
Un novelista para Irak
Por Rodolfo Rabanal Para LA NACION
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ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, ese noble de aspecto burgués que, vestido de mecánico, encaró la aventura de la aviación a la par que la aventura literaria, solía decir que la guerra era una enfermedad, exactamente una especie de tifus, plaga mortal de las mejores ilusiones y de los mejores propósitos. He pensado en Saint-Exupéry en estos días relacionándolo, acaso caprichosamente, con la guerra de Irak y sus estragos, y he recordado que él mismo murió, presumiblemente, abatido en su avión sobre el desierto de Africa en la Segunda Guerra Mundial.
Entre los muchos y encontrados sentimientos que la guerra suscita en nosotros, se ha abierto paso en mi memoria la voz múltiple de aquellos escritores -novelistas y poetas- que vivieron la experiencia bélica en distintas épocas y nos hicieron conocer de qué se trata esa historia y de qué modo el hombre, solo o en compañía, la padece y la enfrenta, ya sea hasta la derrota o hasta el triunfo, nunca este último tan perfectamente glorioso como se lo supone, sino más bien apático, costoso, también perdedor en más de un sentido.
Hace poco vi el film de Philip Noyce El americano , basado en la gran novela El americano impasible , de Graham Greene, un excelente compendio sobre los crímenes de la "inocencia" y el flagelo de las buenas intenciones cuando sirven para desatar desgracias e incrementar la guerra. En esa película, tanto como en el libro, Graham Greene, por un lado, y el director Philip Noyce, por el otro, opinan sobre la guerra, pero narrándola, es decir, poniendo la lupa sobre el destino del hombre.
Si pudiéramos reducir los conceptos más complejos a sus más sencillas categorías, yo diría que la guerra se desarrolla en dos dimensiones. Una de ellas es la dimensión política, horneada en las estrategias de la ambición y la codicia, llevada adelante por la dinámica de la historia y concebida como un plan aritmético en salones y despachos de edificios gubernamentales. La otra dimensión es la humana, donde aparece el perfil individual y colectivo confrontado a una situación extrema cuyos designios y causas atisba o cree al menos conocer, pero que en verdad ignora.
Con alcances múltiples y diversos, la literatura de todos los tiempos dio cuenta de ambas dimensiones, pero es en la novela, género siempre en crisis, donde la guerra exhibe con mayor vigor su segunda dimensión. En las grandes novelas con escenarios de guerra, importan menos las decisiones políticas o estratégicas que las pasiones humanas: el teatro del dolor, del heroísmo involuntario, de la exaltación histérica, del miedo y del arrojo, del hambre y la humillación surge en carne viva aunque sea una fábula. Pero ocurre que con esa fábula, precisamente, podemos identificarnos.
He venido siguiendo, como casi todo el mundo, las alternativas de la guerra en Irak en la televisión internacional y en la prensa escrita. Soy, por lo tanto, un espectador "virtual" nutrido por un número importante de cronistas que narran y muestran, día tras día, la irrealidad de esta guerra plagada de bombardeos nocturnos, de sedientos iraquíes cercados por el hambre y de soldados que disparan a un contrincante invisible.
Los muertos de ambos lados son tan sólo una cifra y las explosiones auténticas lucen como pirotecnia digital. La guerra vía satélite nos conmueve, nos disgusta o nos abruma y difunde en nosotros la atmósfera amarga que nuestra conciencia e imaginación nos permiten padecer, pero no hay nadie todavía que nos haya contado su propia experiencia de lo que allí está sucediendo minuto a minuto. No hay nadie que nos ofrezca la posibilidad de identificarnos hasta un plano de participación involuntaria.
Tal vez por eso, mientras escribo estas líneas y la guerra alcanza uno de sus momentos extremos, la idea de que haya en esos frentes de combate, tanto del lado de la coalición anglonorteamericana como del lado de los resistentes iraquíes, un futuro Stendhal, un futuro Norman Mailer o un Hemingway en ciernes no me resulta para nada improbable.
La guerra siempre fue pródiga en derrames de sangre y de tinta, porque cuando el horror cesa y sus efectos se aplacan quedan las palabras. El espíritu humano no sabe no contar lo sucedido; más aún, siente que debe hacerlo tarde o temprano, ya sea para comprender mejor lo que ha pasado o para superar un estado de excitación hostil o de pesadilla terminal que de otro modo permanecería como una carga quizás insoportable.
Pero mientras la guerra transcurre, en el estricto presente de la tensión más grande, sólo escriben los periodistas destinados a la zona que Carl von Clausewitz llamó "el teatro de las operaciones". Allí donde la guerra ocurre. Los despachos de la prensa internacional y las narraciones televisadas desde el lugar "de los hechos" no son literatura ni columnas de opinión, pero mañana pueden llegar a serlo. Entre esas mujeres y hombres que transmiten lo que están viendo quizá se oculte, o incube, algún émulo de André Malraux, de Ilya Ehrenburg o de Lillian Hellman, pero seguramente necesitará que el tiempo pase y la experiencia decante. Sólo entonces tendremos la vivencia de primer nivel, el testimonio crudo (aunque la ficción lo adorne o lo "mienta") de una verdad que intuimos pero que hoy nos elude.
La dimensión humana
La primera vez que leí La cartuja de Parma , de Stendhal, percibí de cerca el absurdo caótico de un campo de batalla, porque el desasosiego imprudente del joven Fabricio del Dongo desnuda la verdad de Waterloo, un abierto desorden con gente que muere sin que nadie alcance a asistirla, con otros que huyen en medio del polvo, con el aire viciado de adrenalina pestífera, injurias, ayes de dolor y explosiones mortales. Nada se ve allí como en los cuadros heroicos.
Toda su vida, Hemingway envidió esos capítulos de La cartuja de Parma y profesó un respeto de veneración por las cuatro páginas del diario personal de Stendhal, donde el autor francés, joven oficial de veinte años, es testigo del incendio de Moscú mientras el gran ejército napoleónico inicia su penosa retirada a través del invierno ruso. Tal vez fue Stendhal, sin buscarlo, el primer corresponsal de guerra de los tiempos modernos. Sin embargo, debieron transcurrir treinta años para que produjera los capítulos de Waterloo y nos diera su opinión acabada del drama y las miserias de la guerra.
Mientras concluyo esta nota, Bagdad está a punto de ser tomada. Otra vez, y acaso caprichosamente, revivo las escenas de El americano y veo a sus dos personajes centrales, Fowles, el maduro y escéptico periodista inglés enamorado de Indochina, y Pyle, el joven norteamericano enviado por su gobierno a "desestabilizar" la situación política en Vietnam, y me pregunto qué pasaría si hoy, cincuenta años después, Fowles se encontrara con Pyle. Posiblemente tendría menos fe de la que tuvo entonces en las buenas intenciones del joven americano. Es la segunda dimensión la que siempre nos enseña algo.






