
Una indómita costumbre argentina
Piedras arrojadas sobre las opiniones divergentes. Insultos a la libre interpretación de los hechos. Desprecio al periodismo plural. Ironías malintencionadas a la oposición. Censura a los matices internos. Autoritarismo explícito en el lenguaje. Agresiones al Parlamento. Verborragia agresiva. Dogmatismo. Extrapolaciones interesadas. Vulgaridad expresiva. Ego, ira y exabruptos. Estigmas y apodos ofensivos. Infamias, mentiras y medias verdades. Excesos, desbordes y sonrisas despreciativas. Demagogia. Policía de las ideas. Asedio al pensamiento libre. Cobardía de red social. Desdén por las instituciones. Insensibilidad e ignorancia hacia la cultura y la educación. Imperio de la economía. Sobreactuación y megalomanía. Soberbia intelectual. Confrontación. División. Burla. Calumnias e injurias. Autocensura. Silenciar y desoír. Personas de bien y gente que no.
“Es como si el país y su gente no fueran la misma cosa, sino un permanente encono que empuja a la separación, al exilio o al desprecio”, escribió Osvaldo Soriano, y la cita también vale hoy, en un homenaje a Borges, refiriéndose a esa indómita costumbre argentina de dividir, desprestigiar o ideologizar absolutamente todo.
El país, como nunca en su historia reciente, es atacado en dos baluartes de su vida republicana: la prensa libre y la división de poderes. La paradoja y novedad es que se lo hace desde un poder al que se accedió por mecanismos basados en la competencia libre, plural y democrática. Desde ese lugar institucional, de privilegio y poder, también se denuesta el ejercicio de la política como herramienta de transformación, participación y compromiso ciudadano.
No podemos negar el deterioro de la dirigencia en sentido amplio, no solo la política, pero invalidarla in totum es apostar al mesianismo de quienes se consideran exentos de error, bañados de alguna especie de pureza y, por si fuese poco, poseedores de las ideas definitivas. Abandonarse a eso, perdiendo sentido crítico, es tanto o más peligroso que continuar en el mar de mediocridad en que nadamos, intentando llegar un puerto calmo, casi siempre esquivo.
Frente a este estado de cosas la receta no es el silencio o la resignación, argumentando que una mayoría apoya a la actual administración. Las mayorías en las democracias son transitorias, y al amparo de ellas no se puede tolerar ninguna arbitrariedad o abuso de poder.
Ya lo advertía Alexis de Tocqueville cuando afirmaba que en democracia puede surgir un despotismo basado en la presión ejercida por una mayoría sobre la minoría y, como consecuencia de eso, sobre el pensar y sentir de los individuos, por medio del dogmatismo y el miedo a la diferencia que los (nos) puede llevar a la autocensura. Decía, en La democracia en América (1835-1840), que por esas razones la tiranía de la mayoría debe ser temida tanto como el absolutismo o el autoritarismo, ya que no es otra cosa que la evolución (por vía democrática) del autoritarismo.
El filósofo francés escribía luego de observar la democracia norteamericana, sin dejar de señalar sus aciertos y virtudes, pero también sus amenazas, especialmente las que podrían surgir desde las mismas entrañas del sistema. Vale la pena traerlas a colación al ser testigos del espectáculo de encono permanente que protagoniza el Presidente, imitando y perfeccionando aún más un estilo usado por quienes lo precedieron en el cargo. Degradante de la investidura que ejerce por mandato popular. Tan probadamente ineficaz para sacar al país de la ciénaga que habita desde hace décadas.







