Un modo de entender el misterio del dolor

Agustín Casalia
Agustín Casalia PARA LA NACION
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5 de septiembre de 2020  • 00:00

LAUSANNE, Suiza

Llegados a una cierta edad nos percatamos del dolor de modo insistente. Me refiero al dolor que cada quien experimenta y también al que padecen quienes nos rodean y queremos. En este presente de pandemia, esas experiencias parecen multiplicarse y nos afectan con una intensidad particular. No solo las ligadas a los síntomas del Covid-19, sino también aquellas que ponen en evidencia un número incontable de enfermedades, trastornos, accidentes y comportamientos que estarían ligados de un modo u otro con el confinamiento y el virus.

La ciencia toma seriamente la cuestión del dolor como objeto de estudio e intenta explicarlo. A nivel fisiológico, las vias nociceptivas ascendentes, como todas las nerviosas sensitivas, llevan el estímulo de la periferia del cuerpo hacia la corteza cerebral a través de la médula espinal. Las vías descendentes, en cambio, llevan un mensaje de la corteza a la periferia, hacia el encuentro con el estímulo nociceptivo, y limitan su intensidad. Así, el sistema busca aplacar el dolor. Sin embargo, hay una gran distancia, una suerte de desconexión, entre la mirada científica, mensurable, del dolor y la experiencia del "paciente".

Un hilo conductor recorre la historia del pensamiento filosófico occidental respecto de la superación del dolor. Quizás el pensamiento mismo no sea más que una toma de posición respecto de la afección o el sufrimiento. Platón propone trascender la irrealidad efímera, somática y sufriente propia del mundo terrenal mediante la vida perfecta e indolora del mundo de las ideas, gracias a la dimensión inteligible de nuestra psyché o alma racional. Hegel encuentra en su dialéctica (la ley espiritual de todo lo que es) el camino para superar todo límite (para él, la fuente original del dolor); así, al vencer todas las oposiciones objetivas y subjetivas, se llega a la reconciliación plena. Schopenhauer propone abandonar el mundo y el deseo ligado a nuestras representaciones para dejar de sufrir; el precio, claro, sería el del abandono de una vida encarnada. En la otra vereda están aquellos pensadores que no buscan esquivar el dolor. Nietzsche propone asumirlo radicalmente; solo así se alcanza, según él, la plenitud de lo humano.

Una antigua leyenda árabe ilustra la experiencia concreta del dolor. Un día, un padre de familia inicia un viaje a pie hacia una ciudad vecina para cerrar un negocio importante. Mientras camina, un solo pensamiento ocupa su mente: el trato comercial del que depende el restablecimiento de su fortuna personal. Pero el camino es largo, escarpado, y él no está acostumbrado a caminar tanto. Tras varias horas de andar se siente cansado y empieza a arrastrar una pierna. Luego lo invade un dolor creciente. Advierte que tiene una herida en el pie. De seguir andando, piensa, aquello se volverá un suplicio. Pero persevera. Tiene que llegar. Intenta burlar el dolor concentrándose en el objetivo de su peregrinación. Busca olvidar su cuerpo agotado y la ruta que recorre. "Después de cruzar ese monte, me quedarán apenas unas pocas horas de caminata", se dice. "Si consigo aguantar, por la noche habré cerrado la venta y la situación financiera de mi familia estará a salvo". Mientras el dolor y el cansancio sigan siendo soportables, escapará hacia el futuro y solo estará en el presente como a través de un velo, porque el ansiado acuerdo comercial será el único objeto de su conciencia; todo lo demás pasará a ser un fondo vivido en sordina. Sin embargo, a medida que camina, el dolor crece y empieza a imponerse: la ruta lo lastima y la venta empieza a convertirse en un proyecto acaso inalcanzable. Finalmente, hasta el frotar de su zapato contra el pie desaparece como objeto al que la mente podía aferrarse: a partir de este momento, el caminante es enteramente su dolor.

El cuerpo, el pie, son el caminante. La corporalidad se realiza en la caminata, no solo cuando el dolor arrecia, sino también cuando, perdido en los proyectos, uno se dirige hacia una meta. Cuando el pie o alguna parte de nuestro cuerpo empieza a doler, nuestra atención se desvía de esas relaciones con el mundo en las que, hasta hace un instante, se perdía el acto de caminar. Y como no tengo un pie sino que soy ese pie, lo que duele es toda mi existencia. El hombre entero duele a través del pie que el hombre, también, es.

Por eso el dolor supone una experiencia radical de singularidad. El hecho de que no pueda compartirse lo liga, quizá como ninguna otra experiencia, a lo más propio de cada quien. Siempre el dolor es de uno, y de uno solo. Nos ancla, nos encarna, nos delimita y nos diferencia de los otros. En el dolor todo es intransferible e irreemplazable.

Frente a los intentos de cuantificar, de calcular, de explicar el dolor, Martin Heidegger dice que "el secreto del dolor permanece resguardado". Para el autor de Ser y tiempo, "la región esencial en donde dolor, muerte y amor despliegan su mutua pertenencia permanece velada". Devolvamos a su lugar la grandeza abismal del dolor. Esa tonalidad fundamental que habla -o más bien, que calla- a partir del desgarro de lo que es.

Filósofo DEA UNED Madrid; licenciado en Derecho y Ciencias Políticas (UCA)

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