
Una muestra imperdible en el Malba
Una de las muestras imperdibles de estos últimos meses del año es la de Alicia Penalba en el Malba. Es la primera vez que se exponen obras de la escultora argentina en el país. No es una exposición retrospectiva, sino una antología de sus obras abstractas. Una de las esculturas más bellas es Méteore, que perteneció a la colección de María Luisa Bemberg. Quizá la impresión que causa el conjunto sería aún más fuerte si se le hubiera asignado un espacio más vasto a las magníficas piezas en exhibición. Porque esas esculturas hablan de espacio y lo exigen.
Penalba se fue de la Argentina a Francia en 1948, cuando tenía treinta y cinco años. Había nacido en 1913. Murió en un accidente en el sur de Francia en 1982 cuando el coche en el que viajaba junto con su compañero, el fotógrafo Michel Chilo, embistió un tren. El hecho fue especialmente macabro porque Alicia y Michel se dirigían al sepelio del padre de éste. Michel fue despedido del automóvil y murió al mismo tiempo que Alicia, atrapada en el vehículo, que se incendió.
En el prólogo del libro sobre Penalba, el escribano Mario Kier Joffé, actual responsable de la obra de la artista, cuenta que hasta 1982 ignoraba todo sobre ella, pero un domingo de noviembre de ese año, estaba con Natalio Povarché, el galerista de Rubbers, organizando una subasta. Povarché recibió un llamado telefónico desde París. Era el poeta y crítico de arte Ángel Bonomini. Éste le pidió a Povarché que intercediera ante el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Argentina para que protegiera la producción de Penalba, dispersa en sus casas de Francia y de Italia, así como en galerías y fundiciones. Días más tarde, Kier Joffé recibió en el estudio jurídico que compartía con su socio Juan José Murray a Amadeo Binci, ex esposo de la escultora, de la que se había divorciado en 1965. En esa época, el divorcio en la Argentina no permitía que los ex cónyuges volvieran a contraer casamiento con otras personas. Binci quería acreditar su condición de viudo para poder contraer matrimonio con su nueva pareja, María Agustina Rosa. Después de una serie de complejas peripecias legales y de haber descubierto trámites inconclusos, resultó que Binci era el único heredero de Penalba. Mario Kier Joffé se convirtió en su representante y, por eso, con el tiempo, una buena parte de las obras de la artista y su archivo terminaron en Buenos Aires.
El día de la inauguración de la muestra, la curadora Victoria Giraudo y la crítica Laura Isola tuvieron una conversación pública sobre Penalba. Isola leyó un fragmento del Diario de Alejandra Pizarnik en el que la poeta retrata con humor a la escultora en su taller de París, rodeada de sus trabajos y sus ayudantes. Pizanik compara a Alicia, vestida con pantalón y botas, con un patrón de estancia que se desplaza entre sus propiedades dando órdenes a los peones.
Entre los asistentes estaba la escultora Vechy Logioio, que no sólo fue amiga muy cercana de Penalba en París, sino también la compañera de Ángel Bonomini, el primero en preocuparse por la suerte de las esculturas que había dejado Alicia. Vechy la recuerda con mucho afecto: "Era una mujer muy fuerte, con una enorme energía, pero podía ser muy femenina y terriblemente seductora. Iba muy a menudo a su taller del Marais. Ponía música, tomábamos té, charlábamos. Hasta que la conocí, me dedicaba a pintar. Pero verla trabajar fue una inspiración y decidí abrirme camino en la escultura. En una ocasión, Alicia nos llevó a Bebe (Ángel Bonomini) y a mí a Pietrasanta, en la Toscana. Fue un viaje muy hermoso. Allí tenía una casa y un estudio porque en esa localidad estaban los talleres de fundición de los que salían sus obras. Conocía a fondo los aspectos técnicos de ese trabajo. Era asombroso cómo podía concebir y realizar piezas monumentales y, al mismo tiempo, trasladar ese mismo lenguaje a piezas muy pequeñas, por ejemplo, al diseño de joyas. En realidad, sus joyas son esculturas bellísimas. Alicia me escribía cartas en las que las palabras estaban alineadas de modo que dibujaran las formas utilizadas por ella en sus obras, a la manera de los caligramas de Apollinaire. Por párrafos, las frases parecían pájaros, alas o un tótem. Eran regalos que nos hacía a los amigos para mitigar la ausencia".







