¡Vamos, Argentina, todavía!
Hasta los argentinos más enamorados del American way of life , y que lo disfrutan cuantas veces pueden visitando Miami, Orlando o la Big Apple , al regresar al terruño suelen experimentar un amargo resabio. Porque si bien se admite que no existe comparación entre ambas naciones, al criollo le gustaría que en ese país, donde todo parece que ya fue inventado y funciona de maravillas, hubiera lugar para un aporte en el que se reconociese el sello de estas pampas. Por ejemplo, que George W. Bush adoptase un día el mate para desayunar y declarase que a partir de entonces funciona como un reloj, o que Anne Krueger le pusiese por fin la firma al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, expresando que un país que ha inventado la salsa golf y el revuelto Gramajo no puede seguir con sus actuales padecimientos. Pues bien, tal vez haya llegado finalmente, del modo más impensado, la gran oportunidad para que la Argentina haga un aporte, y de los grandes, al coloso del Norte.
Como se sabe, descartado el escudo galáctico de la época de Ronald Reagan, ya que la Guerra Fría tocó lamentablemente a su fin, las empresas que viven, y no mal, del contribuyente norteamericano tuvieron una segunda oportunidad con el atentado a las Torres Gemelas. Tras el desencanto provocado por Afganistán, que apenas si movilizó recursos, se les presenta ahora la guerra contra Irak, que demandaría unos 200 mil millones de dólares, y un colosal sistema de espionaje e intromisión en la vida de todos y cada uno de los 6000 millones de habitantes del planeta, que promete tener también un costo fabuloso.
Tecnología barata
Con relación a lo primero, el aporte nativo, salvo sencillos telegramas de adhesión, corre el riesgo de no ser muy significativo. Pero frente al otro proyecto, que dirigirá el legendario contralmirante John Poindexter, a la Argentina se le presenta la gran oportunidad de hacer grandes contribuciones, capaces de mejorar y abaratar los costos, y, de paso, dejar su marca indeleble.
En efecto, hace más de cincuenta años, cuando nadie soñaba siquiera con la cibernética, aquí ya funcionaba de maravillas el sistema de los jefes de manzana, que permitía fichar sin ningún género de dudas a los contreras más tercos. Y en el último piso del Palacio del Correo, sin más instrumental que el vapor de una pavita matera, gente ducha en la apertura de sobres no dejaba pasar ni una sola carta sospechosa sin enterarse de su contenido. Y hoy mismo, con el simple expediente de colocar tipos con buenas orejas en los bares más concurridos de la ciudad, la pareja reinante de Santiago del Estero sabe al momento y a muy bajo precio -ya que todos son empleados públicos- quién está con ellos y quién no merece vivir en esa bella provincia.
El reo de la cortada de San Ignacio entró en el Margot con un lápiz y un papel en la mano y los colocó sobre la mesa del primer parroquiano con el que se encontró. Y como éste lo mirara asombrado, le explicó: "Estoy juntando firmas para que lo nombren a este mozo Bush ciudadano ilustre de nuestra querida republiqueta".





