
Valijas, valijeros y desvalijados
Por Orlando Barone
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Es habitual ver valijas esperando en el lobby de un hotel, o dando vueltas a la calesita en la cinta del aeropuerto. Más raramente se ve una valija cargada de desechos en un contenedor de la calle, o al visitar la baulera se ve alguna antigua conteniendo el pasado de sus portadores. Hay un copioso mundo de valijas. Están las de rango vip, como las Vuitton, Hermes o Samsonite, que tienen más usuarios que los que se identifican. Y están las de turistas de pasaje de oferta, que se destartalan de sólo sacudirse.
Una mención aparte merecen las valijas de noticias policiales. Esas que contienen porciones de un cuerpo humano, que el descuartizador acomoda pacientemente obsesionado de que por alguna abertura no se escurra la sangre. Cuando una valija delata hay que abrirla. Y ahí empieza el cuento, y enseguida la novela por entregas. Una valija puede inspirar más ficciones que un fantasma. La dramaturgia creó algunas inolvidables. Como esas dos valijas de Muerte de un viajante . Las que cada noche, de regreso derrotado a su casa, Willy Loman (o Fredric March o Alfredo Alcón) depositan al entrar como si descargaran el cadáver de un único sueño muerto. El "valijerismo" mediático no quiere ser menos. Y presume que el Watergate puede importarse y reducirse aquí al tamaño aeroparque.
El filólogo Joan Corominas en su famoso diccionario etimológico explica el origen del vocablo "valija". Dice: "Primera mitad del siglo dieciséis. Del italiano valìgia . La palabra parece ser oriunda del norte de Italia, con forma antigua valìge , femenino que podría corresponder a una base valîce , de origen incierto, probablemente prerromano, acaso relacionado con el celta vàlon ( cercado, redil, valla), con la acepción inicial: envoltorio". De valija vienen "valijero" y "desvalijar". Este último verbo está en desuso. Ha sido reemplazado por "vaciar" o "saquear", más efectivos. ¿Por qué la valija y sus acepciones son frecuentes en la historia y la agenda argentinas? Aquel remoto virrey Sobremonte, para alzarse con la plata de la corona usó baúles y arcones, pero no desdeñó usar alguna que otra valija. Ya más cerca se consagró un attaché de senado patriótico y algún bolso involuntario y modesto.
Aunque también estuvo la mochila tamaño camping de aquel anónimo empleado del ministerio de Economía que la llevaba desde esa sede, a la espalda, hasta la Casa Rosada. Cargada inocentemente con los sobresueldos del Gabinete de la década opulenta.
E invisibles hasta para los ojos de la máquina de Dios son las valijas diplomáticas, y las de los valijeros de las corporaciones que vuelan en jets a pruebas de aduaneros. Es curioso que en la modernidad de los bips, y del dinero inasible, que pasa de un hemisferio a otro sin dejar rastros, algunos sigan prefiriendo el sistema artesanal de la valija a cargo. Y rogando que no se le rompa el cierre, o de que el que hace la limpieza en la sala de embarque, mientras pasa el escobillón no la despanzurre con el palo, revelando sin querer el contenido. La valija es recurrente. Fue un clásico el estereotipo de la "provincianita arribando a la estación terminal, arrastrando una valijita con ella adentro. Ya en 1927 el tango A la luz del candil habla de equipaje: "Arrésteme sargento y póngame cadenas... Las pruebas de la infamia las traigo en la maleta..." El contenido es sentimental: apenas las trenzas de la china y el corazón del traidor. Igualmente popular el calificativo "maleta" nace con el jockey torpe que le hace sentir su peso al caballo que monta. Le pesa como una maleta. Pero las valijas clandestinas son otra cosa. No cargan ropa ni pasiones: cargan plata. Y cosa curiosa, por más abultada que sea la suma que contengan, nadie quiere ser el propietario, el destinatario ni el remitente.
Un mérito tienen: aportan enigmas irresueltos que a la ciencia ética argentina le hacen agua la boca. Una valija tiene una carga limitada. Pero aquí logra la hazaña de ser más inmoral y delictiva que el banco Lehman Brothers.




