
Un siglo de primeras planas
La Nación y el Grupo Editorial Planeta publicarán próximamente en libro una selección de las primeras páginas más destacadas de nuestro diario en lo que va del siglo XX. El subdirector de La Nación examina aquí la importancia de tal acontecimiento editorial -el primero con el cual este diario despedirá la centuria-, las grandezas y limitaciones naturales del periodismo y las distancias que median entre la crónica y la historia.
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LA primera plana es la gran vidriera de un diario. Debe definir por sí misma el tono general de una edición. Destacar los temas centrales de más rigurosa actualidad: los que son obviamente importantes para todos -y si son interesantes, mejor- y aquellos otros que, siendo algo abstrusos para la opinión general, reflejan tendencias o constituyen el primer síntoma de situaciones que finalmente gravitarán sobre la vida de todos, o de algunas franjas sociales. En otras palabras: marcar rumbos, obrar en la inducción de anticipaciones.
Sólo un diario centenario puede permitirse, a partir de una selección de sus páginas publicadas, esta contribución al conocimiento del siglo XX en la forma de un libro. La circunstancia no podría haber sido más oportuna porque permite a La Nación inaugurar, acompañada en este caso por Planeta, los actos culturales destinados a despedir la centuria y dar la bienvenida a la que llegará con el comienzo del nuevo milenio.
Una metodología rigurosamente interpretativa de la historia actúa de manera diferente de la de los criterios periodísticos con los que se realiza la tarea de editar la primera página de un diario. Es por eso por lo que algunos historiadores han diagnosticado, desde su propia óptica profesional, que éste ha sido uno de los siglos más cortos que se recuerde: habría comenzado en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, y concluido en 1990, con la implosión del régimen soviético. Así lo aseveran autoridades de la talla de Eric Hobsbawn.
Como se sabe, siglo viene del latín saeculum , que quiere decir época, duración de una generación. El siglo XX sería, desde esa perspectiva, el siglo de la coexistencia de tres sistemas políticos irreconciliables: el capitalismo liberal, el fascismo y el comunismo. Es el siglo en el que, al cabo de la Guerra del 14, Europa resigna posiciones en el mundo ante el progreso incontenible de los Estados Unidos; en el que la comprensión de los estudios de Freud abre nuevas fronteras para el conocimiento del subconsciente y en el que los crecimientos demográfico y de producción de bienes introducen nuevas reflexiones sobre la finitud de los recursos naturales.
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La crónica inmediata de los sucesos se encara habitualmente sin la perspectiva que hace lógica aquella mensura violatoria de las leyes de la aritmética, que arroja como saldo sorprendente un siglo de menos de ochenta años. Más aún: a medida que el lector se adentre en la recopilación de las cuatrocientas páginas de La Nación más resonantes de estos cien años, advertirá con qué despliegue se fueron tratando las grandes cuestiones de la política nacional e internacional, los sucesos devastadores de la naturaleza, los hechos conmocionantes de la economía o los momentos cumbres del deporte, pero... Sí, también percibirá en qué medida han resultado de compleja aprehensión periodística las gestaciones de la ciencia susceptibles de gravitar decisivamente en la vida humana.
Todos supimos, inmediatamente, qué significaba el trasplante de corazón hecho por el doctor Christian Barnard en el cuerpo de Luis Washkansky, el 3 de diciembre de 1967. O la dimensión que debía adjudicarse a la llegada del hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969. Fueron tapas del diario. Pero, ¿en qué títulos han quedado registrados, acaso, tres de los mayores emprendimientos científicos del siglo: el proyecto Manhattan, que haría posible la aplicación de la energía nuclear con fines pacíficos, pero precipitaría, como primera consecuencia, la detonación atómica que el 6 de agosto de 1945 arrasó con Hiroshima y días después con Nagasaki; el proyecto Apolo, que dio lugar precisamente al descenso de Armstrong y Aldrin en la Luna, y el proyecto del Genoma Humano, aún en elaboración a escala mundial, cuyo objetivo central es la identificación de todos los genes que intervienen en los mecanismos de la herencia y la reproducción humanas? Y hablando de este último, ¿hay horizontes con promesas de mayor impacto sobre la Humanidad que el de la biotecnología?
¿En qué primera página de un diario cualquiera en el mundo figuró el anuncio de que se había inventado la computadora? ¿O el televisor, o los antibióticos, tal vez? ¿O aun antes -en 1905, precisamente-, que un empleado de la oficina de patentes de Berna, Albert Einstein, había formulado la teoría de la relatividad? ¿O que en 1908, Henry Ford revolucionó el transporte al iniciar la producción del Ford T en serie? ¿O, más recientemente, que al fin dispondríamos de un material tan indispensable como el plástico en la vida cotidiana moderna? Ni qué decir de la deuda que estamos adquiriendo con los ordenadores, capaces de crear nuevos materiales a partir de la información que les suministramos respecto de los ya existentes y de nuestras necesidades específicas.
