
Un guardacostas frentealos Sea Harrier
En lucha desigual, la nave de Prefectura abatió a uno de los poderosos aviones
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"Me despedí de mi esposa y de mis dos hijas, que tenían 7 y 8 años. Fue muy duro. Angustiadas, preguntaron si no había otra alternativa. Les dije que no. Traté de infundirles confianza de que volvería. Pero yo sabía que nuestras posibilidades eran mínimas", dice el prefecto Eduardo A. Olmedo.
El 4 de abril de 1982, es decir 48 horas después del desembarco de infantes de Marina en las islas Malvinas, dos lanchas patrulleras de la Prefectura Naval Argentina, que se encontraban amarradas en la dársena E del puerto metropolitano, recibieron la orden de zarpar rumbo al archipiélago.
Eran los guardacostas GC82 Islas Malvinas y GC 83 Río Iguazú, ambos de 90 toneladas y 28 metros de eslora y provistos de dos ametralladoras Browning, calibre 12.7 mm, emplazadas en popa. Completaban el armamento fusiles automáticos livianos (FAL) y pistolas ametralladoras Halcón. La tripulación estaba conformada por 15 hombres. Salvo el capitán Olmedo y el primer oficial Gabino González, el resto era personal de muy poca antigüedad.
El GC 82 tuvo un final no calculado. Tras la rendición de las fuerzas argentinas, el 14 de junio, los ingleses lo incautaron en el estrecho de San Carlos, adonde estaba fondeado, muy destruido por la metralla de dos helicópteros Sea King (con un solo herido, el cabo Antonio Grigolatto). Una semana después, remolcado, cruzó el Atlántico para ser exhibido como trofeo en varios puertos británicos. Finalmente, fue vendido a una nación africana.
Pero al Río Iguazú lo esperaba una participación muy especial. Además de haber sido la primera embarcación de nuestro país que burló el bloqueo naval inglés, también fue la primera en ser atacada por aviones ingleses. En su escasa duración (calculado en no más de 10 minutos), el episodio incluyó tragedia y heroísmo. También, la insólita modificación del informe de ambos bandos acerca del hecho, uno generado por la camaradería, y el otro, por las simples o complejas razones que mueve el orgullo. En diálogo con LA NACION, evocaron el acontecimiento ocurrido hace dos décadas el prefecto Olmedo; el oficial principal Jorge Carlos Cárega; el ayudante de 3a. Juan José Baccaro, y el cabo 2º José Raúl Ibáñez. Aún vibra la voz de alguno de ellos en el relato.
Rumbo al frente
Olmedo, que comandaba la lancha con el grado de subprefecto, explica que la misión era patrullar las inmediaciones de Puerto Argentino y dar practicaje a buques mercantes de abastecimiento, entre ellos, el Formosa, el Río Carcarañá o el Isla de los Estados, por su mayor capacidad técnica para detectar minas acuáticas.
"No iba a ser un paseo, tratándose de unidades que sólo tenían experiencia en patrullaje costero. Había que cubrir casi 700 kilómetros, burlar el bloqueo naval de 200 millas -impuesto por Londres tres días antes- y maniobrar en un mar grueso, de vientos muy fuertes, chubascos y olas de 8 metros de altura. Varias veces estuvimos a punto de zozobrar."
Tras hacer escala sucesivamente en los puertos de Belgrano, Madryn y Deseado, el 11 puso proa hacia las Malvinas, navegando a 22 nudos (unos 38 km/h), el máximo de su potencia.
Arribó el 13 a Puerto Argentino, en donde se resolvió camuflar la embarcación, porque su color blanco la tornaba precisamente ideal para cualquier artillero enemigo. A instancias del principal González, aficionado a la pintura, se optó por darle una tonalidad entre amarronada y verdosa, semejante a la del paisaje montañoso de las islas y de sus áreas rocosas.
Las tareas del Río Iguazú se ampliaron luego con detonaciones, en horarios cambiantes, de explosivos subacuáticos destinados a impedir la acción de buzos enemigos, y con la vigilancia de zonas aledañas al puerto, que podía extenderse a las múltiples ensenadas y bahías malvinenses.
El viernes 21 se recibió la orden de trasladar a Pradera del Ganso, cerca de Darwin, a un subteniente y 19 soldados, además de cajas de municiones y un par de obuses Otto-Melara de 105 mm. Pasada la medianoche, la carga ya estaba estibada en los pañoles, por debajo de la línea de flotación. A las 4 se puso rumbo al destino prefijado.
Zafarrancho de combate
A las 8.30 del 22, la nave se encontraba en el centro del seno Choiseul, que separa las dos porciones que forman la isla Soledad. El cabo Ibáñez estaba en su puesto, la sala de máquinas, cuando escuchó el zafarrancho de combate por la aproximación de dos aviones Sea Harrier, en estrategia clásica para causar el mayor daño posible: uno se acercaba por la proa, y el otro desde el lado opuesto.
