Vicentin y el acoso a la Argentina productiva

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
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25 de junio de 2020  • 18:13

El intento del gobierno de intervenir y expropiar la firma Vicentin -medida de momento aparentemente en suspenso- constituye un nuevo acto de acoso a la Argentina que deposita sus expectativas en la producción. Se suma al impuesto a la "riqueza" -que no es más que un sobreimpuesto a los bienes- y a la permanente amenaza de llevar al país a un nuevo default y a gestos y descalificaciones que buscan socavar los pilares sobre los que se apoya el sistema productivo nacional.

La palabra "expropiación" está ligada, en el imaginario colectivo, al líder caribeño que la inmortalizó a través de sus famosas: "¡exprópiese! ¡exprópiese!" ¿Cómo hacerle entender a los "confundidos" de la sociedad que no se pretende ir en esa dirección? Sin justificar irregularidades ni defender a la empresa Vicentin, el gobierno habló de expropiación, lo que significa pagar por lo que uno se apropia (sin pagar, sería una confiscación). Y si no se abona lo que vale o lo que los expropiados creen que vale, habrá indefectiblemente un juicio contra el país -como sucedió en YPF- que puede terminar costando una cifra sideral, como ha sucedido en tantos casos, como el del grupo mendocino donde el Estado -o sea, nosotros los argentinos- tuvo que sufragar cientos de millones de dólares en carácter de indemnización por algo que no valía ni cerca ese montante.

¿Está el Estado argentino -con el déficit monumental que acaba de hacerse público- en condiciones de embarcarse en la compra de empresas que no son esenciales para subsanar las catastróficas consecuencias que dejará la pandemia?

La Argentina productiva, que duda cabe, es la que provee los recursos para sostener a la Argentina subsidiada

Si bien el país es un todo, entre varias maneras de clasificarlo conceptualmente, una alternativa puede ser entre la Argentina que produce y genera recursos y la Argentina que vive de un subsidio provisto por esa otra parte del país . Esa división se manifestó con nitidez en el mapa electoral que dejó la última votación presidencial. La Argentina subsidiada se expresó masivamente en los conurbanos de las grandes ciudades -fundamentalmente en el de Buenos Aires- y en las provincias pobres del norte y del sur del país a favor de la fórmula del Frente de Todos. La franja del centro, donde se genera mayoritariamente el producto bruto nacional, se inclinó por Juntos por el Cambio. Lo que de algún modo se está viendo, es que el gobierno -contrariamente a lo que prometió, de gobernar para todos los argentinos- está acosando a esa Argentina que no lo votó. En esa línea se inscriben los hechos señalados, que no son fenómenos aislados, sino una batería de actitudes y actos tendientes a desmoralizar y socavar el ADN de esa otra parte del país que tiene por eje el espíritu emprendedor. Y la gente que salió a la calle a manifestarse -fundamentalmente la del interior-, es porque conviven de cerca con los que generan recursos y tienen bien claro que ese es el motor que conduce a las sociedades al progreso. Palpan de cerca el esfuerzo y sus resultados.

La Argentina productiva, que duda cabe, es la que provee los recursos para sostener a la Argentina subsidiada. Sin embargo, esta última -instigada por la política y la intelectualidad de la izquierda radicalizada- percibe a la otra Argentina con recelo, como si se estuviera apropiando de algo que no le pertenece. Y si llegara a usufructuar de los beneficios que resultan de su esmero y sus capacidades, es interpretado como un gesto ofensivo ante las limitaciones de los sectores subsidiados. La corriente preponderante en el oficialismo se ufana por profundizar y acentuar la contradicción entre esas dos argentinas. La subsidiada siente que la productiva está obligada sin más ante ella. Como si fuera poco lo que contribuye, percibe que todo lo que le falta es por culpa de la mezquindad y el egoísmo de la productiva, sin considerar el desproporcionado volumen que ella adquirió, que, en esas proporciones, sería insostenible para el sector de la producción de cualquier sociedad del mundo. Y siente que tiene acorralada a la Argentina productiva a través del voto, consciente de su fuerza electoral.

Paradójicamente, para la Argentina subsidiada es fundamental que le vaya bien a la Argentina productiva ya que ni el Uruguay, el Chile o el Brasil productivos van a venir a hacerse cargo de su factura. Tampoco suma que desde el Estado se menoscaben los valores sobre los que se sustenta la Argentina productiva. Por ejemplo, la meritocracia es absolutamente esencial a la Argentina productiva: "quien más produce, más gana". Si no se rigiera por ese principio, se desplomaría la producción, y ¿de qué viviría entonces la Argentina subsidiada?

La meritocracia es un factor fundamental en la formación del carácter de la sociedades. Si los deportistas, actores o profesionales no hicieran méritos para triunfar o destacarse, las sociedades se estancarían, caerían en la abulia. No tendrían sentido las competiciones deportivas, ya que se le daría entonces el trofeo de un torneo al equipo que saliera último.

La verdadera misión de un estadista es reconciliar a esas dos Argentinas, no confrontarlas mezquinamente buscando rédito electoral, ya que para salir de la encrucijada en que estamos inmersos es necesaria una actitud comprensiva y cooperativa de ambas argentinas. De cada una hacia la otra .

La gran oportunidad -desgraciadamente dilapidada- que tuvo la Argentina subsidiada fue la década de oro para nuestras exportaciones, donde se recibió un flujo excepcional de recursos que Uruguay, Chile, Perú, Brasil, y tantos otros países que vivieron procesos similares usaron esos fondos para reducir drásticamente la pobreza. La Argentina, increíblemente logró el milagro de aumentarla.

Además, resulta chocante para cualquier miembro de la Argentina productiva que tiene dificultades para abonar el salario completo a sus empleados ver que del otro lado, la Argentina subsidiada, que vive de su aporte productivo al sistema, pague los haberes completos y lo deje de cara a su gente como un avaro y un explotador de los trabajadores. Si el país pretendiese -o quienes en su nombre deciden- que el sector agropecuario sea el único sostén y proveedor de divisas para mantener en pie a la Argentina y amamantar a todo el sistema subsidiado, el proceso de decadencia que nos tiene inmersos se acelerará. Debería abrirse a otros sectores productivos -como las industrias del conocimiento- para afianzar las bases de financiamiento colectivo. Pero si en lugar de propiciarle vías de rentabilidad y respetarle las reglas a esas nuevas actividades se las trata con recelo y se les aplican retenciones que cercenan sus posibilidades de crecimiento, cada vez se achicará la fuente de recursos per cápita de los argentinos, con la consiguiente e inevitable caída de sus ingresos.

En estos delicados contextos, nadie tiene autoridad para rasgarse las vestiduras y cuestionar a otros argentinos. No corresponde denostar a quien consigue una meta en base a mérito y esfuerzo, ya sea empresario, intelectual, científico o un simple trabajador que anheló progresar.

José Marrone, recordado humorista que inició su carrera desde un origen humilde, solía rememorar que la gente le decía con una expresión muy suya: "¡Cheee, que guita que tenés!" a lo que él respondía: "¡Me la ganeeé!"

Empresario y licenciado en Ciencias Políticas

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