Una historia de conjuras y desidias

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16 de diciembre de 2001  

Era el jueves y una tormenta tropical merodeaba el cielo de Del Viso. En una quinta de dimensiones sudamericanas, un grupo de poderosos empresarios acosa a Carlos Menem reclamándole la inmediata intervención del peronismo en el gobierno. El ex presidente se resiste como puede.

A esa misma hora, en San Telmo, entre canchas de tenis, Eduardo Duhalde le dicta a un grupo de colaboradores las condiciones que debería tener un presidente surgido de una eventual acefalía.

En el maltrecho Congreso, en el despacho vicepresidencial, Ramón Puerta fatiga a preguntas a sus interlocutores: ¿Hay tiempo todavía? ¿Se puede buscar una manera de ayudar al Presidente?, inquiere sin parar. Las respuestas vacilan.

En Del Viso, Menem almuerza entre los empresarios Juan Navarro, Eduardo Elztain, Jorge Di Fiori, Enrique Ruete Aguirre, Santiago Soldati, Alberto Grimoldi y Eduardo Eurnekian, entre varios más. El peronismo tiene que hacerse cargo de la situación cuanto antes. Estamos perdiendo nuestros activos, suplican casi al unísono. Casi. Sólo uno de ellos hace tronar su oposición: El precio internacional de una renuncia del Presidente es más caro que nuestros activos, irrumpe. Luego, lo acompaña una sola voz, más tímida, menos convencida.

Menem hace lo que debe hacer según su conveniencia: defiende la continuidad del Presidente. Cuando parece que se queda sin salida, encuentra un atajo: Pero siempre lo tendremos a Ramoncito para el caso de que no hubiere solución, ofrece como un vendedor que recurre a la última bagatela mientras apunta con el dedo a Puerta, sentado frente a él.

Puerta reacciona con astucia: Sólo por 48 horas. La Asamblea legislativa tendrá que designar a un presidente en ese lapso, explica el virtual vicepresidente. Campechano y cordial, desiste de enfrentar la opinión política de fondo de la mayoría de los hombres de negocio que están ahí.

Duhalde recorre de memoria los requisitos de una eventual suplencia presidencial. No habla de él, pero está hablando de él. La Asamblea legislativa, dice, deberá nombrar a un presidente por dos años y escribir en una ley las cosas que ese hombre tendrá que hacer en el gobierno, producto de un amplio acuerdo político. La Asamblea le deberá prohibir al elegido ser candidato en 2003, concluye, conciso.

La sombra de Menem cruza sus cavilaciones. No tengo rencor contra él. Menem desprecia las instituciones y ése es el centro de mi combate con él, dice.

Es el viernes. El jefe del Gabinete, Colombo, suplica, implora, ruega a los líderes políticos que le aprueben el presupuesto del año próximo en el Congreso. No hay optimismo en ninguna respuesta. Estalla: Les voy a mandar dos proyectos de leyes. Uno será el presupuesto y el otro decidirá la devaluación. No hay tres alternativas. O un presupuesto serio o la devaluación. Las dos decisiones deben pasar por el Congreso. Elijan ustedes qué hacemos, grita por teléfono.

La devaluación sería la última tragedia argentina, comenta después ante algunos colaboradores mientras echa mano al décimo cigarrillo de la última hora, adicción a la que ha vuelto.

Ni una noticia buena rebota en la oficina de Colombo. La recaudación se desbarranca, el circulante cayó un 40 por ciento, el PBI podría desplomarse entre un 6 y un 7 por ciento en el primer trimestre de 2002, y la colosal irritación de la clase media golpea los despachos de los dirigentes políticos. Busca un amigo y encuentra al canciller Rodríguez Giavarini: Vení y almorza tu yogur conmigo, lo invita.

Ellos coinciden en que hay que explicarle a la gente común las consecuencias de una devaluación. Los salarios serán mucho menores en apenas 24 horas. ¿Quién ha dicho que no se necesita un presupuesto sin déficit para devaluar? La inflación podría regresar. El país se quedaría sin bancos y sin crédito interno, cuando ya no tiene el externo. ¿Quién ha dicho que la dolarización tolera un presupuesto descontrolado?

