
Una alegoría de Buenos Aires
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Hace unos días se inauguró el mural que Guillermo Roux realizó para el edificio del BankBoston, proyectado por el estudio César Pelli & Associates Inc. Fue todo un acontecimiento. No es habitual que en Buenos Aires se libren al público obras de ese género; además, no es habitual que se trate de obras de grandes dimensiones y de notoria calidad.
Los antecedentes de trabajos similares son escasos y bien conocidos. Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Demetrio Urruchúa pintaron, en 1943, los murales de la Sociedad Hebraica Argentina. Los mismos artistas, acompañados por Lino Enea Spilimbergo y por el español Manuel Colmeiro, crearon entre 1945 y 1946 los notables frescos de la cúpula de las Galerías Pacífico.
Casi una década más tarde, en la Galería Santa Fe, Raúl Soldi, Juan Batlle Planas, Luis Seoane, Gertrudis Chale, Leopoldo Presas y Leopoldo Torres Agüero trabajaron en un conjunto de murales. Soldi fue el autor de los frescos de la capilla de Santa Ana de Glew y de las alegorías de la enorme cúpula del Teatro Colón. Por supuesto, se conservan otros murales de diversos artistas.
Desde ahora, se suma a esa saga el Homenaje a Buenos Aires de Guillermo Roux, una pintura de 12,5 por 5,5 metros, realizada con témpera vinílica insoluble sobre tela montada en una base de aluminio.
El enorme mural, instalado en el gran vestíbulo principal de la torre vidriada de la calle Della Paolera, en Catalinas Norte, sin dudas cumple con la aseveración del mexicano Diego Rivera: "Una verdadera pintura mural es, necesariamente, una parte funcional de la vida del edificio". Además, "es un elemento de unión y amalgama entre la máquina que es el edificio y la sociedad humana que lo utiliza".
No es extraño que Roux haya obtenido el trabajo por concurso con un jurado en el que estaba, entre otros especialistas, César Pelli. En definitiva, quién mejor que el arquitecto que diseñó la torre para comprender la pertinencia de ese mural en el espacio luminoso y despojado que le había reservado.
Roux dedicó a esa obra varios años. En 2001 comenzó los estudios preparatorios, trabajó en cientos de dibujos y bocetos, en el análisis del color y en el diseño de las figuras.
También se dedicó con detenimiento a las indagaciones iconográficas, a las características de cada personaje representado, a sus posiciones, sus actitudes gestuales, sus ropas y accesorios. Luego comenzó la realización del mural, tarea para la cual contó con la colaboración de Marina Curci y Laura Olalde.
El tema del mural es un "cuadro vivo" que representa un fragmento del Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX, con más de veinte personajes. Roux pintó ese pasado demolido por el progreso con cuidado y veracidad. También con cierta fantasía y con algunos velados recuerdos personales.
En un escenario teatral posan muy diversos individuos (el teatro y la commedia dell’arte son asuntos reiterados en su pintura). En el lado derecho de la composición están los que llegaron de puertos lejanos, los inmigrantes que lucen sus vestimentas distintivas; parecen esperar su turno para ingresar en la escena. En el sector opuesto, dedicado al Buenos Aires criollo y a la noche, se ven los músicos que ejecutan un tango. Los acompaña una cantante y las parejas de bailarines; también están el poeta, el Café de los Angelitos y el Obelisco.
En el centro del mural se funden en un abrazo un hombre y una mujer; los pliegues volados de las vestiduras femeninas aluden al Río de la Plata. Frente a ella, de pie y de espaldas, una joven con vestimenta blanca y azul (la República Argentina), mira como un espectador más la extraña y variopinta escena.
Quizás es una alegoría del futuro, como el niño que en 1855 Gustave Courbet colocó en su gran cuadro El taller del pintor.
Homenaje a Buenos Aires es un mural que remite al canon antiguo del equilibrio y de la sencillez. La monumental composición es rigurosa, equilibrada, clásica; los personajes están representados con un dibujo cerrado y preciso. Todo es casi frontal y evidente, no hay elementos de difícil identificación. Tampoco hay acciones dramáticas, predomina la serenitas de las viejas tradiciones pictóricas.
