
Un suicidio del progresismo
Por Federico Pinedo Para LA NACION
1 minuto de lectura'
TRAS el lema de la Revolución Francesa, "libertad, igualdad, fraternidad", se expandió por el mundo, durante el siglo XIX, la ideología del progreso indefinido.
En sintonía con la concepción cristiana de la historia como algo lineal (que difiere de las concepciones cíclicas o del eterno retorno), se creyó en el progreso indefinido del hombre y de su moral. El pensamiento progresista ha de haber sufrido un cambio con la irrupción del marxismo, a mediados del siglo XIX, y especialmente después de la Revolución Rusa de 1917, y se apoyó claramente más en la igualdad que en la libertad, lo que separó a estas corrientes del liberalismo. La izquierda se trasladó al socialismo, la derecha se acercó a los liberales y, promediando el siglo XX, los extremos se unieron en una panzada totalitaria que casi se deglute a la civilización.
Al consolidarse el capitalismo liberal como el sistema dominante de Occidente, los socialistas optaron por seguir llamándose progresistas, seguramente porque creían que su sistema, a su juicio moralmente superior, era la consecuencia inevitable del capitalismo. Lo cierto es que la lucha de clases con cada vez menos ricos y más pobres no se dio; el triunfo inevitable de los planificadores de la vida ajena, tampoco, y el éxito económico de que cada uno aportara por su capacidad y recibiera según su necesidad, menos aún.
Días de miedo
Las dictaduras socialistas colapsaron en medio de la ineficiencia y la persecución más vergonzosa de las libertades y los jerarcas reemplazaron a los viejos oligarcas, pero los progresistas continuaron llamándose así.
En la Argentina, los izquierdistas, socializantes o indefinidamente progresistas, sin embargo, han terminado defendiendo cosas incalificables, que amenazan con llevar el progresismo a la degeneración absoluta o a la muerte. Los socialistas siempre habían defendido la civilización contra la barbarie, pero en estos días de horror y miedo hemos visto a dirigentes políticos de esa tendencia propiciar la desaparición de las formas civilizadas de vida.
Han puesto en tela de juicio tres banderas centrales de cualquier pensamiento que pueda llamarse progresista: el imperio de la regla democrática, el monopolio de la fuerza de las autoridades civiles legítimas y la eliminación de los privilegios en beneficio de los más necesitados.
Es difícil de aceptar, para quien no se ha nutrido del autoritarismo, el que dirigentes denominados socialistas o progresistas acepten que grupos absolutamente minoritarios de la población, como los activistas del desorden que se ocultan bajo el nombre de piqueteros, se arroguen la representación de los más necesitados o aun del pueblo y cuestionen y exijan que dejen sus cargos los funcionarios elegidos por la abrumadora mayoría de los argentinos. Esos señores han demostrado su casi nulo apoyo popular y se manifiestan abiertamente en contra de participar en elecciones, no obstante lo cual reciben apoyo de políticos de izquierda moderada, que debieran denunciarlos, de acuerdo con la Constitución, por el delito de sedición.
Es intolerable para cualquiera que crea en el progreso moral de la humanidad que desde bancas republicanas se silencie la violencia ejercida por delincuentes provocadores contra las fuerzas del orden, contra modestos comerciantes o contra los bienes de esforzados compatriotas y se cuestione el monopolio indiscutible de la fuerza que corresponde al poder democrático. Es incalificable que el pensamiento socialista haya abandonado las viejas gloriosas banderas de Juan B. Justo sobre estabilidad monetaria, para terminar apoyando políticas emisionistas que licuan el salario obrero y políticas de deuda que implican privilegios evidentes para los sectores más ricos.
Es que propiciar siempre las políticas que aplauda cualquier minoría activa o sectores de interés, votar siempre a favor de todos los gastos y en contra de todos los impuestos, resistirse a ejercer el poder que el pueblo delega en sus gobernantes para no caer antipático suele ser la práctica más reaccionaria. El progresismo es necesario para la República, pero desde la civilización, desde el orden, desde el derecho, desde la producción, desde la protección del salario real, desde la lucha contra los privilegios. Lo contrario es un suicidio del progresismo, que puede derivar en sufrimientos inimaginables para nuestro pueblo.





