
Una historia de muertes y sospechas de agentes dobles
Las acusaciones sobre el presunto papel de agentes dobles de los integrantes de la cúpula montonera no son nuevas. Su posible vinculación a sectores militares se remonta hasta el asesinato de Aramburu y el secuestro de los hermanos Born, y llega hasta las irrazonables contraofensivas de los 80
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Fue el gobierno justicialista de Isabel Perón, en 1975, el que los empezó a llamar "banda de delincuentes subversivos" y los decretó fuera de la ley. El Proceso, cuando perfeccionó y expandió a todo el Estado los métodos ilegales de represión, los demonizó con saña análoga. Y ellos mismos nunca perdieron el hábito de autoglorificarse. Aún hoy Mario Firmenich se compara con Manuel Belgrano.
Quizá tantos adjetivos adiposos ayudaron a olvidar que los Montoneros nacieron en el nacionalismo católico, se nutrieron de elementos "tacuaras" de la extrema derecha y sólo al erguirse devinieron "izquierda peronista". Travestismo originario en cuyo legado fermentó, acaso, la sospecha de agentes dobles que recayó sobre sus líderes mucho antes de ahora.
Siempre esas sospechas, tan alejadas de una interpretación lineal como las mismas acciones montoneras inspiradas en el propósito de "agravar las contradicciones con el campo de los imperialistas y sus aliados", aceptaron a la organización como una amalgama bifronte, de naturaleza político-militar. Amparados ocasionalmente en el componente político, en el mejor de los casos los montoneros admitirían "errores" -como a regañadientes dicen hoy-, sin terminar de aclarar por qué tantas veces sus acciones beneficiaron a su enemigo. Fue exactamente eso lo que ocurrió con las contraofensivas de 1979 y 1980, cuando decenas de guerrilleros reingresados desde el exilio cayeron como moscas en manos de la represión militar, en dimensiones tales que acercan el error a lo irrazonable. Pero, aunque es la primera vez que un juez considera judiciables aquellas decisiones "estratégicas" (Claudio Bonadío quiere procesar a los jefes sobrevivientes como partícipes necesarios del secuestro, desaparición y homicidio de los protagonistas de la contraofensiva), no son nuevas las dudas acerca de la pureza ideológica de la conducción montonera. Ninguna lógica política, es cierto, se encontró hasta ahora ajustada a la hipótesis de que por caso Firmenich fuese agente doble (más allá de la evidencia de que él salió ileso de los setenta, lo mismo que su mujer, quien consiguió también que la dictadura que robaba menores le respetara la maternidad), pero tampoco una lógica política coherente explica toda la trayectoria montonera.
Cuando en 1970, en forma abrupta, espectacular y trágica, Montoneros inauguró su sello con el secuestro y asesinato del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu -general de traje que ya había matizado su antiperonismo de los cincuenta, a quien se le veía, en uno u otro sentido, porvenir político-, se creyó en ambientes partidarios que los debutantes debían ser instrumentos del dictador Juan Carlos Onganía. Cuatro años después los autores consideraron necesario firmar el crimen y lo contaron con jactancia morbosa, embalaje militarista y prosa mesiánica en las páginas de La causa peronista. Aunque no se dudaba de los verdugos sino de sus motivos y sus patrocinios.
Otras supuestas conexiones tuvieron menos resonancia, como la del lugar elegido por Firmenich, el 20 de junio de 1975, para celebrar una conferencia de prensa clandestina junto a Jorge Born, luego de nueve meses y un día de cautiverio. Fue posible saber luego que la famosa foto del secuestrador y el secuestrado se había tomado en una casa de la calle Libertad 244, en Martínez, en la época un aguantadero de dos agentes de la SIDE dedicados a los secuestros extorsivos.
Se atribuyó a los montoneros, también, haber pactado con el entonces poderosísimo almirante Emilio Massera, cuanto menos, una tregua futbolera, y al propio Firmenich una cita en París que él siempre negó.
El año de los tres papas, aquel 1978 tan asociado aquí con el Mundial, terminó con preparativos bélicos, oscurecimientos en las ciudades, supuestos trenes cargando ataúdes y la guerra que no fue. El gobierno militar había logrado con la pausa del fútbol parte de sus objetivos distractivos, pero cerca de la Navidad la escalada con el Chile de Pinochet -esa vez sin batir el parche en las plazas, como tres años después en la guerra que sí fue- mostró el aislamiento del régimen, hostigado por los Estados Unidos y amonestado por El Vaticano reparador. La fortaleza doméstica del régimen, sin embargo, era evidente.
Muchos argentinos que se concentraban en administrar su cuota de beneficios de la política cambiaria derrochista y que llevaban cerca de una década intercalados en una violencia coral difícil de descifrar, seducidos por la propaganda oficial que se descomprimía admitiendo "excesos" o sumidos en una apatía protectiva que había exagerado el instinto de conservación, repetían "por algo será" cuando un caso atroz llegaba a sus oídos. Las atrocidades invisibles, después se entendió, ocurrían en forma contemporánea con esa superficie ordenada y mansa.
