Una conversación necesaria

Gabriel Palumbo
Gabriel Palumbo PARA LA NACION
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16 de julio de 2020  • 00:51

Existen dos percepciones sociológicas que se imponen con la fuerza de una ley de hierro. Todas las sociedades creen que están mal gobernadas y todas creen que el estado de su debate público es pésimo. Sin embargo, una revisión objetiva sobre los distintos casos arroja la suficiente luz como para desarmar esa primera visión y establecer diferencias notables.

Una mirada de estas características sobre la democracia argentina tiene que empezar reconociendo, lamentablemente, que desde la restauración en 1983 hasta estos días, no hemos parado de retroceder en casi todos los indicadores sociales, económicos e institucionales. Alguien podría sostener que, dado que en estos años las responsabilidades de gobierno han recaído en diferentes partidos, en distintas coaliciones y en incomparables tipologías ideológicas, cabría equiparar las responsabilidades de la mala calidad de nuestra democracia. Pero esto sería solo una verdad a medias.

Fuente: LA NACION - Crédito: Alejandro Agdamus

Es perfectamente posible -de hecho, hay innumerables trabajos académicos que así lo hicieron- una evaluación del impacto y de los alcances de la aplicación de políticas públicas concretas que permitirían deslindar con un poco más de precisión las cargas de responsabilidad. Más difícil es ensayar una interpretación de los elementos simbólicos que han influido en la bajísima calidad de nuestra experiencia democrática.

La conversación pública es un elemento constitutivo de la democracia

Desde la tradición filosófica, pienso en David Hume, pero es posible volverse más contemporáneos con autores más actuales como Rorty o incluso Habermas, la conversación pública es un elemento constitutivo de la democracia. En este sentido, no es arriesgado especular con que existe una relación directa entre la calidad de esa conversación pública y la calidad de la vida democrática. Llegados a este punto es que la responsabilidad que le cabe a la particular versión del populismo que encarna el kirchnerismo, tanto en su ciclo anterior como en este, aparece con una cristalina potencia. El populismo beligerante implantado por la versión kirchnerista del peronismo no fue pródigo en obras públicas ni en procesos de reformas estructurales; de hecho, cuesta identificar una obra emblemática o una política saliente que se haya convertido en su sello, como pueden mostrar el alfonsinismo desde el punto de vista institucional y el menemismo en sus efectos modernizadores. Lo característico del kirchnerismo, lo que se constituye en su marca más importante y en su legado más perverso y más difícil de desarmar es el haber roto las premisas de la conversación pública hasta hacerla desaparecer. En su afán agonal y en su necesidad permanente de conflicto llevó la negación de los argumentos ajenos, el desprecio por los datos y de los elementos de la realidad a una tensión sobreideologizada que terminó por encapsular la conversación hasta tornarla imposible. El reinado de la exageración, la supremacía política de lo sentimental sobre lo racional, la simplificación de cuestiones complejas de la realidad, sumados a una particular narrativa que los coloca siempre en el lugar de la víctima aun cuando gobiernan y manejan a su antojo las instituciones, impiden el necesario intercambio coral que es propio de la experiencia democrática. Obturada esta posibilidad de colaboración lingüística, la democracia queda sometida a un juego de suma cero en el que se impone la fuerza o la coacción. La división del mundo entre los santos propios y los réprobos ajenos ayuda a una dimensión específica del populismo actual de cualquier signo, que se caracteriza más por la lucha que por la ganancia. Los populismos actuales necesitan menos de ganar que de pelear.

En estos días, la negación de la conversación ha recrudecido con una dimensión nueva. La judicialización de la opinión contraria, sea la de un columnista o la de un partido de la oposición, termina institucionalizando la imposibilidad del debate público y empobreciendo aún más la democracia. Sin Parlamento, sin Justicia, con dificultades para la movilización social y con el debate civilizatorio cada más hundido, la idea de una suspensión virtual de la democracia se hace cada vez más verosímil.

La tarea destructiva, desafortunadamente, es más sencilla que la constructiva. La política populista actuó rápido y eficazmente. Habrá que encontrar las maneras creativas de relacionarse con un discurso que margina y descarta selectiva y arbitrariamente. Tal vez no alcance con la política y se deba apelar a la capacidad regenerativa de la cultura y de la sociedad civil.

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