Un paquete de miel y almendras
Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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La cita es en la panchería Susy, de José León Suárez. Lalo Paret baja de su automóvil. Es alto, rubio y de una distinción natural. Además, es el fundador de la red de cartoneros Reciclando Valores.
Otra vez en marcha. Minutos después, estacionamos frente a la puerta del Centro Comunitario 8 de Mayo. En esa fecha, hace ya nueve años, un grupo de personas decidió tomar un lugar que se había destinado a la descarga de basura clandestina para construir sus casas. Algunas de esas viviendas están rodeadas de flores, que resisten, por lo visto, a todo. Otras se empantanan junto a una laguna contaminada. Acaban de baldear la agradable oficina y circula el mate. Lorena y Ramón hablan a dúo: "Esto fue una toma espontánea, para sobrevivir. Hay que venir aquí para entender lo que es vivir en un basurero. Pusimos capas de tierra sobre el relleno, pero la tierra, cuando viene el calor, se incendia por los gases. Pisás y sale fuego. De las ratas, mejor no hablar".
¿Qué es una descarga clandestina? "Un basural a cielo abierto. Las empresas tenían la descarga legal de la Ceamse (Coordinación Ecológica Area Metropolitana Sociedad del Estado) justo enfrente, pero tiraban acá porque era menos costoso. Al construirse el Camino del Buen Ayre nos dejaron la laguna." En esos terrenos inundables de baja cota, sin luz en invierno y sin agua en verano, los nuevos vecinos comenzaron por vivir en carpas, por compartir la comida de una olla grande y un único pozo por manzana para los baños.
"Las cosas no cambiaron demasiado. Cuando vienen de Desarrollo Social, en vez de consultar a nuestro centro comunitario van a ver a los punteros politizados y acomodados que ellos conocen. Después reparten colchones, chapas, heladeras. Si se molestaran en preguntarnos, les diríamos: «Póngannos el agua, la infraestructura. ¿No se dan cuenta de que acá sus electrodomésticos no sirven para nada, porque no tenemos la energía suficiente para que funcionen?» Nosotros no coincidimos mucho con el discurso de las asociaciones de izquierda: parece que tuvieran un CD en la cabeza. No tenemos ninguna militancia: lo que tenemos es necesidad..."
Muchos de los pobladores de 8 de Mayo son santafecinos, chaqueños, formoseños o paraguayos corridos por las sequías o por las inundaciones. "Pero allá, de donde vienen, la pobreza es más digna, mientras que acá, cinco años después de llegar, los chicos ya están descompuestos por la droga".
Hubo entre ellos un adolescente recién llegado de Formosa, "todavía inocente y respetuoso de los mayores". Se llamaba Diego Duarte. Diego salió una noche con su hermano Fede a cirujear en la descarga de la Ceamse. Sabían que entrar ahí estaba prohibido, pero necesitaban las zapatillas para el colegio. "¿Te imaginás lo que se siente cuando la gente tira lo que vos no tenés y no te dejan agarrarlo? Lo que se encuentra en la basura no se puede creer: televisores, bicicletas, latas de comida que los supermercados, por una abolladurita de nada, ya no pueden vender. Por eso los policías nos reprimen o nos exigen favores a cambio de sacar algo del relleno: porque ellos mismos buscan y aprovechan."
Esa noche, cuando los uniformados que custodiaban el camión de la descarga los alumbraron con las linternas, los chicos se paralizaron de miedo. Diego se escondió detrás de una lomita hecha de restos. Desde su propio escondite, Fede oyó a un miembro de la guardia gritarle al conductor de la topadora: "Tapalo a ese negro hijo de..." Fede no se movió durante toda la noche. Sólo un día después recuperó el habla. Entonces pudo guiar a la policía hasta el sitio donde su hermano había sido sepultado bajo los desperdicios. Los perros ladraron en el lugar exacto que él les indicaba. Se notaba que el sitio había sido removido. El cuerpo de Diego nunca apareció. El maquinista que lo enterró bajo la montaña de residuos fue trasladado a otra descarga. Esto fue hace tres años y el juicio no ha avanzado. "Hicimos algunas marchas, pero Diego Duarte no es lo mismo que Axel Blumberg."
Historias de redadas, chicos muertos a tiros o empujados a arrojarse a los piletones llenos de un jugo nauseabundo, producto del lixiviado: "¡Tirate al agua, negro!" ¿Droga? "En la Argentina no hay narcotraficantes... La falopa y las armas están manejadas en un nivel intocable. Todo es droga. Lo de San Vicente también: droga. Y la basura igual, porque da mucha plata. La droga, la basura, la prostitución y el juego son parte de las cajas de la política."