El régimen estaba fuerte para todos menos para los análisis de la conducción montonera, que especulaba desde Europa con levantamientos populares incipientes, huelgas exitosas y fisuras esperanzadoras del frente militar.
Tras los picos iniciales, la intensidad de la represión ilegal había decrecido al compás del debilitamiento de la guerrilla, la subversión terrorista según la abarcativa designación castrense que incluía matanzas ajenas a la insurreción, como la de la diplomática de carrera Elena Holmberg, secuestrada por un grupo de tareas en diciembre de 1978.
La contraofensiva
Existen distintas percepciones del poder de fuego que conservaba la guerrilla hacia el cuarto año del Proceso. Hay quien dice que mucho antes había sido fulminada. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) estaba efectivamente desmantelado y la propia contabilidad montonera calculaba ya una pérdida de dos mil cuadros. En cambio, no hay demasiada controversia sobre el vigor que exhibía la Junta Militar, por más que en su seno Emilio Massera construyera desde el primer minuto su propio poder totalitario e hiciera planes para reencarnar a Perón o que el general Menéndez intentara destronar a Videla. En 1979, incluso, la Junta iba a aceptar la presencia en Buenos Aires de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), claro que con más intrepidez y soberbia que sumisión.
En ese crucial diciembre de 1978 varios montoneros habían sido comisionados para recorrer las colonias de exiliados de México y Europa y explicar que la organización consideraba que debía terminarse de "derrotar a la dictadura": se estaban reclutando combatientes para la contraofensiva. Según una reconstrucción de esa trasnochada temporada de ardor juvenil armado, del grado de oficial hacia arriba, la conducción elegía a los que integrarían la contraofensiva. Y hacia abajo la aceptación era voluntaria, si es que cabe el término: entre las nuevas camadas de disidentes abandonar la organización representaba un problema complejo, cargado de angustias y conflictos personales. Desertar no necesariamente era traumático por temor a una represalia sectaria, sino, cuentan ex guerrilleros, por la pérdida súbita de un mundo referencial inigualable, excluyente. Poco sabían de la vida común fuera de los códigos de "la orga", sobre todo los adolescentes.
¿Por qué la cúpula montonera, en medio de la derrota, entendió que había llegado el momento de realizar una contraofensiva en su enfrentamiento con las Fuerzas Armadas? ¿Y cómo se explica que después de esa contraofensiva fallida viniera otra?
Medio centenar de prisioneros, antiguos dirigentes montoneros o viudas de militantes habían sido liberados por la Armada y enviados al exterior. En Europa, entre las estructuras montoneras sobrevivientes, organizadas al punto de que se les había ordenado el uso obligatorio de uniforme de guerra (que los oficiales montoneros llevaban en un bolso a las reuniones, iniciadas tras una breve sesión de vestuario), la llegada de esos nuevos exiliados produjo emociones mezcladas con sospechas: tras pasar por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) -y sobrevivir-, su pureza no estaba garantizada. Temían que estuvieran controlados por el Servicio de Inteligencia Naval (SIN). Por lo demás, no habían llegado solos. La Armada de Massera tenía agentes repartidos por las principales capitales, muchos de ellos procedentes, también, de la ESMA, incluido el que ganaría mayor fama internacional, Alfredo Astiz, en su etapa de infiltrado anónimo. Una montonera, en París, llegó a advertirlo cuando el Angel Rubio se hacía pasar por familiar de un secuestrado, pero tardaron en creerle. Y Astiz logró huir justo cuando lo estaban por desenmascarar. Evidentemente es delgada la frontera entre la intuición de la inteligencia y los soplidos de las redes de contrainteligencia.
Tiene Bonadío en su juzgado un informe del Batallón de Inteligencia 601 que demuestra que el Ejército disponía en junio de 1980 de un panorama muy detallado del remanente montonero estacionado en el exilio. Al margen de que la buena calidad de esa información se deba a la tortura, sería sorprendente descubrir que los jefes montoneros ignoraban -o ni siquiera deducían- hasta qué punto la inteligencia militar sabía todo sobre ellos.
Lejos de pensar en el final de la lucha, los jefes continuaban enviando militantes a El Líbano para su entrenamiento militar, en grupos de a treinta. En plantaciones de bananas, patrocinados por los palestinos, tenían allí como vecinos a brigadas fascistas que hacían lo propio.
La primera contraofensiva, pergeñada en Madrid, dejó pasar el año del Mundial para el que había sido imaginada en un principio y se desplegó en 1979. Oficialmente fue aprobada, en medio de un clima triunfalista, en un convento en el norte de Italia, adonde los dirigentes llegaron procedentes de España, Francia, Suecia, México e incluso de la Argentina. Ese fin de semana de enero de 1979 dispusieron la "Campaña de Contraofensiva Estratégica Comandante Carlos Hobert". La gran mayoría de quienes volvieron al país fueron muertos.