Dispararon cohetes que impactaron en el timón y abrieron un rumbo muy grande, por lo que Ibáñez de inmediato accionó las bombas de achique. Al ver que no daban abasto, alertó a Olmedo sobre el riesgo de hundimiento. Olmedo le dijo que abandonase la sala y que iba a tirar la lancha a la costa, en ese momento a unos 1000 metros.
Casi simultáneamente, otro ataque desde estribor destrozó el techo y levantó planchas de aluminio, convirtiendo en astillas gran parte de la estructura. El maquinista subió a cubierta y casi tropezó con el cuerpo del cabo Omar Benítez, caído al lado de la ametralladora. Azorado, comprendió que estaba muerto. También observó, heridos, a Baccaro y al cabo 2° Carlos Bengoechea.
"Voy a bajar a uno"
Con 19 años de edad, Benítez -oriundo de Basavilbaso, un pueblo del sur de Entre Ríos, de unos 5000 habitantes- era el más joven de la dotación.
Se había capacitado como apuntador de ametralladora, según la denominación técnica, y mostraba un enorme entusiasmo ante la posibilidad de entrar en acción. Era como el dueño del arma. La limpiaba todos los días. Tenía la convicción de que iba a derribar un helicóptero Sea King, recuerdan quienes fueron sus compañeros. "Voy a bajar a uno", aseguraba.
Pero no fue un helicóptero lo que tuvo en la mira, sino algo mucho más poderoso: el Sea Harrier ZA 192, del portaaviones Hermes, piloteado por el capitán de corbeta Thomas Batt, acercándose por popa.
Batt no le dio tiempo al voluntarioso entrerriano. Situado casi encima del guardacosta, a 18 metros sobre el mar, disparó sus cañones de 30 mm y alcanzó a Benítez en el tórax.
Pese a no tener instrucción como ametralladorista, Ibáñez, en una actitud que define como "instintiva y mezclada con toda la bronca", apartó a su compañero y tomó su lugar. Resulta muy gráfico al describir la escena: "Disparé una cortina de fuego y el avión se la tragó". Enseguida ("Casi no podía creerlo"), vio que el Harrier se incendiaba y caía en el mar, sin que el piloto hubiera podido eyectarse debido a su vuelo rasante.
Los ingleses dieron otra versión: que Batt había hecho una maniobra fatal al intentar tomar pista en el Hermes. "No querían difundir el bochorno de anunciar que una máquina de 80 millones de dólares había sido destruida por la ametralladora de una lancha", señala Olmedo. "Cuando estuve en Inglaterra, visité el cenotafio de sus efectivos muertos en acción y vi la placa que afirmaba eso. Más tarde, en diálogo con un oficial inglés, le comenté : "Usted sabe que no fue así", "Por supuesto. No podíamos decir la verdad", fue la respuesta. Tras abatir al avión enemigo, el peligro de hundimiento del GC 83 aumentaba minuto a minuto. Las únicas dos balsas habían quedado inservibles, de modo que para salvar a la tripulación, Olmedo ordenó embicar la embarcación en la orilla. Ahí se tomó nota de las bajas: un muerto (Benítez) y tres heridos: Baccaro, González y Bengoechea.
A Baccaro le encontraron 72 esquirlas. No pudieron sacarle más que 11, así que aún tiene 61 repartidas entre el cuello, el cráneo, la espalda, la cadera, los brazos y los muslos. "Me molestan sólo si hay mucha humedad", dice. Y, sonriendo, añade: "También hacen mucho ruido cuando paso por un detector de metales, como en los aeropuertos".
Homenaje al camarada
En su informe del combate, el comandante del guardacosta se basó en el relato de Ibáñez, quien le había adjudicado a Benítez el exitoso ataque contra el avión enemigo. Sin embargo, alguien de la tripulación le sugirió a Olmedo: "Hable con Ibáñez, él sabe otra cosa".
Olmedo hizo caso e interrogó a Ibáñez. "Tuve que apurarlo un poco, hasta que con lágrimas en los ojos terminó por confesar su protagonismo, justificando la omisión por el deseo de rendirle un homenaje al camarada muerto. Debí rectificar lo anterior ante mis jefes. Pero igual Benítez fue un héroe. Esa es la imagen que tenemos de él. Es como lo recordamos siempre".
El 24 de mayo, Omar Benítez (cuya casa, en Basavilbaso, está ahora convertida prácticamente en un museo con sus recuerdos y pertenencias) fue sepultado en el cementerio de Darwin, y el Ejército le tributó homenajes póstumos. Ibáñez recibió la más alta condecoración: "LA NACION Argentina al heroico valor en combate".
En 1998, el Senado declaró "material ilustre" los detalles del episodio vivido por la tripulación del Río Iguazú, que libró la primera batalla con aviones ingleses en Malvinas. En rigor, la primera experiencia de este tipo en la historia argentina.
El prefecto Olmedo duda unos segundos ante la pregunta sobre si volvería a Malvinas como combatiente. "La guerra que unos deciden detrás de un escritorio es muy distinta a la que se vive realmente. Y quien la vivió no quiere volver a pasar por ese infierno. A menos, claro, que esté loco", reflexiona finalmente.




