Velas negras, velas blancas

Enrique Valiente Noailles
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25 de abril de 2004  

Cuenta la historia que Minos exigía cada nueve años que se le mandasen siete muchachas y siete muchachos para sacrificar al Minotauro. Cuando Atenas debió enviarlos por tercera vez, Teseo se ofreció a ocupar el lugar de uno de ellos e intentar acabar con el monstruo. El héroe había convenido con su padre, el rey Egeo, que si la misión tenía éxito, su barco llevaría izadas a su regreso unas velas de color blanco. En caso contrario, las velas serían negras.

Luego de haber vencido al monstruo, Teseo olvidó el pacto que había hecho con su padre. Sucedió así el desenlace trágico y poético del destino: el rey, que todos los días se acercaba al mar esperando noticias, al ver en la lejanía el barco con las velas negras izadas supuso la muerte de su hijo. No pudiendo resistir la tristeza, se arrojó desde lo alto al mar que, desde entonces, lleva su nombre. Y no deja de ser sugestivo que aquello que desencadena la totalidad de la tragedia sea un inocente olvido.

Estamos ahora ante otra historia y otro padre, en un evento que comienza a adquirir también la lenta fuerza de los símbolos. Pero esta historia ha invertido el desenlace: el hombre, al ver llegar las velas negras, indicadores de un final ciertamente ominoso, decidió sobrevivir a toda costa. Y logró enarbolar, en cambio, decenas de miles de velas blancas que, como pequeños navíos, se deslizaron por las calles de Buenos Aires en dos oportunidades.

Como trasfondo de esta nueva historia uno no puede dejar de pensar que el navío de la Argentina es ciertamente extraño: avanza a grandes pasos cuando se izan sus velas negras. Es allí cuando el viento se torna propicio, pero el resto del tiempo permanece a la deriva, sin izar bandera alguna. Y muy esporádicamente iza también sus velas blancas, cuando se quiere torcer el rumbo, pero la verdadera propulsión siguen realizándola los acontecimientos trágicos.

Lo que desencadena las tragedias nunca es la culpabilidad expresa de los actos, sino la inocencia que se entrelaza con ellos. (Si, por ejemplo, Edipo hubiera asesinado intencionalmente a su padre, la suya no sería una tragedia.) La sospecha es inevitable: no es improbable que también en nuestro caso sean los actos, o sus omisiones, enlazados con la presunción genérica de inocencia, lo que siga fogoneando la aparición recurrente de la tragedia como modo de impulsar nuestro destino.

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