
Un problema menos para los radicales
Sería una mala idea denominar "La bebida del verano" a una gaseosa que se espera vender también en invierno: asociar una identidad con una situación circunstancial es algo que ningún especialista en marcas recomienda. Sin embargo, cuatro años atrás a los radicales K les encantaba que los llamasen radicales G. La G con el punto no tenía connotaciones sexuales. Quería decir "ganan y gobiernan", una jactancia frente a quienes supuestamente estaban privados del uso de esos verbos, los propios correligionarios radicales a secas.
En honor al criterio bautismal, los radicales kirchneristas, desteñidos y en retirada, ahora podrían ser renombrados como radicales P. No porque hubieran sido "pateados" por el kirchnerismo que los tuvo de socios. Sencillamente, por perdedores. La temporada perdedora 2011 se abrió en Catamarca con las primeras elecciones provinciales de este año y se cerró el domingo pasado, con las últimas, en Río Negro, donde el marco histórico ensanchó el significado de la derrota. Río Negro era la única provincia gobernada en forma ininterrumpida por radicales desde 1983.
Para ejecutar los desalojos la Casa Rosada postergó sus promesas de renovar la política y puso en remojo la autopercepción progresista. En Catamarca echó mano a una descendiente del clan Saadi, revisora, por si quedaran dudas, de esa especie de revolución cívica que fue en los noventa la reacción al crimen de María Soledad. En Río Negro, el kirchnerismo ad hoc recayó sobre quien fuera jefe de inteligencia del presidente Duhalde, antes su ministro de Seguridad en la provincia de Buenos Aires. Es cierto que Santiago del Estero aun está gobernada por Gerardo Zamora, el más K de los radicales K, y que Corrientes tiene al segundo Colombi, de menor octanaje cristinista, con alineamiento oscilante. El hípervotado Maurice Closs integra en Misiones un frente mixto. Pero es evidente que la concertación sustentada sobre la cultura del poder que el peronismo lleva en la sangre superó la vida útil. Era de ocasión, la alimentaba una concepción exitista y seguidista de la política, no estaba llamada a ser eterna. Del mismo modo que la expulsión vitalicia del radicalismo de Julio Cobos dejó de ser vitalicia cuando a Cobos también lo llamaron traidor sus adoptantes, los Kirchner. Veleidades de la política inorgánica.
Aunque a Ricardo Alfonsín le disgusta que Hermes Binner diga que el radicalismo no está teniendo un buen siglo, su marcha errante contrasta con la convicción que tienen muchos radicales de que un vigoroso legado doctrinario los congrega. Después del último presidente radical, el candidato Leopoldo Moreau estacionó al partido centenario en el sótano de la política (en 2003 resultó sexto), cosa que antecedió a las secesiones causadas por las tejedurías transversales que labraba provincia por provincia Néstor Kirchner. En las presidenciales siguientes la UCR fue por primera vez con candidato extrapartidario (Lavagna), y consiguió un módico tercer puesto, más decoroso que el segundo lugar logrado en las primarias por el candidato actual (Alfonsín).
Con fuerza territorial –nunca paró de ganar intendencias–, virtual segunda fuerza parlamentaria, el radicalismo disgregado está por tener un problema menos: los radicales K ya no recuerdan de qué era la G.






