Un pacto de crecimiento

Eduardo Amadeo
Eduardo Amadeo PARA LA NACION
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18 de mayo de 2020  • 20:29

La incertidumbre está induciendo crecientes llamados a un acuerdo, tanto desde el mundo político como desde organizaciones sociales, lo que es muy positivo porque indica una sensación predominante de los límites a los que ha llegado nuestro país. Pero, con el mismo énfasis, es necesario decir que el hecho de acordar no tiene necesariamente un valor en sí mismo si no está fundado en un diagnóstico correcto y en coincidencias mucho más profundas que las meramente instrumentales.

El problema central es que la Argentina llegará exangüe al momento del diálogo inevitable . Sin crédito, sin Estado, inundada de quiebras, con enorme pobreza, su único activo será precisamente la certidumbre de dar vuelta el futuro. Con ninguna capacidad para ensayo y error, un fracaso de ese acuerdo, además, hará desaparecer el valor del acuerdo mismo. Y, ¿si no hay acuerdo, que quedará como método para procesar las diferencias?

Como lo muestra reiteradamente la historia, el peor escenario posible es que pierda legitimidad al método de resolución de los conflictos, y que no se cuestionen las cuestiones técnicas o aun ideológicas sino el mismo modo de trabajar en democracia. Y eso es muy peligroso para la democracia.

La inevitable inflación llevará a acordar en que es necesario un shock estabilizador, como varios que la Argentina tuvo en el pasado. Pero es tal el nivel de desconfianza, agotamiento y falta de recursos de nuestra sociedad que, si no se asumen otras definiciones muy profundas, ese programa fracasará.

Por eso es que hay que hacer un ejercicio previo, entre bastidores, para buscar acuerdos sobre temas esenciales. ¡Así lo hizo Israel en 1984 y logró las bases para se la potencia que es hoy!

Entre esos acuerdos, el principal debería ser, sin adjetivos ni condicionamientos, que la falta de inversión y la inflación recurrentes son causas fundamentales de nuestra decadencia y pobreza. O, más aún, que construir el futuro es más importante que maquillar el presente.

Si, por el contrario, alguien se sienta a la mesa con la remanida solución de potenciar el consumo en lugar de la inversión (y todo lo que ello significa en términos operativos); entonces la salida será un desastre. Simplemente porque se habrán destruido las expectativas. Priorizar la inversión significa respetar las instituciones; hacer previsible el valor de la moneda- y para ello acordar un programa fiscal inamovible y de muy largo plazo-; aceptar y promover la iniciativa privada.

Si se aceptase que debe haber una opción estratégica por la inversión, entonces el Presidente debería llegar a esa mesa con un discurso diferente al de los últimos meses, en el que no ha mencionado nunca esa palabra, mientras insiste cotidianamente con la importancia del consumo, opción claramente inviable, porque salvo por muy poco tiempo, no hay consumo sin inversión, porque el dinero que uno invierte es el que sus trabajadores, proveedores y ahorristas consumen.

Si llegásemos a coincidir en estabilidad, previsibilidad e inversión, entonces será esencial acordar también sobre el tamaño y las funciones del Estado . Pero en serio, sin maquillajes, aceptando que la sociedad es más importante que el Estado; que debe servirla y no servirse y por lo tanto que hay que poner límites tangibles, cuantificados a su crecimiento y obligaciones a su servicio. Un acuerdo sólido sobre este punto derramaría inmediatamente al resto del sistema político, con implicancias sobre la estructura impositiva. El otro camino no es viable. No hay reforma impositiva posible sin repensar el Estado. La sola introducción consensuada de la palabra "eficiencia" sería un cambio histórico.

Obviamente que quedan cuestiones centrales a discutir. Pero se derivan de las anteriores. La creación de trabajo requiere repensar la legislación laboral, lo que es más fácil de encarar cuando la inversión ocupa el centro de la escena. El complejo tema previsional tiene sentido cuando la sociedad percibe que sus ingresos crecerán en el tiempo. De otro modo es un eterno juego de frazada corta.

¿Y, quienes estarán de ambos lados de esa mesa de acuerdos? Sin duda la oposición, cuya representatividad ha de aumentar ante la crisis, pero sobre todo millones de personas cuya credibilidad en las opciones que se presenten serán vitales el día después. Ese día después decidirán si creen en el peso; si están dispuestos a invertir sus ahorros en salvar sus empresas; en tomar créditos; en posponer sus demandas solo por confianza y, en general, en equilibrar el futuro con el presente.

El peor error que podría cometer el sistema político es creer que con un acuerdo que sea la suma algebraica de sus posiciones ideológicas se ha de construir una salida viable. Las restricciones objetivas son tan fuertes como para llevarse por delante cualquier muestra de "generosidad y patriotismo".

No nos engañemos. No hay lugar para el libre pensamiento. Hay más incógnitas que ecuaciones. Más carencias que posibilidades. Hoy día, soñar es salir de la crisis y volver a crecer. Si se puede realizar el sueño de un país sin inflación y en crecimiento, muchas otras cosas se darán luego. Pero no al revés. No se trata de impedir los sueños, se trata de saber cuáles son viables, con el objetivo del bien común.

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