contribuir a la protección de lo que constituye un eje central de la conducta civilizada, que es el respeto recíproco.
No importa a qué se dedique cada uno, todos estamos interesados en que se nos respete en un clima de libertad, para que cada cual pueda seguir su camino sin lesionar derechos de otros. Como decía Walter Lippmann: "En una sociedad libre, el gobierno no administra ni maneja las cosas de la gente. Administra justicia entre la gente que maneja sus propias cosas". No podemos actuar como si otros fueran los que nos deben resolver los problemas. Como si estuviéramos en una inmensa platea mirando al escenario, limitándonos a criticar lo que allí ocurre sin hacer nada por modificar el estado de cosas que nos disgustan.
Curioso resulta en verdad que cuando existe la decisión de "hacer algo" suele limitarse la opción a la arena política, sin percibirse que ésta no es más que una consecuencia de aquello que demanda la opinión pública que, a su turno, está influida por las ideas y principios que provienen del campo intelectual: proceden de los niveles educativos. No resulta posible contar con buenas políticas, esto es, con ejecuciones razonables, si previamente no se debatieron ni se entendieron cuáles han de ser las ideas que habrán de ejecutarse. Lo contrario equivale a poner la carreta delante de los caballos. Desde una tradición de pensamiento distinta de la que estamos aludiendo en la presente nota, Antonio Gramsci ha sostenido con razón que, ocupándose de la educación y la cultura, el resto se da por añadidura.
Arreglos voluntarios
Robin G. Collingwood -probablemente el más destacado filósofo-historiador- se refiere al aspecto medular de aquel eje central del respeto recíproco. Sostiene que la civilización "significa una condición de la sociedad en la que el hombre adquiere aquello que necesita para su mantenimiento y confort, no arrancándoselo a otros hombres sino ganándoselo de una manera que no perjudique a otros, ya sea tomando posesión como bona vacantia, haciéndolo él mismo o comprándolo a alguien que lo posea como dueño y que no lo necesite. Una condición de la sociedad para obtener la prosperidad es que cada miembro se haga cargo de su propio camino ganándose su modo de vida en lugar de obtenerlo de forma parasitaria empobreciendo a otros". Y, más adelante, aconseja "la supresión de la economía del saqueo, que enriquece a un hombre por medio del empobrecimiento de otro, por la economía de la producción, en la que cada miembro de la sociedad se enriquece ganándose sus bienes". Aun con sus diferencias de opinión, entre otros, Franz Oppenheimer concuerda con que la cooperación social es, por naturaleza, voluntaria y que la utilización de la fuerza que no sea para proteger derechos necesariamente perjudica y empobrece.
En la teoría de los juegos, se denomina "suma cero" a aquella situación en la que lo que gana uno lo pierde otro. Esto no tiene lugar cuando los arreglos contractuales son libres y voluntarios, situación en la que ambas partes ganan. Por el contrario, cuando los gobiernos se entrometen en la vida y en las propiedades de la gente, provocan la suma cero de marras y aparecen los consabidos lobbies, factores de presión y corporaciones más o menos mafiosas en un lucha desenfrenada para ver quién se queda con la mejor tajada a expensas de los demás.
Las definiciones de Collingwood y Oppenheimer no sólo pueden utilizarse para explicar los desvaríos y consiguientes tropiezos de muchas de las políticas económicas contemporáneas, sino para entender lo desdibujada y degradada que ha quedado la noción del derecho, confundiéndola con una interminable lista de aspiraciones, deseos y pseudoderechos al mejor estilo orwelliano.
En nombre de la llamada "justicia social" se han encarado innumerables aventuras que siempre han terminado por perjudicar muy especialmente a los que menos tienen. Los embates sistemáticos a marcos institucionales civilizados explican la diferencia en los niveles de vida, por ejemplo, entre Canadá y Somalía. Aquel galimatías de esa tan cacareada "justicia" puede interpretarse bien como una redundancia, puesto que la justicia no es mineral ni vegetal, o bien -lo que está más extendido- como la facultad de sacarles a unos lo que les pertenece para entregarlo a quienes no les pertenece, en abierta contradicción con la clásica definición de Ulpiano de "dar a cada uno lo suyo".
Por otra parte, resulta de gran interés observar el correlato que existe entre una sociedad abierta y portentosas obras filantrópicas, en contraposición a las reiteradas estafas y artimañas de diverso tenor que se suceden en el contexto de esa contradicción en términos que se ha denominado "Estado benefactor", como si se pudiera hacer beneficencia recurriendo a métodos violentos.
Contratos y redistribución
Uno de los grandes mitos de nuestro tiempo consiste en suponer que el Estado puede ayudar a distintos sectores basado en la magia primitiva de que resulta posible sacar recursos de otro lado que no sea del propio patrimonio de los mismos integrantes de la sociedad, ya que ningún gobernante desembolsa de su peculio. Este desvío de activos se suele denominar redistribución de ingresos, que, como señala Robert Nozick, encierra la paradoja y la trampa de que quienes apoyan esa política contradicen lo que decidieron hace unos instantes en el supermercado con sus compras y abstenciones de comprar.
David Hume daba prelación, en su célebre tríada, al cumplimiento de la palabra empeñada como una derivación necesaria del respeto recíproco. Lamentablemente, en no pocos lares, gobernantes megalómanos han contribuido decisivamente a quebrar contratos, con la anuencia y el entusiasmo de una caterva impresentable de atorrantes disfrazados de gente seria, lo cual produce una herida profunda y purulenta, en verdad difícil de subsanar.
A menos que exista una saludable y enérgica reacción en defensa de los valores básicos de una sociedad civilizada, serán sombrías las perspectivas y los errores se repetirán como en un tedioso y macabro carrusel. Con decisión y coraje para enfrentar los problemas, prácticamente cualquier situación puede revertirse para bien. Pero, como ha escrito Ortega y Gasset: "Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización pero no se ocupa usted de sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado".





