Un mundo sin encuestas

Antonio De Turris
Antonio De Turris PARA LA NACION
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21 de julio de 2015  

Scioli ya ganó? ¿Macri será el jefe de la oposición? ¿Massa está condenado a quedarse en Tigre hasta 2019?

En poco tiempo, no más de seis o siete meses, la Argentina tuvo por lo menos tres presidentes: en algún momento, Massa; después, Macri. Y últimamente, Scioli.

Como una maquinaria muy aceitada que no se detiene jamás, ni siquiera cuando despide chirridos que denotan gruesas fallas, las encuestas siguen adelante devorándose todo a su paso. Su última víctima, Mauricio Macri, ahí anda, tratando de sacarse de encima la mampostería de un techo que, según se había dicho, en modo alguno podía desprenderse.

Tiempo atrás, durante una charla relajada, un analista y encuestador, hoy muy cercano al gobierno nacional, confió al autor de esta nota que cuando empiezan los procesos electorales es bueno saber cómo tienen su heladera los encuestadores, si llena o vacía...

Y ayer, consultado por radio sobre por qué las encuestas se habían equivocado tanto en la ciudad de Buenos Aires, Alberto Fernández disparó con la velocidad de un rayo dos palabras que luego trató de relativizar: "Porque mienten".

¿Qué hacer con los encuestadores? ¿Mandarlos al cadalso?

No parece lo más justo si antes no se hiciera lo propio con gobernantes que mienten o se equivocan todo el tiempo, con economistas que pronostican catástrofes que se producen muy tarde o directamente nunca, con periodistas que formulan análisis que en rigor son expresiones de deseos, con jueces que se bambolean entre el derecho, la política y sus propias ambiciones sin el menor pudor y etcétera, etcétera.

Es apasionante pensar cómo sería un mundo sin encuestas. Un proceso electoral, por ejemplo el que está atravesando la Argentina, en el cual se decidirá nada menos que hacia dónde irá el país en los próximos cuatro años por lo menos, en el cual nadie le diga al ciudadano que tal o cual tren es el de los triunfadores y que a ese tren debe treparse en el cuarto oscuro si ese domingo a la noche quiere sentir la sensación de que puede atravesar la pantalla Led y ser él también protagonista de los carnavales a veces patéticos pero supuestamente genuinos que desatan los que ganaron. Sería un mundo en el cual todos y cada uno, sin distinción de nada, votarían por convicciones o por el convencimiento de que con tal o cual en el poder su vida mejorará. ¿Terminarían ganando los ganadores y perdiendo los perdedores?

Imposible saberlo y quizá nunca lo sepamos. No parece que vaya a existir un mundo sin encuestas. Lo que puede hacerse es intentar achicar el riesgo por una vía que no es segura pero que vale la pena transitar: informarle al ciudadano, junto con el resultado de la medición, quién pagó el trabajo, quién lo encargó, para quién se midió.

El asunto no es menor sino todo lo contrario, como lo demuestra el hecho de que los encuestadores son renuentes a revelar ese dato. Quien esto escribe puede dar fe de ello: muchos encuestadores dejaron de asistir a un programa de cable en el cual trabaja al ser avisados de que no les será posible descargar sus cifras, sus análisis y su cierre con el consabido "gana fulano" sin antes decirle al televidente si están empleados por tal o cual político, partido o empresa.

Obviamente, no constituye pecado alguno que un encuestador mida pagado por Macri, Scioli, Massa, Stolbizer o quien quiera que fuere, pero debe decirse, aunque parezca una perogrullada, que quien paga por un trabajo lógicamente se convierte en el dueño de ese trabajo y hace con él lo que le venga en gana. Para eso lo pagó y no puede pretenderse que alguien pague por una encuesta y autorice su difusión si el resultado no le es favorable. Es por ello que son muchas las mediciones que terminan juntando polvo en un cajón.

"Por encima de lo que nos pagan está nuestro nombre, nuestro prestigio", se defienden los encuestadores cuando se les pide que transparenten sus cosas, y no les falta razón, aunque también es cierto que ellos están cobijados por el paraguas del todo pasa y todo vale que impera en la Argentina y que, en su caso, permite que quienes erraron fieramente en un comicio o en una boca de urna al poco tiempo estén de nuevo en los medios ofreciendo su producto, diciendo lo que quieren y escondiendo lo que les conviene. No parece que sea imposible que la ficha técnica de la muestra incluya quién la pagó o a quién le fue vendida luego de realizada. En medio de tanta neblina en la cual entran y salen presidentes y gobernadores sin que la gente vote, no vendría mal un poco de claridad.

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