Una batalla muy difícil

En un país que está acostumbrado al caos, a la violencia y al asesinato, la resistencia a los cambios no sorprende. Sin embargo, ahora hay un presidente obsesionado por darle un giro de 180 grados a la historia política colombiana. Su ascenso al poder ha traído aire fresco, pero deberá luchar contra una muralla de intereses.
Bartolomé Mitre
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23 de agosto de 1998  

BOGOTA.- EL 7 de agosto, al promediar la mañana, Andrés Pastrana Arango ingresó en la capilla del Palacio San Carlos, en Bogotá, para participar de una ceremonia religiosa de carácter íntimo. Lo acompañaban su esposa, Nora; sus tres hijos, Santiago, Laura y Valentina; su madre, María Cristina, viuda de Pastrana Borrero, y un grupo reducido de invitados: no más de treinta en total.

No era un día cualquiera para Colombia. Por la tarde, exactamente a las 15.30, Andrés Pastrana Arango iba a convertirse en el último presidente colombiano del siglo XX. En el núcleo de sus allegados, y en él mismo, se percibía una corriente de emoción muy honda.

Antiguos vínculos de amistad determinaron que el autor de estas líneas se contara en el pequeño grupo que rodeaba al flamante mandatario, tanto en la misa como en el almuerzo que se sirvió posteriormente en el mismo Palacio SanCarlos, sede de la cancillería. Alrededor de las 14.30, el pequeño grupo caminó hacia la plaza Bolívar, siempre rodeando al hombre de 44 años -enérgico y con una sonrisa a flor de labios, firme en sus convicciones y, a la vez, animado por un indeclinable buen humor- que se preparaba a asumir la más alta responsabilidad institucional a que puede aspirar un ciudadano en una república.

Una imagen del pasado



En quienes lo acompañaban -especialmente en los de más edad- estaba viva la memoria de otra jornada parecida, lejana en el tiempo, pero igualmente conmovedora: la de aquel 7 de agosto de 1970 en que MisaelPastrana Borrero -el padre de Andrés Pastrana Arango- estrenó su banda presidencial, en una Colombia acaso muy diferente de la de hoy, pero desgarrada, también, por agudos enconos y profundos desencuentros.

Una vieja fotografía, exhumada recientemente por los diarios de Bogotá, muestra a un Pastrana Borrero vestido de jacquet, poco después de haber jurado ante el Congreso. En uno de los extremos se alcanza a ver a su hijo, Andrés, recién salido de la adolescencia, de saco y corbata, con la mirada perdida en un punto indefinido, acaso tratando de escrutar lo que el futuro le tenía deparado. ¿Cómo podía imaginar que 28 años después iba a estar en el mismo lugar que su padre, formulando el mismo juramento y acariciando, tal vez, los mismos sueños de paz, saneamiento económico y progreso social?

El país que recibe Pastrana



Andrés Pastrana ha iniciado su gestión en medio de gravísimas dificultades. Su antecesor, Ernesto Samper, le ha dejado una Colombia devastada, asolada por la corrupción y la violencia, territorialmente desintegrada y sumida -o casi- en el ostracismo internacional. El nuevo presidente cuenta con una carta a su favor: su legitimidad institucional. Ha llegado al gobierno tras un proceso electoral que no tuvo ningún cuestionamiento. Eso lo diferencia de otros jefes de Estado colombianos, que accedieron al poder en medio de ruidosas denuncias sobre anomalías comiciales. Con el 68 por ciento del electorado a su favor, Andrés Pastrana encarna, hoy, un deseo de cambio nacional que aglutina inequívocamente a los sectores mayoritarios de la población.

Tres puntos



Esa propuesta de cambio se apoya en tres puntos fundamentales: el restablecimiento de la paz, la reactivación económica y la reformulación de las relaciones internacionales.

La paz fue el hilo conductor de su prédica electoral. En el tramo final de su campaña logró iniciar conversaciones para un eventual acuerdo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Posteriormente, sentó las bases, también, para una negociación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). En los dos casos desempeñó un papel muy importante Víctor G.Ricardo, el jefe de campaña de Pastrana, que anudó los contactos necesarios. Por supuesto, el propósito de Pastrana no fue lograr acuerdos inmediatos de paz, lo que sería una utopía, sino _simplemente_ empezar a conversar. Alcanzar la paz demandará, seguramente, mucho tiempo: quizá deba transcurrir el mandato entero del nuevo presidente antes de que se llegue a esa ansiada meta.

