
Una piedra en el pozo
Lo que define a la adolescencia y a la juventud es la búsqueda de un absoluto, dice Abelardo Castillo en su entrevista con LA NACION. La búsqueda de ese absoluto nada tiene que ver con el intento de llegar prematuramente a un puerto, sino con el ahondamiento de un tránsito, nada tiene que ver con obturar el mundo con una respuesta anticipada, sino con ahondarlo mediante el descenso de una pregunta. La adolescencia es el momento en el que el mundo, antes sólido, se convierte en materia combustible, en simultáneo con un espíritu que a su vez se torna crecientemente inflamable. Es el momento en que no se aspira a poseer el mundo sino a ser poseído por él, en que se descubre la multiplicidad de mundos que hay en el mundo, en que se intuye su definitiva ambivalencia. Es el momento en que se profundiza la compañía y también la soledad.
Hay una súbita indistinción entre el exterior y el interior, porque todo lo que está afuera se ve atravesado por una mirada interior y todo lo que está adentro es traspuesto y desplegado imaginariamente hacia el exterior. La literatura es, en la juventud, el umbral que comunica ambas instancias. Es donde se puede vivir todo sin vivir nada, es el lenguaje que alivia y ahonda a la vez la extrañeza ante el mundo. La adolescencia entretejida con la literatura llevaba, en aquellos años, a una visión heroica de la vida, en línea con aquella frase de Nietzsche: di tu palabra y rómpete. Suponía despreocuparse por la meta, en la línea de Kazantzakis: "Luchamos porque nos gusta; cantamos aunque no exista oído que nos escuche... La esencia de nuestro dios es el combate."
Pero, ¿es posible hoy una adolescencia como aquellas románticas que llevaron a Castillo a soñar con morir joven, inspirado en los poetas malditos? Tal vez el espíritu de la época haya hecho un viraje definitivo y ya no sea posible imaginarlo, así como es difícil imaginar hoy la emergencia de autores del estilo de Kazantzakis, Hesse, o Dostoievski. La época parece haber quebrado cierta zona del espíritu y ha hecho improbable la visión heroica de la vida. Pero una cosa no ha cambiado. Decía Hermann Hesse: "Una piedra había caído en el pozo: el pozo era mi alma joven". El día que esa piedra cae, ya nada vuelve a ser lo mismo. Tal vez el trabajo de toda una vida siga siendo buscar una piedra caída tempranamente en el fondo de nosotros mismos.
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