Vaciar el lenguaje, esa maldita moda
Por Orlando Barone
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LA palabra "maldita" corre el riesgo de agotar y vaciar su significado. La recurrencia publicitaria a emplearla para descalificar y acusar a una cosa, a una ley o a un grupo humano podría acabar por diluirla y aguarla. Ya sucedió con aquella palabra, "bruja", que de su sentido diabólico medieval pasó a denominar en diminutivo a un jugador de fútbol. La palabra "maldita" todavía está fresca, aunque la tendencia por exaltarla amenace envejecerla.
Empezó con aquel título de la tapa de la revista Noticias de hace cuatro años -junto a la fotografía del policía bonaerense Klodczyk tomado desde arriba por José Luis Cabezas- que se propagó como un eslógan inmejorable.
"Maldita policía" resumía el descalabro institucional de la "bonaerense" y dejaba en ridículo el desacertado ensalzamiento pronunciado por Duhalde. El juicio que acabó con la condena de los asesinos de Cabezas -dejando de lado el agujero negro que se produjo con la muerte de Yabrán- alivió a la Justicia de cargar también con el calificativo.
Más allá de por qué un adjetivo -que podría haber sido sustituido por sinónimos como execrable, endemoniada, ruin o malvada- adquiere una súbita adhesión popular y mediática, está ahora la probabilidad de que su uso indiscriminado domestique su sentido.
Una de las últimas versiones apareció en el afiche del gremio La Fraternidad, donde dice: "Maldita reforma laboral". Exaltada y tardía maldición que sorprende después de tantos años, como sorprendería que un sometido largamente recién reaccionara cuando ya no hay ni tiempo ni esperanza.
No es afán de esta crónica preguntarse qué contraofensiva le merecieron a La Fraternidad frases ya legendarias como "ramal que para, ramal que cierra" o los ingentes despidos de ferroviarios durante una década. Tampoco dudar acerca de la creatividad de su diseño que copia el reciente afiche oficial "Maldita cocaína", que no aporta ninguna novedad acerca de la opinión que dicha sustancia le merece a la mayoría, mientras la minoría adicta pasará de largo sin leerlo.
Si prosperara el abuso se podrían inaugurar futuros afiches: "Maldita oblea" o "Maldita barra brava", hasta extraerle al adjetivo su naturaleza feroz y convertirlo en un inocuo comodín para colocar en cualquier circunstancia.
No es nada arriesgado augurar algún programa de televisión que lleve esa palabra en el título, o un grupo de rock, algo hard , que se llamara, por ejemplo, Maldita Cumbia o Maldita Ricky Martin. En el conurbano se anunciaba un conjunto rockero llamado Mal de Parkinson. Ya debería haber una discoteca que se llamara Maldita, instalada en el Gran Buenos Aires. Hay una maldita vocación por el ingenio efectista y la síntesis verbal que adultera el lenguaje con tal gracia que disimula el vaciamiento.
Ya sucedió con la palabra trucho , que ablanda y torna casi jocosa la gravedad de la fuente que lo origina: la falsedad, la estafa, el fraude. Calificar a un simulador como trucho y a una artimaña contra la ley, de trucha , es argentinizarlos -es decir suavizar, relativizar, resignarse- en vez de definirlos con la ferocidad de un concepto o del verbo original.
Los españoles suelen ser claros en ciertas cosas: las nalgas son el trasero (cuando no la palabra cruda) y jamás la eufemística "cola"o "colita" con que la gente, los medios y los periodistas de aquí nombramos a esos sustanciosos y libidinosos traseros de playa como si fueran de inocentes criaturas.
El antónimo de maldita es bendita, palabra que nombra la bienaventuranza y la dicha. A nadie se le ocurriría calificar de bendita a ninguna policía del mundo, para ser justos. Se exime de esta probabilidad a los sindicalistas nacionales, aun a los más buenos, porque deben arrastrar tal container de residuos no biodegradables, que les será ardua cualquier purificación.
En verdad, salvo en sentido religioso, no debe de haber nada en el mundo que se califique de bendito o bendita sin parecer un empalago. El recurso del radicalismo de lanzar un nuevo afiche proclamando "Bendita seguridad" es un exceso dialéctico consecuencia del éxito de "maldita", que frena cualquier creatividad. La afirmación original en femenino está impuesta por policía, a la que no le cabe sino el artículo la. No se sabe qué tipo de adhesión tendría "maldito" adjudicado a un individuo reprochable. El único antecedente es El muñeco maldito remoto programa de televisión de terror que hoy sería humorístico.
Si se globalizaran los plebiscitos, ¿qué resultado obtendría preguntar si la globalización es bendita o maldita? Ya se sabe qué contestaría Clinton, embriagado de superávit. Y qué deberían responder, si fueran serios, los presidentes de países reducidos a ser la coreografía deficitaria.
Hace poco, a raíz de los disturbios callejeros en Davos, el presidente de México calificó a los manifestantes como "globofóbicos", basado en la injustificable ilusión de que la sociedad que él gobierna se ha globalizado de dicha. Pero las respuestas a aquel supuesto plebiscito tendrían en la Argentina diferentes circuitos de bendición y maldición. Uno sospecha qué responderían, respectivamente, un excluido y un ganador. Ahora habría que ver si el damnificado y el agraciado responden según el Evangelio o según la ley de Darwin aplicada salvajemente a los humanos.
Maldita es una palabra de moda. Por algo será.


