
Una historia loca que de ficción no tiene nada
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Aunque no le auguraría una absolución, puede que Cristina Kirchner sea juzgada por la Historia, como pretende. Pero antes de eso debió someterse al imperio de la ley. Como cualquier mortal. Es decir, tras un proceso en el que gozó de todas las garantías fue juzgada por tres jueces que, al momento de dictar sentencia, exhibieron una distancia y una imparcialidad acorde a su función. Las mismas que mantuvieron cuando una vicepresidenta procesada les espetó, sin el menor respeto por su investidura, y en otro loop de ese mecanismo psicológico por el cual las culpas propias son siempre ajenas, que los condenados por la historia serían ellos.
Sin duda, el tiempo pondrá muchas cosas en su lugar. Pero la sentencia del Tribunal Oral Federal N°2, que el martes la condenó a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por defraudación al Estado, marca hoy un punto de inflexión en el destino colectivo de los argentinos. Además de reconciliar a la sociedad con la verdad, el fallo dice que la ley se impone (puede imponerse, debe imponerse) al delito cometido por el poderoso.
La sentencia se basó en la incontrastable evidencia reunida por los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola. En su alegato, Luciani resumió la trama: “Al asumir Néstor Kirchner la presidencia de la Nación y luego su esposa, Cristina Fernández, instalaron y mantuvieron en el seno de la administración nacional y provincial de Santa Cruz una de las matrices de corrupción más extraordinarias que lamentablemente y tristemente se hayan desarrollado en el país”.
Podría ser el brief de una novela o una serie de Netflix. Las escenas que encierra esta escueta síntesis superaría la imaginación de un, digamos, John Grisham. Haciendo un poco de memoria, se vienen todas en tropel. Si uno se dispusiera a desplegar la narración, ahora que el fallo le dio un final a la historia (provisorio, pero final al fin), ¿por dónde empezaría? ¿Por qué imagen?, ¿por qué personaje?
La riqueza narrativa que ofrece la impensable ruta del dinero, bolsos voladores aparte, es casi infinita.”
Podría ser por Néstor Kirchner, el gran ausente. Fue el arquitecto de la matriz de corrupción por el que los santacruceños embolsaron, según consta en el expediente, unos 1000 millones de dólares (de los 3000 que recibió Lázaro Báez a través de la obra pública). La escena sería la de su idilio con la caja fuerte. Un modo, también, de introducir en el relato el objeto de deseo que desata las pasiones e impulsa el drama (de un matrimonio, de una familia, de un país entero). Kirchner repetía que para gobernar había que tener plata. Quería sentarse, de igual a igual, en la mesa de los verdaderamente ricos y poderosos. Pero su relación con el dinero iba más allá de lo instrumental. Mostraba una fascinación literal, sin metáfora, por el papel pintado. En la escena, eso se refleja en el gozo indisimulable de saberse dueño no solo de esa mole de hierro, sino de lo que había adentro. Y en la célebre palabrita que pronuncia.
Otro personaje atractivo para la escena inicial es Báez. Podemos situarlo detrás de una mampara, como un empleado de banco que se mueve en un Ford Falcon modelo 1972 y aún no imagina que será dueño de 415.000 hectáreas en la provincia que lo adoptó. O avanzar en el tiempo y arrancar por la creación de Austral Construcciones, el 8 de mayo de 2003, 17 días antes de que Kirchner asumiera la presidencia de la Argentina. No es difícil imaginar la charla que los dos habrán tenido entonces, cuando todo estaba por hacerse.
Otra alternativa es comenzar por un personaje secundario pero revelador, el secretario privado millonario (dueño de 36 propiedades y más de 30 autos de alta gama), en la misma mañana en que aparece asesinado. O abrir, a partir de otro secretario privado, con una imagen aérea de la exótica Turks and Caicos, isla donde familiares y socios del secretario ya fallecido pensaban abrir un complejo hotelero de lujo de unos 200 millones de dólares. La riqueza narrativa que ofrece la impensable ruta del dinero, bolsos voladores aparte, es casi infinita.
Un buen comienzo, cargado de épica, podría ser la denuncia por corrupción que Elisa Carrió y sus colaboradores presentaron en 2008. Todos la tildaban de exagerada y el tiempo le dio la razón. Más aquí, podemos elegir el alegato de Luciani o el momento en que el juez Jorge Gorini lee la sentencia. En su catarsis, Cristina Kirchner acusó luego a jueces y fiscales de integrar un “sistema mafioso”. Pero, más allá de funcionarios judiciales que se rinden a los privilegios del poder, la condena llegó en este caso de aquella parte de la Justicia que sigue en pie, la que no entra en viejos vicios y ha resistido el asedio sistemático del kirchnerismo. Hay épica allí también.
La historia es tan grande y alocada que parece ficción. Pero no lo es, como acaba de probarse a través de un proceso judicial que nos hace sentir, a una enorme cantidad de argentinos, un poco más dignos. Todo esto es real. Es verdad. Y es solo el principio. La historia total, la saga mayor, ya está escrita. Es una novela rusa: tiene más de 170 procesados y más de 30 arrepentidos que han contado todo. También tiene título. Se llama “Los cuadernos de las coimas”.