Un amigo consulta a Cavallo: ¿Es cierto que el presupuesto es tan esencial para conseguir el acuerdo con el Fondo? Cavallo contesta cabizbajo: Sí, es cierto. El Presidente le pregunta lo mismo a un economista en el que confía: ¿Es verdad que el presupuesto es tan clave? Le contesta: Es así, presidente. Sin presupuesto no podemos ni pedir una cita en el Fondo.

Cavallo alza el teléfono y habla con Duhalde. No es ya un hombre avasallante y agresivo. Suplica: Eduardo, necesito el presupuesto. Ayudame. Duhalde no emite opinión, pero le da un dato: Por lo que escuché, me parece que el Congreso no aprobará el presupuesto. Replica Cavallo: Esta vez va en serio: sin presupuesto nos caemos. Duhalde no se compromete a nada: Veré qué hago, dice y corta.

Cavallo lo manda a su secretario de Hacienda, Jorge Baldrich, al Congreso. Quiere que evalúe la actitud de los bloques radical y peronista para aprobar el presupuesto. Baldrich se reúne con los líderes parlamentarios. Sale demudado: Prefiero a los peronistas. Los radicales son incorregibles, informa cuando vuelve. Alfonsín hace un prenuncio: el Congreso jamás aprobará la suspensión del aguinaldo durante el próximo año.

Sólo Puerta empuja para que el peronismo apruebe el presupuesto a libro cerrado. Su conclusión no carece de pragmatismo: si el peronismo no aprueba ese presupuesto desde la oposición, lo tendrá que hacer desde el Gobierno.

A pocos metros de la Plaza de Mayo, en el Banco Central, Mario Blejer, su vicepresidente, se conduele porque acaba de caer Daniel Marx, a quien acompañó en las negociaciones externas de la deuda argentina. Blejer, un hombre que cautiva a propios y a extraños por sus conocimientos y su modestia, llegó a ese cargo por su amistad con Cavallo, pero no le gusta que se haya ido Marx, que está enojado con el ministro.

Cavallo y Marx tenían la relación personal destruida. Viajaron juntos a Washington hace diez días y Cavallo casi no lo dejó hablar a Marx en las reuniones con el Fondo. Marx le escribió una nota de protesta. No la leí, no te entiendo la letra, le respondió Cavallo. Parecían dos escolares alborotados.

Blejer recibe la noticia con algarabía. La Argentina logró pagar el vencimiento del viernes y el default formal se prorroga. Ese pago podría abrir un paréntesis hasta marzo. El próximo vencimiento importante será en enero, pero es el Fondo el que deberá cobrar entonces. En enero ya habrá acuerdo o habrá ruptura con el Fondo. Otra vez el presupuesto.

La Iglesia difunde el documento más duro que haya escrito en los últimos tiempos: nadie quiere resignar nada, dice. El país se ha vuelto ingobernable por la voracidad de toda la dirigencia, dispara.

A pocos metros del despacho de Blejer, en el arrebatado microcentro de la Capital, de nuevo ensordece el rumor: se asegura que los plazos fijos serán incautados, devaluados y devueltos hechos jirones. Nada es cierto. Blejer se alarma: ¿Cómo se pueden decir semejantes cosas? Nadie ha pensado en algo así . Una campaña está otra vez en marcha.

A una cuadra de ahí, Colombo manda a redactar un decreto de necesidad y urgencia con el presupuesto. Algo hay que mostrarle al Fondo, le desliza a un colaborador. ¿Qué le van a mostrar? ¿Un consenso entre el Presidente, el jefe de Gabinete y el ministro de Economía?, lo hinca su ayudante. ¡Pero si el problema no está resuelto!, contesta Colombo, enfurecido.

Hay que volver a leer a Ortega y Gasset: todo problema irresuelto prepara su venganza.

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