De la guerrilla al gobierno
No todos. Miguel Angel Lico, durante muchos años funcionario del gobierno de Carlos Menem a cargo del Plan Arraigo, área del Estado donde incluso empleó a María Eugenia Martínez Agüero de Firmenich, fue uno de los montoneros que volvieron con la contraofensiva de 1979. Había estado preso en Villa Devoto un año y medio, luego le dieron la opción para salir del país, se fue a Estados Unidos, de allí a México y volvió a entrar en la Argentina.
A otro montonero, Jorge Rachid, primer secretario de prensa y difusión de Menem y, como tal, privatizador de los canales, se le preguntó en una oportunidad qué pensaba, pasado el tiempo, de Firmenich. Su respuesta textual fue ésta: "Yo con Firmenich tengo una cosa que no me la puedo sacar de encima, la caída de tantos compañeros en la contraofensiva de 1979. Creo que fue un desatino aventurero que sólo podía responder a dos cosas: a un acuerdo de entrega de cuadros o a un mesianismo fuera de toda realidad" ( Montoneros, soldados de Menem. ¿Soldados de Duhalde?, Viviana Gorbato, 1999).
Muchos ex montoneros piensan que la conducción osciló entre el error y la culpa "política" por haber enviado a jóvenes a la muerte, en esa ocasión en forma nada metafórica. El más locuaz de todos, el periodista y escritor Miguel Bonasso, cuyos textos también ilustran la causa del juez Bonadío, escribió hace ya dos décadas: "En diciembre de 1979, el fracaso catastrófico de la `contraofensiva´ montonera actuó como agente catalizador, sacando a la luz una lucha de vieja data: la que libraban en sordina los cuadros que querían una política de masas y el núcleo foquista que manejaba el aparato" ( Recuerdo de la muerte , 1983). Pero "la discusión interna duró poco: en abril de 1980, Montoneros conoció una nueva fractura de proporciones". Según las fuentes que se consulten hay diferencias en las fechas, aplicadas en unos casos a la decisión y en otros a la acción y las secuelas del fracaso.
Las escisiones casi siempre aparecían ligadas a novedades militares desajustadas con el discurso político o, directamente, con la razonabilidad, vista, se entiende, desde la propia lógica insurreccional. Aquella adicción viciosa e irreductible a la violencia también tenía matices entre la tropa que se ilusionaba con la patria socialista.
La "operación Traviata", el asesinato de José Rucci al día siguiente del tercer triunfo electoral de Perón, en 1973, había desencajado, por ejemplo, a una parte de la militancia intermedia, aunque más estremecedor fue, puertas adentro, el "debate" en el seno de la conducción al proyectarse el atentado de 1979 contra el entonces secretario de Planeamiento Guillermo Walter Klein, que consistiría -consistió- en volar su casa, en Olivos, con dinamita. Entre los puntos de discusión figuraba el dilema entre limitar el atentado a Klein o matar también a sus pequeños hijos. Un documento de los semidisidentes, conocidos como "los tenientes", atribuye a Firmenich la posición infanticida.
En cuanto a la contraofensiva, dicen Marcelo Larraquy y Roberto Caballero en su biografía de Rodolfo Galimberti que éste votó a favor, pero luego intentó disuadir a algunos montoneros advirtiéndoles que la conducción los estaba llevando al suicidio. También dicen que el 22 de febrero de 1979, un documento que llevaba las firmas de Galimberti y de Juan Gelman denunciaba el sectarismo maníaco de la organización, la burocratización de todos los niveles de conducción, la ausencia absoluta de democracia interna, el resurgimiento del militarismo foquista y el progresivo aislamiento de los cuadros con respecto a las masas.
La segunda contraofensiva, más absurda que la primera, se sitúa en febrero de 1980. Involucró a 15 militantes-combatientes, dos de los cuales estaban en Brasil y tenían tareas de coordinación y apoyo.
Gracias a su propia historia, Cristina Zucker, hija del actor Marcos Zucker y hermana de uno de los montoneros muertos en la segunda contraofensiva, logró en diciembre de 2002 mantener una larga conversación en España con Firmenich publicada hace poco por Página/12. Se trata de un reportaje inteligente y esclarecedor, en el que Firmenich presenta a su organización, sin pudor, como un modelo de democracia interna, menosprecia su propio poder de decisión y se ofende ante la hipótesis de que hubo en la cúpula un entregador. La autora cuenta allí cómo cayó su hermano Esteban (a quien Firmenich primero niega haber conocido, luego lo admite), víctima de la Operación Guardamuebles, llamada así porque los montoneros habían escondido armas y documentos en muebles guardados en un depósito de Malaver 2851, en Olivos. El Ejército, bien anoticiado, se hizo cargo del local guardamuebles, esperó a que aparecieran los dueños de las armas escondidas y desmanteló la red, matando a sus integrantes.
Por toda explicación, Firmenich maldice la teoría de los dos demonios en la que involucra a la causa Bonadío y denuncia que se les está haciendo a los montoneros una "guerra sucia" con concurso de periodistas y medios. Lo curioso es que "guerra sucia" es la misma expresión utilizada por los militares para justificar los "excesos".





