
Un fenómeno epocal
Decía hace poco Jordi Soler, en El País: "Hoy una persona normal puede ir conduciendo su coche, con la radio de fondo, mientras habla por teléfono con el manos libres y, con la mano izquierda, vigilando con el ojo derecho que no lo mire un policía, escribiendo un tuit. La multiplicación de estos actos aparentemente mínimos afecta todos los estratos de la vida. Los niños, que ya han nacido con el chip de la multitarea, hablan entre ellos mientras juegan al FIFA en la PSP y simultáneamente ríen con la televisión". Efectivamente, el mundo contemporáneo nos va induciendo hacia este tipo de experiencias. Como si reprodujéramos las facultades de nuestros propios programas informáticos, estamos en pleno universo multitarea. Cada vez nos cuesta más detenernos en una sola cosa o, dicho más simplemente, cada vez nos cuesta más detenernos. Así, estamos desembocando en una nueva experiencia del tiempo, el tiempo de la bifurcación del presente en múltiples direcciones, el tiempo cortado en finas rebanadas de atención marginal. Uno no puede dejar de preguntar de dónde proviene esta compulsión, que está lejos de ser un fenómeno sólo generacional, y que está pasando a ser un fenómeno epocal.
Lo que se podría sospechar es que se trata de un intento de adormecer el paso del tiempo, una manera de auto-administrarse morfina temporal frente al transcurrir de las cosas. Porque cuando uno se demora en una sola cosa, cuando se comienza a habitar en algo, se tiene la oportunidad de sentir el paso del tiempo. De hecho, la simple secuencia homogénea del tiempo es dolorosa si es que uno no encuentra una manera de desplazarse, por momentos, de ella. Y el hombre actual se ha quedado con pocos recursos como para interrumpir esa secuencia homogénea, tal como hacía, por ejemplo, el hombre que pertenecía epocalmente a un universo religioso. Mircea Eliade señaló alguna vez que un mundo enteramente profano, este cosmos completamente desacralizado, es un descubrimiento reciente del espíritu humano. Experiencia nueva que ha dejado a los hombres contemporáneos más inermes que sus antecesores frente al misterio del mundo.
Cuando carece de un espacio diferencial donde se pueda resignificar, el tiempo se convierte en una experiencia impiadosa, que se combate como se puede. El tiempo originario, aquel tiempo religioso al que se refería Eliade, en cambio, suponía la posibilidad de habitar simultáneamente un tiempo reversible y recuperable, el tiempo de repetición de un hecho primordial. El hombre tenía la posibilidad ritual de desplazarse a otra dimensión temporal, a un tiempo calificado. Y con ello se neutralizaba la angustia de vivir sólo en lo que avanza sin renovación. En una palabra, antes era posible neutralizar el tiempo meramente secuencial participando de una experiencia que tenía la potencia de anularlo. O, al menos, que le permitía al tiempo adquirir una doble faz. Si a ello se le agrega la desintensificación del tiempo lúdico y el tiempo de la poesía, es decir, aquellas formas del tiempo en las que no pasa el tiempo, el hombre tiene incentivos como para huir hacia adelante.
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