UPD. El último primer día del resto de tu vida

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11 de marzo de 2020  • 15:08

"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres", le dijo el zorro al Principito. Hoy por hoy, esta racionalidad se ve falseada: la emoción no se exacerba a medida que el momento cúlmine se acerca, sino que se queda en los avances. Se extingue en ese toco y me voy propio de una cultura de la rapidación, la fugacidad y la obsolescencia planificada. La lógica de la previa se instala en todo, también en el ciclo escolar cuando se festeja precozmente la finalización de una etapa que tiene plena vigencia aún. Si todo es pre, el goce tiene que adelantarse y es altamente probable que no llegue a consumarse en el momento indicado. El imperativo es celebrar por adelantado; ya no se valora el proceso y el resultado, sino la inminencia.

Así, en un festival de rituales, que van desde el más ingenuo disfraz, la murga, la batucada y el ansiado estreno del buzo de egresados, hasta los más invasivos huevazos, pintadas, pirotecnia, cortes de tránsito, empujones y corridas, el UPD (Último primer día) ya es parte del folklore autóctono. Todo un despliegue de producción de nuestros adolescentes, estudiantes del último año del secundario, regado por el alcohol consumido a lo largo de una meneada noche de emociones y excesos. Porque el UPD comienza generalmente en la víspera, en un espacio de reunión donde la camada converge, festeja y permanece unida hasta las primeras horas del día siguiente, cuando sale rumbo al establecimiento educativo, generando algún que otro disturbio en los alrededores.

Esta práctica, que integra una cultura popular juvenil de corta raigambre, pone en estado de alerta a padres y demás familiares, vecinos, profesores y hasta funcionarios de gobierno. Lo cierto es que cada año sube de tono, viene recargada y habilita versiones de mayor impacto: son las imágenes del descontrol y de esa típica rebeldía de la edad las que se viralizan en redes y el efecto global se potencia. Como en una tácita competencia, vemos quién va por más. Es así como, en un estado de vigilia alterado por las horas de insomnio y fiesta, sin descanso ni aseo, chicos y chicas llegan en manada al colegio, lugar donde directivos y docentes deben recibirlos y bajarlos a la realidad del aula. Porque el ciclo académico recién empieza y los espera un trayecto largo, muy largo, hasta la esperada graduación.

"Es el último año, déjennos disfrutarlo", suele ser su argumento. Como si la vida no les fuera de deparar una infinidad de situaciones susceptibles de ser paladeadas con idéntica o mayor intensidad. A pesar de ello, padres y madres aceptamos con cierta complicidad las condiciones impuestas. ¿Por quién? No lo sabemos. Cómo fue que se gestaron esta y otras costumbres del estudiantado y cómo evolucionaron hasta sus formas actuales escapa a nuestro conocimiento y debiera ser materia de análisis. Pero antes que indagar en sus posibles causas, desde nuestro rol parental, vale preguntarnos cuánto y de qué manera hemos dialogado con nuestros hijos sobre sus inquietudes y deseos, cómo hemos procurado acercarnos para descifrar sus puntos de vista y motivaciones. Porque solo a partir de un encuentro auténtico y profundo, en un ida y vuelta sin imposturas ni imposiciones, podemos resignificar este UPD y vislumbrar junto a ellos los otros primeros días que vendrán y la certeza de que cada uno será único en su especie. Encontraremos las palabras precisas para producir un estímulo adicional en el comienzo de un ciclo en el que deberán afrontar decisiones trascendentes para su futuro, y estaremos en condiciones de evaluar en la misma sintonía qué aspectos saludables y tóxicos identificamos en la secuencia de eventos que se suceden, tradicionalmente ya, durante el período final de la escuela secundaria.

Paralelamente y en clave personal, cabe habilitar una reflexión sobre nuestros propios proyectos como sociedad, nuestras heridas y enfrentamientos, que nos permita recuperar la empatía perdida, ponernos en el lugar de nuestros adolescentes y asumir el propio: el de adultos referentes y responsables de la formación de las generaciones venideras. Una revisión de nuestras trayectorias vitales nos facilitará la comprensión sobre los procesos que depararon el actual estado de cosas, animándonos a promover microcambios individuales, contraculturales quizá, pero tremendamente necesarios.

La autora es directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

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