La guerrilla en acción



Durante las 48 horas previas a la asunción del cargo por el nuevo presidente, una ofensiva feroz de la guerrilla contra dos bases militares y el estallido de un coche bomba en pleno casco urbano de Bogotá mostraron a las organizaciones del crimen en una escalada de terror que parecía poner en duda el destino de las gestiones de paz entabladas por el nuevo presidente.

¿Qué fin persiguió la guerrilla con esa despiadada agresión a instalaciones castrenses, perpetrada horas antes de que Andrés Pastrana jurara ante el Congreso? Se conjeturó con la posibilidad de que las organizaciones del crimen hubieran querido despedir al gobierno de Samper con un baño de sangre y, al mismo tiempo, brindar una demostración de fuerza que las colocara en mejor posición para negociar con el nuevo gobierno.

Ya instalado Pastrana en el poder, nuevos hechos de violencia han agudizado los interrogantes y las dudas sobre el rumbo futuro de las negociaciones con los insurgentes. Los sangrientos combates que libraron días atrás el ejército y las FARC en la región del noroeste, a sólo 400 kilómetros de Bogotá, han significado un severo toque de alerta para el político que ha colocado la bandera de la paz al tope de su plataforma de gobierno.

La violencia y el cuadro social



Tal vez sea acertado el reproche que se le formula ya a Pastrana Arango por haber apostado todo su capital político -o casi todo- a la obtención de la paz. Como lo observó en estos días Andrés Oppenheimer en La Nación , hay motivos, quizá, para pensar que el presidente incurrió en un error táctico al mostrar sus cartas de manera tan abierta. Al actuar de ese modo se puso a sí mismo en una posición de debilidad ante los insurgentes.

El ex presidente de Colombia Alfonso López Michelsen opina que la prioridad del nuevo gobierno no debería ser la paz sino la economía, porque "la guerrilla es hija del desempleo y el desempleo es sólo la manifestación externa de los conflictos económicos".

Es probable que Andrés Pastrana deba revisar ahora su estrategia y concentrar con mayor intensidad sus esfuerzos en la instrumentación de medidas económicas que descompriman el cuadro social. Rebajar el IVA, controlar la evasión impositiva (que hoy ronda el 40 por ciento) y, sobre todo, atacar la tasa de desempleo, que ha subido al 15,5 por ciento, son los objetivos que el gobierno deberá perseguir, a partir de ahora, con la máxima energía.

La reducción del impuesto a la venta para las empresas que generen empleo figura entre las propuestas que el presidente ve con simpatía. Es una batalla contra el tiempo: si se consigue ejecutar una política de reactivación que en un plazo razonable lleve prosperidad a la industria y a la tierra, se habrán dado los primeros pasos para sacar a Colombia del abismo de depresión y decadencia a que ha sido arrojada.

La política exterior



En el orden internacional es mucho lo que hay por hacer. El nuevo presidente ha anunciado que tomará directamente en sus manos la conducción de la política exterior. Uno de sus propósitos centrales es sacar al país de la situación de aislamiento en que hoy se encuentra. El otro es diversificar la agenda de la relación con los Estados Unidos, lo que no significa que se vaya a ablandar la postura de su país frente a Washington.

Otro capítulo decisivo será, seguramente, la lucha contra la corrupción. No es posible seguir tolerando el robo sistemático de los bienes que pertenecen a la comunidad. Poner en práctica el Estatuto anticorrupción , que a pesar de haber sido dictado hace cuatro años nunca estuvo en vigor, permitiría avanzar en esa dirección. El drama de Colombia es político y social; pero es también, en gran medida, de raíz moral.

Una ráfaga de aire fresco

Un país que se ha ido acostumbrando al caos y a la violencia suele oponer resistencias al cambio. Existen sectores fuertemente interesados en que las cosas sigan como están. El virtual estado de guerra en que se encuentra el país ha generado estructuras de poder que no quieren perder sus espacios: está la guerrilla, está el narcotráfico, están los paramilitares, están los grupos más recalcitrantes de la represión institucionalizada.

Frente a esa muralla de intereses hay un presidente joven, legitimado por las urnas y obsesionado por darle un giro de ciento ochenta grados a la historia política de su país. Su ascenso al poder ha traído una ráfaga de aire fresco, que Colombia estaba necesitando. Los colombianos, en su gran mayoría, han apostado por él. Y ése no es un dato desdeñable.

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