
Un sencillo mensaje de buena voluntad
Por María Sáenz Quesada Para La Nación
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"TO Saddam, merry Christmas" (Para Saddam, feliz Navidad), se lee, salvando errores ortográficos, sobre un tanque de combustible a bordo del portaaviones Enterprise. El saludo que muestra una fotografía que recorrió el mundo resulta en sí un triste ejemplo de cómo puede distorsionarse en un clima bélico el sentido de esta fiesta de resonancia universal que habla de esperanza y de paz.
Felizmente, en la Argentina pudimos superar la pesadilla de una guerra fratricida que estuvo a punto de estallar precisamente en las vísperas navideñas de 1978, hace ahora veinte años. Por eso, la firma del acuerdo bilateral sobre los hielos continentales, por los presidentes Menem y Frei, con respaldo de la oposición, que pone fin al último de los problemas limítrofes entre los dos países vecinos, parecería una suerte de reparación de aquella prepotencia belicista de los años de plomo.
Otro hecho auspicioso: en Cuba el 25 de diciembre recobra después de treinta años su condición de feriado nacional para cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes. Había sido abolido en 1969 con el pretexto de permitir que todos los cubanos partieran en esa época del año a la zafra. El Partido Comunista, al reconocer que esto ya no es necesario debido a la moderna tecnología, recordó de paso el mal uso del sentimiento religioso con fines contrarrevolucionarios. Al margen de las justificaciones políticas, los cubanos se aprestan a celebrar Navidad, como ya lo hicieron el año pasado, aunque entonces con carácter de excepción, debido a la visita del papa Juan Pablo II.
El Niño de Belén
El espíritu de paz, esperanza y amor universal constituye el núcleo esencial de la Navidad. Pero la fiesta, que como todo hecho cultural se modifica con el paso del tiempo, hoy parece desdibujada por el afán consumista y el proceso de globalización cultural que cubre con un manto uniforme las manifestaciones de regocijo tradicionales. Es bueno preguntarse entonces qué es lo permanente del núcleo espiritual navideño y cuál es la parte que corresponde a cada uno de nosotros en el recuerdo del nacimiento del Niño Dios en Belén, del que el año próximo se cumplirán 2000 años.
Quizás entonces, suponen algunos círculos del Vaticano, Juan Pablo II pueda realizar su anhelo de celebrar la llegada del nuevo milenio en la Basílica de la Natividad, el monumento más venerable de Belén. El templo fue construido por Constantino cuando comenzó la veneración popular de los Santos Lugares de Palestina, y fue restaurado por Justiniano el Grande. Los persas, durante la invasión del Imperio Bizantino hacia el 600 de la era cristiana, advirtieron con asombro que la escena de la adoración de los Reyes Magos, que decoraba el ábside, les resultaba familiar. En efecto, los sabios que vinieron siguiendo la estrella para adorar al Niño Dios parecían persas, aunque muy posiblemente se tratara de comerciantes nabateos de Petra. Gracias a este hecho fortuito, la basílica escapó de la destrucción.
Así, desde el principio del mundo cristiano, la Navidad tiene el poder de involucrar en su misterio a creyentes y no creyentes. Como tantas fiestas del calendario litúrgico, la Navidad es el resultado de la adaptación realizada en los primeros siglos del cristianismo de festividades del calendario pagano que incluían, en este caso, regalos y felicitaciones. Como no se sabe con certeza en qué día y en qué año nació Jesús, se buscó una fecha próxima al solsticio de invierno, fines de diciembre en el hemisferio norte.
Desde el siglo IV, en Antioquía, Roma y Bizancio la Navidad formó con Pascua y Pentecostés la parte esencial del calendario litúrgico cristiano. Pero al ritual eclesiástico se le sumaron otros con vestigios del tiempo antiguo. Desde entonces, la intención de celebrar espiritualmente la Navidad forma parte de la lucha por perfeccionarse a sí misma de la Iglesia Católica y de sus santos.
Cuando san Francisco de Asís (1182-1226) introdujo la piadosa representación del pesebre, intentaba humanizar y sensibilizar a la Iglesia y al papado, corrompidos por la ambición del poder temporal. El Pobrecito, cuya orden de frailes mendicantes proponía un ejemplo de humildad, preparó un pesebre con heno, el buey y el asno en una gruta de Greccio en la Navidad de 1223. El santo amigo de la naturaleza buscaba arraigar la celebración de manera piadosa en el imaginario popular y restaurar la antigua fiesta cristiana, que se había desvirtuado debido a las pantomimas burlescas que tenían lugar dentro de las iglesias mismas a fines de diciembre.
La tendencia a volver al núcleo espiritual de la celebración se intensificó cuando en el siglo XVI las iglesias reformadas cuestionaron muchos aspectos del ritual católico. Dentro de esta búsqueda se inscribe la labor de los padres jesuitas venidos a América, que a fines del siglo XVI prepararon pesebres vivientes o con imágenes de bulto, de barro cocido, para atraer a los indígenas del noroeste argentino a la fe. Alonso de Barzana, Gaspar de Monroy y san Francisco Solano, introductor este último de los villancicos, seguían el modelo franciscano: buscar puntos de encuentro entre la sensibilidad de la gente común y los misterios religiosos.
Celebración de la familia
El arraigo de esta fiesta en la sociedad se manifiesta por la creatividad con que los distintos pueblos la celebran. A fines del siglo XIX la Navidad se volvió la fiesta de la familia y de los niños por excelencia, en un ejemplo más de su constante evolución (*).
La Navidad representa la fuerza de la cultura cristiana, con su mensaje espiritual que llega con dificultad a un mundo donde prevalecen la indiferencia y la desesperanza. Sin duda, este mensaje tiene validez universal. Quienes no son cristianos -católicos, ortodoxos o de las iglesias reformadas- pueden celebrar la fiesta de la familia, de la solidaridad humana y del renacimiento de lo espiritual en cada uno de nosotros, y confiar también en un futuro mejor, despojado del egoísmo y de la injusticia que caracterizan el tiempo presente.
En estos últimos días del año, que invitan a hacer una revisión de la vida de cada uno de nosotros, el sencillo gesto de buena voluntad hacia el otro, expresado en el saludo "¡Feliz Navidad!", despojado, amigable, pacífico, está al alcance de todos como una buena manera de celebrar en los corazones la gran fiesta de la cristiandad. © La Nación