Durante el paseíto por la laguna (distrayéndose un poco, hasta parece un bonito paisaje, con la colina de la Ceamse recortada contra el horizonte), Lorena murmura: "Tenemos que levantar la mirada. Una noche, cuando nuestro comedor comunitario todavía era un rancho, vino un señor a comer. Estaba tan avergonzado que no podía alzar los ojos del plato. Más tarde le dijimos: no es que nosotros te demos algo, estamos todos en la misma situación, esto no es culpa tuya, vos tenés un valor".
Para enseñar a alzar los ojos, la cooperativa 8 de Mayo multiplica los talleres. De pintura, de escritura, de teatro. Para niños, para madres. "La mayor parte de las mamás tienen a sus chicos internados o presos. Venimos de lo más bajo, no somos herederos de nada, somos creadores de algo que nosotros no veremos, pero nuestros hijos sí".
Lalo Paret es el protagonista de una película, La toma , de la canadiense Naomi Klein, sobre las fábricas recuperadas. Ha viajado a los Estados Unidos invitado por una ONG, al Brasil para ver el trabajo de los cartoneros brasileños. Se expresa como un intelectual: "Nadie me cree cuando digo que sólo tengo tercer año", se ríe, y me pregunta: "¿Así que vos escribiste un libro sobre Evita? ¿Y qué pensás?" "Si Evita viviera sería cartonera -le contesto-. Por el sentido práctico. A ella las soluciones concretas eran las que le gustaban..."
Ahora Lalo me conduce al barrio de su infancia. Un hilo de agua repleto de un amasijo irreconocible separa el viejo asentamiento de las nuevas tolderías, armadas con palos y trapos. "Es que acaban de llegar. Todos empezamos así, todos nacimos a partir de la quema, y los más antiguos llevamos tres generaciones viviendo de ella." Cecilia, presidenta de la Cooperativa Tren Blanco, de la que forman parte algunos miembros de la familia de Lalo, nos espera. Antes la cooperativa contaba con 16 afiliados. "Los que abandonaron dicen que cirujeando por su cuenta ganan mejor. Pero el camino está en unirse y en trabajar el plástico. Este es nuestro futuro." Lo comprendieron durante la crisis de 2001, "cuando ya no había país". ¿Y ahora, para ellos, sí lo hay? Sonríen, se encogen de hombros, vuelven a su tema. A partir de 2001, cuentan, aprendieron a identificar los diferentes tipos de plástico: el pet (politerreftalato de etileno) de las botellas, el plástico soplado, el ABS, el de alto impacto de los yogures, que es el que vale más.
El terreno delantero está repleto de pet y de ABS. Por las calles avanzan mujeres y adolescentes que empujan los carritos. Acá no son los sospechosos de aspecto ceniciento que nos destrozan las bolsas de consorcio. Acá son trabajadores que construyen la única propuesta válida de la Argentina para el cuidado del medio ambiente. Una nenita juega entre las bolsas. Lalo la alza: "Esta es mi ahijada". Chicos mimados. La madre de Lalo, que ha sido invitada a un congreso internacional de mujeres en Bratislava, tiene el papel protagónico en otra película, esta vez argentina: Tren blanco , de Cecilia Sainz, donde explica el trabajo que ha realizado desde siempre junto a sus hijos. "Yo soy el producto del matriarcado", dice Lalo, que empezó a cirujear a los ocho años y admira profundamente a su madre. Como es un gran lector, le recomiendo la célebre novela de Gorki y añado que, en su infancia, el escritor ruso también fue cartonero.
La Universidad de San Martín está financiando parte de este proyecto y dando cursos de capacitación. "Esto lo valoramos muchísimo: es casi como volvernos universitarios." La idea es que ellos mismos exporten pet a China, donde de las botellas molidas extraen una fibra para hacer lana polar. En el galpón de la cooperativa, Daniel me muestra la máquina prensadora, que aprieta los plásticos hasta volverlos fardos cuadrados, y la moledora que los convierte en polvo. No es suficiente: "Para vender el plástico con más valor agregado necesitamos la lavadora, la secadora, la agrumadora y la estrudadora. Es un sueño. Pero ya lo vamos a conseguir". ¿Cómo aprendió todo eso? "Mirando, y con profesores del Inti." Los otros trabajadores escuchan a Lalo con ojos iluminados y caras de verdad. Lo de los ojos se entiende, aunque ellos no lo digan: "Nos dejaron tirados como si fuéramos basura, y gracias a la basura vivimos". ¿Y la veracidad de sus caras? Eso se consigue superando el dolor.