Sin duda, Roux resolvió cada uno de los problemas, que con seguridad no fueron pocos, con sabiduría y moderación, sin ostentaciones vanas.
Roma, Jujuy, Nueva York
Guillermo Roux nació en el barrio de San José de Flores, el 17 de septiembre de 1929. Se inició en el arte en los años de su infancia; su padre, Raúl Roux, un prestigioso dibujante e ilustrador, fue su primer mentor.
Cuando no tenía más de quince años, comenzó a trabajar como ayudante en la editorial de Dante Quinterno, el creador del célebre Patoruzú. Más tarde ingresó en la EscueLA NACIONal de Bellas Artes Manuel Belgrano, en cuyos talleres lo dirigieron Lorenzo Gigli y Gervasio Corinto Trezzini. En 1953, presentó su primera exposición individual, en la Galería Peuser.
En 1956, Roux se instaló en Roma para proseguir los estudios. Durante algún tiempo –por cierto, dilatado– trabajó en el taller de Umberto Nonni, una bottega en la concepción tradicional del término, en la que cada jornada de trabajo era de diez horas.
El maestro triestino lo sometió al duro aprendizaje del oficio. En esos años, además, recorrió Italia, Francia y España, sin perder oportunidad de copiar en los museos las obras que más admiraba.
En 1959, Roux retornó a la Argentina, pero no se instaló en Buenos Aires. Su destino fue la provincia de Jujuy, donde enseñó en escuelas primarias durante seis años. También pintó con intensidad.
Sin transición alguna, en 1966, pasó de la calma del noroeste argentino al bullicio de Nueva York.
En este período repartió su tiempo entre la pintura, la publicidad y la ilustración. Retornó a Buenos Aires después de un año. Poco después, en 1969, comenzó a exponer de manera individual.
La primera muestra fue en la prestigiosa galería de Alfredo Bonino. En 1973, presentó sus obras en la Marlborough Fine Arts, de Londres; más tarde expuso en Munich, San Pablo, Estrasburgo, París, Nueva Yorky otras grandes ciudades. En 1975 obtuvo el primer premio de la XIII Bienal de San Pablo.
En la década del setenta, Roux comenzó a viajar a Europa de manera reiterada. Hizo grabados al aguafuerte y litografías en Roma; expuso en galerías de París y en la Bienal de Venecia.
En 1988, The Phillips Collection de Washington organizó una retrospectiva de sus pinturas que se reiteró en el Museo de Artes Decorativas de Buenos Aires. En 1990, sus trabajos fueron exhibidos en el Kunsthalle de Berlín. El Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires presentó una muestra antológica de su obra en 1998.
Las pinturas, dibujos y collages que Roux expuso desde 1969 remiten a un mundo extraño, pleno de acentos barrocos. Es un barroquismo, como diría Severo Sarduy, que se funda en una sintaxis de las imágenes organizada en función de relaciones inéditas, de distorsiones y de supresiones.
En este período, todas las obras muestran una notable cualidad poética. Es evidente que en ellas se reconocen, como en cierta poesía, la capacidad infantil de maravillarse y de hallar emociones inéditas en pequeñas realidades sin importancia. Es el caso de La banda, una acuarela en la que un conjunto de músicos, correctamente uniformados, están atrapados por las sillas que se amontonan sobre sus cabezas. Los hombres permanecen impasibles –así lo denotan sus manos calmas– mientras acontece el desastre... o el prodigio.
En 1993, Guillermo Roux concluyó La ronda, uno de sus trabajos más importantes, de 2,46 por 3,82 metros, con más de diez personajes involucrados en una compleja composición, donde los cuerpos se entremezclan, de manera confusa, con instrumentos musicales, máscaras y algunos objetos. La escena, como en otros trabajos, remite a la commedia dell’arte. Poco después, con similar concepción, pintó Mujer y máscaras, que fue instalada en las Galerías Pacífico. Son dos obras que prenuncian la gran composición del mural Homenaje a Buenos Aires.




