
Un papa bajo el signo del olivo
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HIGHLAND PARK, N.J.
Hasta no hace mucho, las profecías de un santo irlandés del siglo XII, Malaquías de Armagh, indicaban con un ligero margen de error quién iba a ser el próximo papa. Se confiaba en esas profecías con tanta plenitud, que Pío XII no quiso desautorizar una película documental sobre su pontificado, Pastor Angelicus, en la que se lo identificaba con el mismo apodo celestial que le había dado Malaquías. El pontífice siguiente debía llamarse Pastor y Nauta. El peso de esa definición fue tan poderoso, que el cardenal Francis Spellman, de Nueva York, alquiló una barca en vísperas del cónclave de 1958, la llenó de corderos y la condujo por el río Tíber aguas abajo, con lo que perdió los pocos votos que había conquistado. El elegido, como se sabe, fue Angelo Roncalli, patriarca de Venecia, la ciudad de navegantes que está construida sobre las marismas del Tirreno, al norte de Italia.
Los vaticinios de San Malaquías han caído en desgracia en estos tiempos escépticos. Aunque la tradición asegura que el santo se los entregó en mano al papa Inocencio II durante su peregrinación de 1139 y que desde entonces no salieron de los archivos vaticanos, parece demostrado que son una falsificación del abate Cucherat, difundida a fines del siglo XVI.
Para la Iglesia, es mejor que así sea, porque el próximo pontífice sería el penúltimo según san Malaquías y el antecesor de Pedro el Romano, durante cuyo reinado Roma sería destruida y se celebraría el Juicio Final.
En la célebre lista, Pablo VI fue Flos Florum, "flor de flores", en alusión a los tres lirios de su escudo de cardenal; Juan Pablo I, De Medietate Lunae, o "de la media luna", porque gobernó la Iglesia de uno a otro cuarto menguante; y Juan Pablo II, De Labore Solis, lo que significa "sobre el trabajo del sol" o "sobre el eclipse de sol", quizá porque nació justo una mañana de eclipse.
El próximo será Gloria Olivae, "gloria del olivo", un nombre con demasiados sentidos como para vislumbrar alguno. Podría indicar que el nuevo papa vendrá de un país con olivares, como Italia, Argentina, España, o que tendrá la piel olivácea, o ninguna de esas cosas. Por ahora, no se tiene el menor indicio y hay, en cambio, sobradas posibilidades de que los cardenales entren en el cónclave pasado mañana sin un favorito claro, como sucedió en las dos ocasiones anteriores.
En agosto de 1978, Albino Luciani perdió en la primera votación por veintitrés votos contra veinticinco del cardenal conservador Giuseppe Siri, para avanzar luego rápidamente, mientras que en el cónclave de octubre, del que hay noticias menos precisas, se supone que Karol Wojtyla recibió unos seis votos, la primera vez, contra casi treinta de Siri, pero ya tenía más de setenta en el séptimo escrutinio y quizá noventa y nueve en el octavo, cuando se decidió su elección.
A diferencia de lo que sucedía hace veintiséis años, el cónclave se enfrenta a demasiadas preguntas sin respuestas claras: ¿se quiere un papa de transición, que gobierne durante pocos años o, por lo contrario, una personalidad joven y enérgica?
Esta segunda opción fue la que prevaleció al morir Pío IX, después de un pontificado de tres décadas, cuando se consagró a León XIII, que gobernó durante otro cuarto de siglo. ¿Se prefiere regresar a la tradición del papa italiano o confiar la Iglesia a un pastor de los países periféricos, donde vive dos tercios de la población católica? ¿Se optará por un gran comunicador capaz de inflamar a los creyentes, como el pontífice polaco?
