
Victorino de la Plaza, el último vicepresidente eficaz
Mañana se cumple un siglo de la última vez que un vicepresidente asumió la presidencia de la Nación en forma definitiva, garantizó la línea preexistente y completó el mandato. Después de que el 9 de agosto de 1914, al morir el presidente Roque Sáenz Peña, su compañero de fórmula Victorino de la Plaza se hizo cargo del gobierno hasta 1916, nunca más la vicepresidencia sirvió para la que, se supone, es su razón de ser: asegurar en caso de necesidad la continuidad institucional. De la Plaza, el último conservador y acaso el presidente menos conocido de cuantos hubo, fue quien hizo cumplir el voto universal, secreto y obligatorio instituido en 1912, pese a que él no estaba muy de acuerdo con esa ley. Su último día en la Casa Rosada, cuando lo tuvo delante a Hipólito Yrigoyen para pasarle la banda presidencial, le dijo algo insólito: "Mucho gusto". Conservadores y radicales representaban en aquel país de ocho millones de habitantes dimensiones, más que antagónicas, excluyentes. De la Plaza nunca se había visto con el líder de masas surgido varios años antes.
Fue el cuarto de los seis vicepresidentes que, a lo largo de la historia argentina, tuvieron que hacerse cargo del gobierno en forma definitiva. Los primeros dos casos, curiosamente, resultaron consecutivos y por crisis. Los segundos dos también fueron consecutivos entre sí, pero debidos ambos a la muerte del presidente.
Carlos Pellegrini, quien había inaugurado la serie en 1890 al reemplazar al desgastado Miguel Juárez Celman para superar un formidable atolladero económico y político, mostró una utilidad profiláctica de la vicepresidencia que, en el siglo XX, ya no se repetiría. Descartado desde siempre el juicio político para destituir presidentes, a partir de 1930 la vía usual para ello sería el cambio integral de régimen, más conocido como golpe de Estado.
El segundo caso de crisis fue el de José Evaristo Uriburu, salteño como De la Plaza, quien debió asumir como presidente porque Luis Sáenz Peña, acusado en la época de tener "demencia senil", se quedó solo en un agitadísimo escenario político y renunció (moriría 12 años después, en 1907, sin enterarse de que su hijo Roque también iba a llegar a presidente). Pareció cortarse la mala racha. Julio Roca completó a continuación su segundo sexenio exento de alteraciones. Pero el sucesor, Manuel Quintana, tras 17 meses de gobierno, se enfermó y murió. Corría 1906. José Figueroa Alcorta, su vice (con el que se había llevado muy mal), se encargó de llegar al Centenario. Entonces lo sucedió Roque Sáenz Peña, quien se murió cuatro años más tarde.
Dos presidentes más murieron cuando gobernaban: Roberto Ortiz, en 1942, y Juan Perón, en 1974. Pero para entonces la vicepresidencia, esa función auxiliar que curiosamente en la dictadura militar de los años 40 le había ayudado al coronel Perón a catapultarse a la vida constitucional, fallaba irremediablemente. Se hizo costumbre confeccionar las fórmulas sólo con criterio electoral. Se volvió tabú considerar la hipótesis de una sustitución presidencial por renuncia, enfermedad o muerte del titular. El método de selección ignoró la estadística: en los primeros 60 años de presidencialismo continuado, había ocurrido alguna anomalía con uno de cada tres presidentes.
Cuando llegaron a la cima del poder, tanto Ramón Castillo, lugarteniente de Ortiz, como Isabel Perón, quien debió suceder a su esposo, fueron disruptivos. Castillo, por pronazi -su fallecido compañero de fórmula había sido aliadófilo- y por buscar reponer el fraude, que Ortiz había resuelto archivar. En el decisivo asunto del fraude, Castillo se comportó sin la nobleza que había exhibido tres décadas antes Victorino de la Plaza respecto del sufragio popular. En cuanto a Isabel, ella no era la perfecta contracara de Perón en ideas -quién sabe si disponía de ideas propias-, sino en calificaciones. Ambos terminaron derrocados: Castillo, por la Revolución del 43; Isabel, por Videla.
Lo que explica que en cien años no hubiera un solo vicepresidente eficaz en términos institucionales (excluidos los que no tuvieron otro trabajo que presidir el Senado, desde Elpidio González y Hortensio Quijano hasta Carlos Ruckauf o Daniel Scioli) no es, desde luego, la tranquilidad institucional, esquiva incluso después de 1983. La causa probablemente esté conectada con las debilidades de todo el sistema político, aparte de las flaquezas de los elegidos. Pero no puede dejar de apreciarse que el último vicepresidente que probó que ese cargo había sido inventado para algo, el vice con nombre de emperador galo, guste o no su ideología, cuando le tocó ascender mostró idoneidad, dominó el barco y mantuvo el rumbo.
De la Plaza era un erudito. Además de políglota, tenía una sólida formación de jurisconsulto, que había inaugurado con una pasantía en un estudio de abogados: el de Vélez Sarfield. Después de integrar los gabinetes de Avellaneda y de Roca, se fue a vivir a Londres durante más de siete años, donde se convirtió en uno de los mayores expertos argentinos de la época en finanzas internacionales, como si hubiera sabido que le iba a tocar asumir la presidencia del país justo cuando estallaba la Primera Guerra Mundial. Tomó nota de la emergencia económica: arrancó (en rigor, por la enfermedad de Sáenz Peña ya había asumido la presidencia interina media docena de veces) con una semana de feriado bancario y cerró la Caja Nacional de Conversión. El impacto local de la guerra, al cabo, fue importante, pero se le reconoce a De la Plaza no haber vacilado en un contexto duro, de fuerte desconcierto colectivo.
Hasta recibió aplausos el día que puso a Yrigoyen y se fue caminando a su casa, que quedaba en Libertad 1235, donde hoy funciona la Escuela Nacional de Inteligencia. Por esos claroscuros de la historia, el ejecutor de la transición al régimen electoral democrático no tiene avenida ni figura en la nomenclatura céntrica. Lo recuerda con desgano, en Barrio River, una calle breve y curva.