El auto de Lalo enfila hacia Campana. "Vas a ver algo triste", me previene. Un camino de campo, verde, vacas, una humareda. De pronto, el desierto final: una descarga clandestina. Sobre una inmensa tierra muerta y apenas maloliente, hombres y mujeres apilan cosas de plástico. Cosas despojadas de sentido, obreros de un nuevo tipo que las reintegran a una cadena de producción, es decir, de vida.
Sergio nos recibe junto a su equipo. Mientras trabajaba en la quema se recibió de profesor de historia. Ahora es docente en dos escuelas primarias de la zona, pero sigue siendo quemero. "Los cartoneros dicen que lo más bajo somos nosotros, y nosotros, que son ellos, porque acá los camiones nos traen el plástico y no queda más que seleccionarlo. Eso sí, doce horas diarias y al rayo del sol." Cada quemero ha levantado su propio cobertizo para apilar lo suyo. Cuando han juntado lo suficiente, lo pesan con una balanza sostenida entre varios. "El día que se den cuenta de que ya no tienen dónde enterrar la basura, van a venir a hablar con nosotros -dice Sergio-. Se puede minimizar un 90 por ciento de residuos, comercializar el 30 por ciento de lo inorgánico y con lo orgánico hacer compost y exportarlo para abono. La inversión no es menor, pero a la larga sale más barato que una descarga como la Ceamse de Campana, obligada a cerrar porque infecta el agua".
Dicho así suena fácil. O lo sería, si la Argentina no acabara de ganarse un vergonzoso número 93 en la lista mundial de países transparentes frente a la corrupción. "Lo que pasa es que la clase política resguarda su negocio. Ella no va a propiciar emprendimientos que integren a los cartoneros. Por eso repiten que no vamos a poder, que somos brutos y subversivos. En realidad, somos excluidos que golpean a la puerta del trabajo para entrar. Nunca pedimos nada en estos seis años. Lo que ahora solicitamos es un acompañamiento del Estado para desarrollar lo que sabemos hacer." Mientras eso demora, las cooperativas de cartoneros consiguen sus papeles para convertirse en empresas sociales y acceder a una obra social. "Antes los hospitales olían a Espadol. Ahora, a la guardia del Eva Perón mejor ni entres..."
Ultima etapa del periplo: la cooperativa Villa Angélica. Santiago es un ex mecánico que en el famoso 2001 tuvo que reciclarse. Lo hizo reciclando plásticos en un nivel superior. El es el único que se ha inventado los aparatos por su cuenta (ahora va a dar clases a las demás cooperativas). ¿Cómo lo consiguió? "De chusma, mirando y preguntando en las empresas donde vendíamos." El resultado es un conjunto de máquinas de aspecto muy humano, hechas con un barril, un embudo, un tubo, que trituran, lavan, secan y funden los plásticos. Los envases de los yogures se vuelven computadoras, televisores o estuches de CD. "A mí me costó darme cuenta de que para comprobar que los plásticos no tengan componente ignífugo, que es cancerígeno, hay que utilizar percloro. Pero mis hijos ya lo pescan enseguida. ¿Vos estuviste en la quema?", agrega, observándome con aire socarrón, mientras me ceba un mate. "Sí, ¿por qué?" "Porque no das el perfil."
Lalo ha estado de acuerdo en que lo más importante es educar a la gente para que separe la basura en dos bolsas distintas. Todo porteño sabe que en el Primer Mundo los tachos son tres (para vidrios, para papeles y plásticos, para cáscaras o huesos). ¿Cómo civilizar a esa parte de la población que mira al cartonero con rabia porque le ensucia la vereda? Después de pensarlo mucho, se me ha ocurrido un cuento para contarles a chicos y grandes, a ver si se refinan. Es de Las mil y una noches , y dice así:
Había una vez un hombre que tenía hambre. Va a la orilla del río y ve venir flotando un paquetito. Lo desata y se encuentra con una pasta deliciosa de miel y almendras. Al día siguiente, la corriente le trae un paquetito igual. Entonces remonta el curso del río, buscando el sitio de donde provienen los manjares y se encuentra con una princesa que cada día arroja al agua los restos de la crema con que embellece su piel. En el cuento, el hombre con hambre y la princesa de cutis envidiable se casan. No pidamos tanto: en la vida real, lo aconsejable sería que, al envolver las sobras, uno pusiera la mente en la persona que en la orilla de enfrente espera el paquete.





