
Un viaje al tiempo perfecto
En aquel verano había olor a jazmín, a césped recién cortado, a tierra mojada
1 minuto de lectura'

El sábado 16 de febrero a las tres de la tarde, en una quinta de Los Nogales (GBA) me pareció que hacía calor.
Los 35 grados me transportaron a otro febrero, tal vez el de 1956.
El espíritu se deja llevar, ante todo, por los olores. Eso dicen, al menos, los psiconeurólogos. En aquel verano había olor a jazmín, a césped recién cortado, a ligustrina, a tierra mojada, porque el canchero regaba las pistas de tenis con una enorme manguera. Había olor a cloro, porque estábamos al lado de la pileta.
El espíritu se deja llevar, ante todo, por los olores
Nuestra costumbre invariable, desde noviembre hasta marzo, era amanecer bastante temprano, con la dulce impaciencia del verano, y armar un bolsito con la raqueta, las zapatillas, el traje de baño y poco más. Caminábamos tres cuadras bajo el sol inclemente, con nuestras zapatillas Boyero, que eran lo más habitual. Subíamos al colectivo: solos y sin precaución alguna, porque no había peligro. Las calles estaban desiertas. La gente disfrutaba de su siesta o dormitaba en el sopor del verano. Uno podía tomar el colectivo con sus hermanos o amigos, o solo.
En mi caso, subía al Número 3 y pedía boleto para Las Bases y El Ceibo. El colectivero extraía una cintita de papel de colores, enrollada en el boletero, y la cortaba con el borde metálico dentado. Recibía las monedas y, adelantando la infaltable palanca de cambios con su dado de colores, ponía primera.
No conocíamos el olor del neumático incendiado, el ruido de los bombos, la amenaza de las patotas.
Tranquilo y solo, yo llegaba al Club Discóbolo de Haedo, donde me esperaba todo un día de verano sin nada que hacer. En silencio. Con mis amigos. Saltando desde el trampolín, para lo cual había que formar fila. Siempre se destacaba algún campeón de aquellas modestas acrobacias, que hacía la carpa, la media vuelta e incluso la vuelta entera, cayendo al agua en perfecta línea recta. Los trampolines de entonces (seguramente, los lectores lo recuerdan) tenían la parte final envuelta en un tejido tirante de yute, para evitar los resbalones peligrosos. A lo mejor no era yute, sino sencillamente soga.
No necesitábamos animadoras, profesores, celadores, psicólogos, orientadores
Nadie nos cuidaba. No necesitábamos animadoras, profesores, celadores, psicólogos, orientadores. Nada. Nuestros padres tomaban la precaución, simplemente, de enseñarnos a nadar a los cinco años.
No gritábamos. ¿Para qué? Era tan lindo el silencio, cuando solo se escuchaba el poc-poc de la pelota de tenis rebotando en la tierra húmeda. Porque claro, algunos audaces se largaban a jugar con el sol de las cuatro de la tarde. Lo más normal era salir a la cancha a las seis o siete, cuando ya los pinos tapaban el ardor del sol. Habíamos tenido un solo profe de tenis para todos, pero cuando se empieza de chiquito se adquiere una cierta habilidad, de modo que los partidos eran largos y bonitos.
Un día de verano era una fiesta de olores, silencios y delicias.
No se habían inventado los equipos de sonido de gran volumen y alta fidelidad (fidelidad a Satán) de modo que la gente estaba habituada a hablar en voz baja. Hoy día, el batifondo imperante es tan poderoso que todo ser humano (especialmente si es joven) grita a voz en cuello de la mañana a la noche, y sobre los 40 años se queda sordo.
A la nochecita nos entreteníamos persiguiendo sapos o bichitos de luz por el parque, y jugábamos largas tenidas de ping-pong en la mesa junto al billar.
Para los niños chiquitos, era imprescindible el salvavidas de corcho, que se portaba de la mañana a la noche. Y los adolescentes ya rasgaban la López Pereyra, la Nochera y la Felipe Varela desde el atardecer, adueñándose de algún rincón del club lejano a los padres.
El batifondo imperante es tan poderoso que todo ser humano grita a voz en cuello de la mañana a la noche, y sobre los 40 años se queda sordo
Varias generaciones de clase media han pasado una infancia hecha de veranos así. En el club. Después vino el calentamiento global, que trajo lluvia y frío. Y el apetito de un auto nuevo, un departamento aquí o allá, un viaje a cualquier parte donde nadie nos necesita. El aire acondicionado que nos va horadando la salud con alergias y toses varias. Es otra época. Una época mucho peor.
Por eso cuando un día, milagrosamente, hace calor en serio como antes (cuando en Mar del Plata colocaban una pasarela de listones de madera, porque la arena caliente te despellejaba los pies) viajamos con la imaginación al tiempo perfecto, el placer sin fallas, el verano.
Es el paraíso que hoy añoramos cuando pensamos en la jubilación. Estar callados junto a la pileta. Jugar al tenis todas las tardes de nuestras vidas. Hasta que Dios nos lleve. En un verano perpetuo de piel ardida y zapatillas.
El verano, antes.