Arar en terreno áspero
Las preguntas básicas corresponden, sin embargo, a un orden más trascendente. ¿Qué Iglesia se quiere para los tiempos que vienen? Están en juego varios temas que Juan Pablo II resolvió con extremo autoritarismo y que quizás encuentren otra salida si el sucesor es más flexible: entre ellos, una mayor participación de los obispos en las decisiones, una atención mayor a la convivencia con otros credos, la actitud ante la pobreza, ante los desafíos bioéticos, ante los cambios vertiginosos de las costumbres sexuales, el papel de la mujer y de los laicos y el drama de las vocaciones sacerdotales, que en Europa se han reducido a la mitad desde 1978 y que crecen a paso demasiado lento en el resto del mundo.
La proporción actual es de un sacerdote cada tres mil fieles, con la agravante de que una enorme mayoría de los nuevos seminaristas, sobre todo en Africa y en Asia, se convierte en pastor más por hambre o para recibir alguna educación que por amor a Cristo. ¿Cómo saldrá la Iglesia de esa encrucijada?
Aunque lo que suceda en el cónclave es impredecible, la lista de candidatos mayores no excede de cinco. Si se elige a un italiano, el más obvio es el arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, influyente asesor de la organización Opus Dei, quien habría colaborado con el pontífice difunto en la elaboración de la encíclica Evangelium Vitae. Entre los otros europeos, el favorito es Christoph Schönborn, dominico que estudió teología con el cardenal Ratzinger y que proviene de una familia en la que hay diecinueve obispos y arzobispos.
Los dos latinoamericanos señalados con más insistencia son Jorge Mario Bergoglio, que tiene la desventaja de ser jesuita -sería el primer papa de la orden de Ignacio de Loyola- y la ventaja de ser valorado en Roma por su sinceridad y humildad, aunque en los últimos días su candidatura ha perdido fuerza; el otro es Cláudio Hummes, arzobispo de San Pablo, franciscano de enorme carisma que dio demasiadas declaraciones antes de viajar a Roma y a quien respaldó con insistencia el presidente Lula, lo que podría pesar en su contra. Finalmente, está el cardenal nigeriano Francis Arinze, que se convirtió al catolicismo a los nueve años y que ha pasado los últimos veinte años en la curia romana, cautivando a sus pares. Pero sus críticos dicen que no es visionario ni original.
Todos ellos tienen un perfil entre moderado y conservador. En los diferentes consistorios, Juan Pablo II aceptó incorporar a muy pocos cardenales reformistas, y es casi seguro que el próximo papa distará de tener los ímpetus revolucionarios de Juan XXIII o la tendencia a cambios prudentes de Pablo VI. No hay que descartar de la lista a cardenales como Oscar Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, salesiano que defiende con ardor la justicia social, ni al hindú Ivan Dias, arzobispo de Bombay, conservador extremo sostenido por los Legionarios de Cristo.
Quizá, sin embargo, el próximo papa sea alguien de quien nadie habla, como sucedió con Wojtyla, o alguien que asegure un reinado corto, de mera transición, como sucedería si el elegido fuera el alemán Joseph Ratzinger, de 78 años. Otra candidatura silenciosa -pero no la menos sólida- es la de Angelo Scola, patriarca de Venecia, que causó sensación en octubre de 2003 cuando admitió que hay una fractura entre la Iglesia y el mundo. "Es difícil establecer -dijo- si es el mundo el que ha abandonado la Iglesia o si es la Iglesia la que no sabe cómo relacionarse con el mundo."
El próximo papa, el Gloria Olivae a que alude el vaticinio de Malaquías, tendrá que arar y sembrar en terrenos ásperos, contra vientos adversos y un mundo más desigual e injusto, con menos fe. Juan Pablo II fue el pontífice justo para el tiempo que le tocó, pero esos tiempos ya son otros. Su muerte es reciente y todavía se piensa en él como en una sombra insuperable. Pero los cardenales saben que su misión es encontrar a un papa que acepte esa herencia como un desafío, mire hacia adelante y, si es posible, mire aún mejor.