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Es sencillamente fantástico el repaso mental de los hechos que han conducido a lo largo del siglo nada menos que a modificar, para ponerlas al servicio del hombre, las categorías de espacio y de tiempo. Desconcierta al estudioso el verificar que muchas veces tales avances hayan carecido de la enunciación debida en la primera página de los periódicos, hasta que de pronto irrumpieron en ellas porque alguna decisión política o cultural terminó por legitimarlos. El mundo no científico sólo se notificó de la trascendencia notable de los doctores James Dewey Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins cuando en 1962 les fue otorgado el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico, o sea, el ADN.
No dispongo de información sobre si ese tipo de observaciones se tienen en cuenta en las facultades de periodismo, pero creo que sería bueno hacerlas. Enseñarían algo más sobre los límites naturales de nuestro oficio y alentarían a ejercerlo con modestia. Después de todo, ya es bastante lo que está fuera de discusión sobre el servicio inmenso que la prensa, trabajando día tras día a tambor batiente, presta desde hace siglos a la Humanidad; desde los albores del siglo XVIII, por lo menos, en los términos en que hoy se la conoce.
Resulta curioso que el último gran hecho del siglo XIX haya sido para la Argentina la decisión del gobierno de Roca de dar categoría de ley a la conversión de la moneda, que era tanto como emitir a precio fijo con caución en oro. Precisamente el siglo XX va concluyendo para nosotros, como última política básica de Estado memorable, con la afirmación de la estabilidad económica que le había sido negada al país durante décadas y le fue procurada al fin por la ley de convertibilidad, sorprendentemente emparentada con aquella de Roca.
Las noticias internacionales ocupaban diariamente en el pasado un lugar considerable en la tapa de La Nación . Eso determinaba que las páginas siguientes fueran correlativas de la de apertura. He ahí la explicación, por vía de tradiciones, sobre la forma en que todavía hoy se compagina el diario, siempre atento, por otra parte, a lo que ocurre en el mundo.
La llegada del presidente brasileño Manuel Ferraz de Campos Salles, la muerte de la reina Victoria, los Pactos de Mayo de 1902 con Chile -en cuya gestación tanto influyó La Nación- y la revolución de San Petersburgo de 1905 fueron algunos de los acontecimientos que dieron lugar a un despliegue excepcional en nuestras páginas en los albores del siglo. Al promediarlo, el diario sería permeable a las decisiones que gradualmente llevaron a clausurar la era del colonialismo.
Debe hacerse la salvedad, con todo, de que hasta 1919 la portada de La Nación , que había sido fundada el 4 de enero de 1870, estuvo por muchos años reservada a los avisos clasificados, de acuerdo con el criterio que hizo célebre The Times, de Londres, y que también aplicaron en la Argentina, entre otros, La Prensa o La Voz del Interior, de Córdoba.
Llamo la atención del lector sobre la primera página del 15 de septiembre de 1923, en la que el título principal informa, desplegado a todo el ancho de página, que Dempsey retuvo el campeonato mundial de boxeo en su pelea con el Toro Salvaje de las Pampas, Luis Angel Firpo. Otras competencias deportivas, como la obtención en fútbol de las copas del Mundo en 1978 y 1986 o éxitos del polo argentino, merecieron igualmente el tratamiento reservado a los asuntos de elevada repercusión. Como ocurrió con carreras de Juan Manuel Fangio, o con su muerte, cuando lo despedimos como al más grande deportista argentino de todos los tiempos.
Es por eso llamativo que hasta el día de hoy haya lectores que no se resignen a ver reflejadas en la tapa noticias vinculadas con el deporte, pues en realidad se trata de uno de los capítulos que más elocuente interés suscita, desde siempre, en cualquier estrato de la sociedad.
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Gobiernos que asumen y gobiernos que caen; Picasso, Proust, Lenin, Ford, Mussolini, Stravinski. Gardel, que pasará milagrosamente a cantar mejor desde el aciago 24 de junio de 1935; Checoslovaquia, que cede al Reich los Sudetes, en septiembre de 1938; Hitler, que exige el Danzig y el corredor polaco en agosto en 1939 y, días después, la Segunda Gran Guerra. Compendiado en un libro de páginas excepcionales en el historial de La Nación , todo parece un fresco de proporciones aterradoras, hasta que en la edición del 9 de mayo de 1945 se anuncia la victoria de los aliados, que igualmente habríamos celebrado como propia aun si la Argentina no hubiera declarado -tardíamente, por cierto- la guerra a las potencias del Eje.
