
Un misterioso pacto de lobos
Por Horacio Sanguinetti Para LA NACION
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LA película francesa Pacto de lobos, dirigida por Christophe Gans, estrenada hace poco entre nosotros, actualiza el inquietante misterio de “la Bestia del Gévaudan”. Este caso fenomenal, una de las masacres más graves atribuidas a una fiera cebada, requiere especial referencia. Entre 1764 y 1767, un extraño animal desoló la boscosa y escarpada región del Gévaudan, en Auvernia, en el sur de Francia. Sus víctimas mortales, más las heridas y mutiladas, se cuentan por centenares. ¿Doscientas, cuatrocientas? La leyenda ha desbordado cualquier realidad, pero ciertamente fueron años luctuosos. Las gentes, aterradas, casi no salían de sus casas. Los sembrados quedaron a la buena de Dios. La Bestia, de extraña apariencia, no conocía horario nocturno ni diurno, y circulaba a piacere por cualquier lugar, incluso dentro de los pueblos. La oyeron reír y hablar bajo los balcones. Un palurdo asistió a su transformación, de hombre a fiera.
Luis XV envió a sus propios tenientes de montería, como el gran Martin Denneval y Antoine de Beauterne, y sucesivos regimientos de dragones, que contribuyeron prolijamente al desconcierto general, pues acosaban a las damas, manducaban las viandas, sorbían los vinos, jamás pagaban sus cuentas... Y la Bestia, tan campante. Se organizaron vanamente batidas de hasta 40.000 hombres y cientos de perros. Tras dos inútiles días agotadores, la ubicua Bestia reaparecía para depredar en otro lugar, como guiada por una inteligencia humana.
El terreno anfractuoso y umbrío dificultaba toda persecución. Algunas veces la corrieron a caballo, pero de pronto salvaba un obstáculo inverosímil con agilidad suprema. Tras uno de tales saltos, sus perseguidores la oyeron decir: “No estuvo mal, para mis ochenta años”. Las balas no la penetraban. Nunca tocaba los cebos envenenados. Sus conductas eran arbitrarias y desconcertantes: escogió a un campesino para jugar, lo atacaba sin herirlo, y el otro aceptó el reto: luchaban con frecuencia, a ver quién derribaba a quién, sin ningún daño ni mala intención.
Pero podía decapitar con limpieza, lo que ningún lobo es capaz de hacer. Glotoneaba con la carne de los niños; hubo alguno del cual casi no quedó qué enterrar cristianamente... apenas un pie.
El desconcertado debate alcanza a la zoología. Para muchos, la Bestia era un lobo, pero los auverneses los conocen bien, y aunque testigos sobrevivientes señalaban ciertas coincidencias anatómicas, también había grandes diferencias en conductas y apariencia. Se pensó en un glotón –que algunos quedaban aún en Suiza–, en una hiena, una leona, un gorila, escapados de algún circo trashumante. Pero el cadáver del monstruo, cuando al fin lo hubo, fue enviado a París morosamente y en pleno verano, de modo que Luis XV ordenó sepultar esa carroña casi sin mirarla y sin que Bouffon o algún otro zoólogo pudiese dictaminar.
En las batidas murió cantidad de lobos inocentes, como el enorme que cazó M. Antoine de Beauterne, el más grande de que haya cuenta: ¡pesaba ochenta kilos!
La Bestia caería finalmente: si bien las balas romas y mochas de la época no la penetraban, por caso llegaron a aturdirla y aun derribarla incidentalmente. Y una valerosa joven pudo herirla con una bayoneta. ¡Sangraba, pues, no era invulnerable!
Un viejo huraño y sombrío, Jean Chastel, con fama de brujo, había concebido un redentor afecto de abuelo por cierta Marie Denty, deliciosa niña de doce años (¿como Caperucita?). Cuando la Bestia la destrozó, Chastel, rencoroso, participó en una batida y, al correr el animal en línea recta hacia él, lo mató fácilmente de un disparo. Era el 19 de junio de 1767, día de alivio para los crispados nervios de los franceses.
Así concluyó sus andanzas ese engendro, uno de los más letales en la historia de los devoradores de hombres. Y se abrió paso a la leyenda, decenas de libros científicos o no tanto, novelas, obras de teatro, ahora la película...
Guerra psicológica y zoológica
Todavía en 1889, el abate Pourcher, en un libro que documenta con rigor cada ataque, sostiene que la Bestia era el Demonio mismo, o al menos su enviado para castigar a la región “por la supresión de la fiesta de San Severino y el abandono de la liturgia romana”. También se creyó que agentes ingleses, para desestabilizar a Francia, habían soltado al fenómeno. Una guerra psicológica y zoológica, ya que no bacteriológica.
El misterio, aún no develado totalmente, parece sin embargo iluminarse con esta tesis, expresada por Michel Louis, director del Zoológico de Amenville: Chastel y su hijo eran los dueños del animal, quizás un perro alano, cruza de lobo, raro por su traza, su ferocidad y su condición de antropófago. Un disoluto noble de provincia, quizás el conde Jean-François de Morangiès, que tuvo mal fin, habría constituido con los Chastel cierta oscura sociedad sádica. Protegían a la fiera con una coraza de grueso cuero de jabalí, que la defendía de los tiros; la apartaban de trampas y venenos, la encerraban mientras se batían valles y montañas. Reían y cuchicheaban bajo los balcones, dramatizaban alguna transformación. Cuando la Bestia, progresivamente incontrolable, atacó a Marie Denty, Jean Chastel comprendió que el juego terminaba. Se apostó oportunamente, su hijo retiró la coraza al monstruo y lo soltó, para que corriese directamente hacia su dueño. Y hacia la muerte.
Los Chastel se acercaron a la Iglesia y rectificaron sus protervas vidas sospechosas.
De tal modo concluyó la sórdida historia que perjudicó la ya desastrosa fama de los lobos. Dijo Plauto –y lo repitió Hobbes–, que el hombre es lobo del hombre. No se merecían comparación tan injusta estos maravillosos animales, inteligentes, bellos, fuertes, solidarios, familieros... y además dotados de talento infalible para reconocer como jefe, siempre, al más apto. ¿Aprenderemos de ellos?






