Un fallo bienvenido, pero que llega tarde
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Toda adicción supone una dependencia. Una restricción de nuestra libertad. En este sentido, toda adicción sería negativa. De cualquier modo, convengamos que no es lo mismo ser adicto a las series policiales que a las drogas duras. La verdadera adicción supone la compulsión a entregarnos a algo sabiendo que nos hará mal. En esos casos, muchas veces la voluntad tira la toalla sin avisar. Entramos en una espiral en la que, mientras más consumimos ese algo, menos resistencia le oponemos, hasta que la adicción toma el control sin que nos demos cuenta. Nos toma.
Algo de eso pasa con las redes sociales. Al menos así lo entendió un jurado de California que la semana pasada declaró responsables a Meta y a YouTube de haber diseñado plataformas que generan adicción de la mala. La causa la impulsó una joven de 20 años a quien, según su testimonio, el uso constante de redes como Instagram afectó su salud mental y la llevó a estados de ansiedad y depresión. El fallo, que toma argumentos usados hace unas décadas contra las tabacaleras, sentó un precedente histórico que podría multiplicarse en cientos de otros juicios a lo largo del país, en tanto refleja la mirada ahora más crítica de una sociedad que ha empezado a preocuparse por las horas diarias que los jóvenes pasan en las redes.
Yo creo que sí, que las redes son adictivas. En cuanto uno les da un poco de rienda, acaba abducido en un flujo que no tiene fin y olvida la vida real y las personas que la pueblan, muchas de las cuales, de todos modos, migraron también a la virtualidad y uno solo las encuentra pantallita mediante.
El problema se vuelve más complejo cuando reconocemos que buena parte de la vida pasa hoy por la ingravidez de la virtualidad. Si no somos adictos a las pantallas, estamos condenados a ellas. Trabajo, ocio y entretenimiento, relaciones personales, actividades culturales, todo pasa por allí. Y, lo que es más decisivo, estas plataformas se han convertido en el espacio donde los jóvenes en proceso de forjarse una identidad moldean y afirman su yo. Pero, seamos sinceros, no solo los jóvenes. En esto, como en otras cosas, hoy los hijos copian el ejemplo de sus padres.
Hoy la adicción a las redes es parte de la cultura; caminamos con el celular en la mano y hasta con la vista clavada en la pantalla
Las redes son, también, una promesa de ingresos. Se despliega en ellas un marketing personal en el que la persona pasa a ser un producto a la venta. La publicidad de ese producto es gratis, porque conviene al flujo, y la vida misma corre peligro de convertirse en un simulacro constante en el que se postea cada pequeño acto cotidiano en una actuación para los demás, pero los demás convertidos en número, despersonalizados, reducidos a la categoría de “seguidores”. En ese universo inconmensurable, por supuesto, están también los que divulgan su trabajo o su arte sin dejar de ser lo que en verdad son, señal de que en gran medida la vida hoy pasa indefectiblemente por las redes, como se dijo, y señal también de que, más allá de los fallos que condenan a las big tech, hoy el fenómeno es parte de una normalidad que hemos ido asumiendo gradualmente, a golpe de sucesivos avances tecnológicos que nos han ido transformando no solo en nuestro modo de comunicarnos, sino sobre todo en cómo nos concebimos como personas, en qué significa ser seres humanos.
¿Nos estamos convirtiendo en autómatas? Yo percibo, en mi persona, una tensión permanente entre la máquina y lo que me hace humano. Quizá porque a la máquina, en su afán de acelerar y multiplicar el consumo, no le importa la calidad, que es marca de valor, sino la cantidad. Y esto vale para las interacciones en las redes. El objetivo de las tecnológicas es mantenerte enganchado, que no puedas desprenderte, que cada interacción te lleve a la siguiente, atarte a la correntada y no dejarte salir, porque en la multiplicación de los clics está su ganancia. Han sabido cómo lograrlo. Una prueba de eso es la riqueza sideral que han acumulado los Zuckerberg, los Musk y compañía.
El fallo, me temo, llega tarde. Hoy esa adicción es parte de la cultura. Un buen ejercicio es observar, en una calle concurrida, cuántas personas caminan con el celular en la mano y, entre ellas, cuántas avanzan con la mano en alto y la vista clavada en la pantalla, incluso mientras cruzan de una vereda a la otra. Dijimos que la adicción llega cuando nos entregamos a ella poniendo en riesgo nuestra salud o nuestra vida. He visto gente manejando a más de 100km por hora con la vista fija en el celular ubicado sobre el volante, los dedos tecleando un mensaje.
Es bueno que las instituciones asuman la cuestión y pongan límites. Pero el problema exige también un planteo en el orden personal. ¿Hasta qué punto nos asimilamos a la máquina y al sinsentido de su ritmo, fuera de toda escala humana? ¿Cómo mantenemos el control de un insumo hoy inevitable que, al mismo tiempo, provoca adicción? ¿Hasta dónde, para evitar disolvernos en la virtualidad, somos capaces de convivir con las limitaciones de nuestros sentidos en su contacto con el mundo real? En una realidad talismánica que en su literalidad siempre es metáfora de otra cosa, esas limitaciones acaso sean una cantera de posibilidades a explorar. Abren en lugar de cerrar. Quizá la verdadera riqueza, inagotable en el mejor sentido de la palabra, resida precisamente en el misterio de lo que está más allá de nuestro alcance.






