Un poder que no intimida a los enemigos

William Pfaff
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22 de octubre de 2000  

PARIS.- En una conversación circunstancial durante una fiesta de casamiento celebrada hace unos días, un empresario argentino, a quien no conocía, comentó que "es asombroso que nada se pueda hacer en mi país sin el consentimiento de los Estados Unidos". Eso, añadió, "ha empeorado mucho desde el colapso de la Unión Soviética" y lo propio ocurre en toda América latina.

Otro de los invitados objetó: "Bueno, pero miren el caso de Hugo Chávez en Venezuela". El argentino, que -como dejó entrever el curso de la conversación- no comulgaba en absoluto con el populismo de izquierda del presidente venezolano, se encogió de hombros y replicó: "Chávez no es nada hoy. Si llega a convertirse en un problema, los Estados Unidos lo destruirán".

En mi condición de norteamericano, ese comentario me pareció más bien escalofriante, a pesar de que no hay mucho que lo contradiga en la historia reciente de las intervenciones de Washington en América latina.

Está Fidel Castro, pero Dios sabe que los Estados Unidos han tratado por todos los medios de destruirlo, incluyendo un trato con la mafia para deshacerse del líder cubano.

Hace poco escuché otro comentario parecido en boca de un funcionario que trabaja para una de las organizaciones militares europeas. Mi interlocutor expresó que los Estados Unidos eran una potencia militar tan monumental que aun cuando los europeos fuesen mejores que los norteamericanos sobre el terreno -hablaba de las operaciones en Bosnia y en Kosovo- no había diferencia alguna, y que los Estados Unidos conseguían lo que se proponían, pasando por encima de todos los demás como una topadora.

Sin embargo, esa imagen omnipotente de los Estados Unidos no parece realmente encuadrar en lo que está sucediendo en el Medio Oriente en este momento. Desde los años 60, Washington ha estado sumamente comprometido con Israel, tratando de perfilar sus relaciones con los árabes, cuya amistad, y petróleo, Washington también necesitaba.

Desde que el presidente egipcio Anwar el-Sadat viajó a Israel en 1977 para lograr la paz, los Estados Unidos suministraron a Egipto una asistencia sólo superada por la asistencia que Washington ha suministrado a Israel.

Desde los acuerdos de Oslo, en 1993, los Estados Unidos también se convirtieron en patrocinadores de los palestinos, y comenzaron a participar de sus negociaciones con Israel. Sin embargo, en última instancia, el resultado de todo eso es hoy una parálisis violenta y caótica en la región.

La secretaria de Estado norteamericana, Madelaine Albright, y el presidente Bill Clinton tratan de persuadir a los líderes palestino e israelí para que vuelvan a negociar, a pesar de que saben ahora que lo máximo que cada una de las partes puede dar -lo máximo que sea políticamente posible que dé- es menos de lo que es políticamente posible que la otra parte acepte.

Esto es así, aun cuando ambas partes quieran llegar a un acuerdo -cada cual según sus propios términos y condiciones, sin duda- y hayan apostado fuertemente a la relación con los Estados Unidos.

Cada una de las partes estaba convencida de que los Estados Unidos podían rescatar a la otra, pero Washington no ha sido capaz de hacerlo.

En otros casos, las presiones norteamericanas son rechazadas impunemente por Estados que se autoconsideran enemigos. Washington los denomina "Estados malhechores" (aunque hace poco se los promovió a la categoría de "Estados de incumbencia"), les impone sanciones y boicots, libra una guerra política y económica contra ellos, y en algunos casos combatió contra ellos, por ejemplo, contra Irak y Serbia (e indirectamente contra Cuba).

No obstante, esos Estados sobreviven.

Aún no hemos visto, en Yugoslavia, el final de Slobodan Milosevic, que utiliza ahora su influencia sobre la presidencia serbia (y su policía) para sabotear al nuevo presidente federal, Vojislav Kostunica. Dado que la presidencia federal es en realidad un cargo débil -mientras que la presidencia serbia es un cargo poderoso- no es imposible que Milosevic se salga con la suya.

El iraquí Saddam Hussein sobrevivió políticamente a su enemigo George Bush, a pesar de la Guerra del Golfo y de las sanciones de las Naciones Unidas (que afectaron seriamente a la población, pero no a la elite). A pesar del castigo que los iraquíes sufrieron debido al bombardeo norteamericano y británico durante la segunda gestión de Clinton (el cual parecería continuar puesto que nadie en Washington ni Londres puede pensar en una excusa para ponerle fin), Saddan está por durar más en el poder que Clinton en la presidencia, y según lo que sabemos, acaso sobreviva al próximo gobierno norteamericano.

Washington se rasgó las vestiduras y los dientes le rechinaron respecto de Irán desde la revolución iraní en 1979. Sin embargo, los ayatollah sobreviven. De a poco, en los últimos diez años, las fuerzas moderadas comenzaron a surgir, el país salió del aislamiento, y lentamente estableció nuevamente relaciones en el plano internacional. Ahora vemos que son los Estados Unidos los que tienden a quedar aislados respecto de la cuestión de Irán.

Los Estados Unidos son por amplio margen la nación más poderosa del planeta, pero su poder no puede ser utilizado indistintamente. No es tan fácil usarlo en ciertos casos allí donde Washington realmente quiere. Ese poder intimida a los aliados de Washington, pero no a sus enemigos.

Todo esto debe venir al caso después de que George W. Bush y Albert Gore coincidieron, en su segundo debate, en que los Estados Unidos tienen que utilizar su poder de una manera "modesta".

Esa es una manera afectada y santurrona de decirlo, pero pienso que Bush tiene razón cuando advierte que los norteamericanos deberían controlar el impulso de interferir en los asuntos ajenos. Interferir no sólo es peligroso, sino que no es tan práctico como creen los intervencionistas.

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