Nadie anunciará formalmente que ha comenzado la Guerra Fría, sino después de que las hostilidades incruentas entre Occidente y el mundo comunista se abrieran y maduraran largamente. La Guerra Fría es un concepto y la abstracción se obstina en ser ardua, difícilmente asible para el periodismo. ¿Cómo haber resumido, acaso, en un título de tapa, que así como hubo un Siglo de Oro y un Siglo de las Luces, el que va a cerrarse bien podría haber sido bautizado como el Siglo de la Mujer?
En otros casos, todo ocurrió con la velocidad del rayo. De uno de ellos fue protagonista el coronel argentino Juan Perón, que sentía, en los días previos al 17 de octubre de 1945, el vahído del abismo político e, inmediatamente después, tuvo la certeza de la recuperación que lo llevaría a la Presidencia de la Nación con las elecciones del 24 de febrero de 1946.
La Semana Trágica. Sacco y Vanzetti. La aviación. Keynes. La Sociedad de las Naciones y las Naciones Unidas. Los grandes papas. Chaplin. Borges. Churchill. El "Che" Guevara. Kennedy. La subversión y el otro horror, el del terrorismo de Estado. El SIDA. Maradona. La globalización. "Siglo XX, cambalache/ problemático y febril", dice Discépolo en un tango clásico del repertorio nacional, que pinta con trazo diestro las contradicciones de nuestro tiempo e incluso alguna del propio autor. Poeta celebrado por su pueblo, Discépolo también fue Mordisquito , un curioso personaje que, a comienzos de los años cincuenta, zahería, por la radio oficial monocorde, a quienes se atrevían a desentonar con el régimen que, a la muerte de Eva Perón, en julio de 1952, enlutó compulsivamente las corbatas de los empleados públicos.
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Desde el siglo pasado, La Nación ha terciado en una polémica inacabable, en la que tomó posición por la tesis de que las centurias se computan desde su año 1. Simplemente por la razón de que estos dos milenios no comenzaron en un imaginario año cero. ¿Pero quién puede resistirse a la fuerza de una convención que arrastrará de cualquier forma colectivamente a todos, aquí y en el exterior, a celebrar una nueva era a partir del 1º de enero del 2000? Si hasta la electrónica se ha empeñado, por imprevisiones en la programación, en que la página esencial se dé vuelta exactamente en aquella fecha.
¿Habrá en los días que restan para el 2000 un acontecimiento que pueda quedar estampado en la primera página de los diarios con mayor fuerza que alguno de los tantos hechos notables de los últimos 99 años? ¿Quién puede decirlo, si la historia juega permanentemente con nosotros? ¿Dónde está, si no, el extraordinario título faltante, el que se hubiera correspondido con la destrucción inmisericorde, en 1990, del mundo comunista? Veámoslo simbolizado en el que acogió, con fuerte tipografía, las primeras piedras que cayeron del Muro de Berlín.
Si la memoria fuera aceptada como un sucedáneo de la predicción, podría decir cuál fue la primera plana que este cronista vivió con mayor intensidad en los años, no pocos, que lleva en la Redacción de La Nación . Fue la que debí reconstruir, después de las 2 de la madrugada del 2 de abril de 1982, ante la necesidad de que se imprimiera, ese día, una segunda edición.
Acababa de llamar, por enésima vez, a la Cancillería. Había acordado, en tan graves circunstancias, un código con el ministro de Relaciones Exteriores, Nicanor Costa Méndez.
"Ya está", me contestó, en clave, una voz confiable del otro lado de la línea, en nombre del ministro. Cuando colgué, tenía frente a mí a Luis Jorge Zanotti, con quien habíamos ingresado en la Redacción de La Nación en el verano de 1956. Zanotti se desempeñaba como prosecretario general de Redacción. "¿Te das cuenta? -dije al desaparecido compañero de tareas-. Vamos a hacer un título verdaderamente histórico".
Y así fue, por más de un motivo. El 2 de abril de 1982, La Nación sería el único diario en anunciar el desembarco de tropas argentinas en el archipiélago de las Malvinas. Aún conservo, bajo el vidrio de mi escritorio, en el cuarto piso de Bouchard y Tucumán, como un pequeño trofeo que se va difuminando con el tiempo, copia del cable urgente con el cual la agencia noticiosa United Press International se hacía eco de nuestra primicia, difundiéndola a un mundo perplejo.






