Vidas partidas en dos tras el muro de Tijuana

En No vuelvas (Almadía), un periodista rescata voz, cuerpo y nombres propios de la tragedia que cada día se vive en la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, un fragmento del libro
En No vuelvas (Almadía), un periodista rescata voz, cuerpo y nombres propios de la tragedia que cada día se vive en la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, un fragmento del libro Crédito: Daniel Ochoa de Olza/AP
Leonardo Tarifeño
(0)
13 de enero de 2019  

Una mañana de domingo, de camino a Playas, le cuento al taxista que vine a Tijuana para escribir sobre los de­portados.

-Ah, ¿sí? ¿Me viniste a ver a mí? -pregunta, entre risas, con la mirada fija en el espejo retrovisor.

En la ciudad hay tantos expulsados de Estados Uni­dos que es difícil no toparse con alguno. Él debe andar por los 50 años, dice que es de Puebla y que a la frontera llegó de niño.

-Al "otro lado" cruzamos con mi esposa, en 1997. Jus­to por aquí, ¡ahí mero! -apunta, mientras pasamos junto a un cerro que cae en picada, detrás del Mirador. Se ve que a esta hora nunca hay mucho tránsito en este rumbo, pero yo igual preferiría que mirara menos por el espejo y más hacia adelante-. Estaba bien papita, eran otras épo­cas -suspira y acelera, temerario, siempre con un ojo en el retrovisor-. Luego pagamos por mi abuela, pero en ese cruce se pusieron bien perros y tuvo que pasar por Zona Norte. No problem: cada coyote tiene su agujero. Diez años vivimos en Los Ángeles. Mi abuela, mi esposa, mis hermanos, todos. Hasta que me deportaron. Pero, ¿sabes qué? Si no me hubieran corrido ellos, me hubiera ido yo.

-¿Por qué? ¿No te gustaba allá?

-Bueno, a ver si me puedes entender. Si uno aquí tiene a la familia, los amigos, el trabajo? ¿por qué me tendría que ir? ¿A hacer qué?

Aunque supongo que las cosas no son tan sencillas, le doy la razón. Sobre todo, por motivos profesionales: como no quiero que deje de hablarme, no debería contradecirlo. Su testimonio podría ser significativo si sobrevivimos a su euforia al volante.

-Las cosas se pusieron feas cuando deportaron a uno de mis hermanos -continúa, con el viento en la cara-. Habíamos pagado un buen varo por él, y al primer día se lo llevaron por tomar unas chelas en la calle. ¡El primer día! Yo trabajaba en un hospital de ancianos, limpiándole el traste a los viejitos. ¿Y todo para qué? Cuando me deportaron por conducir sin licencia, no lo lamenté. A principios de 2008 me traje a mi esposa y aquí estamos, tan contentos.

-¿No estaba muy violento aquí por esos años?

-¡Pues ya sabes cómo es México, carnal! Cosas pasan, pero no hay que meterse. ¡Cada chango con su mecate! Y la verdad es que, desde que encerraron al Doctor, por aquí está todo más tranquilo.

El Doctor es Eduardo Arellano Félix, médico de pro­fesión y excerebro financiero del Cártel de los Arellano Félix (CAF) con el que sus hermanos Benjamín y Ramón gobernaron de facto Tijuana entre 1989 y 2002. De los tres, el primero en caer fue Ramón, el pistolero en jefe de la banda, durante un tiroteo con la policía de Mazatlán, el 10 de febrero de 2002; un mes después le tocó a Benjamín, en Puebla, en un operativo que se saldó sin que nadie disparara un solo tiro. A Eduardo lo apresa­ron en octubre de 2008, justo cuando el deportado que a mil por hora me lleva a Playas se reinstalaba en TJ, un año en el que las estadísticas oficiales señalan que en la ciudad hubo 843 ejecuciones. ¿Qué clase de tranquili­dad era esa? Tal vez llegó el momento de contradecirlo. Ochocientos cuarenta y tres asesinatos anuales no son sinónimo de tranquilidad en ningún lado; o quizá sí, allí donde solo a Ramón Arellano Félix se le atribuyen más de mil en 13 años, casi 80 por temporada laboral.

¿Mi taxista tendrá razón o yo me perdí de algo en el camino? Y es que, mientras dejábamos atrás la garita de San Ysidro, para no mirar el velocímetro me puse a pensar en el agente de la migra identificado como José Barrón, quien ahí mismo permitió durante años el paso de camiones con toneladas de marihuana, una hora al día, a partir de las 20.¿Cuánto le habrá pagado el CAF a ese empleado gringo? Cuesta saber el monto anual aproxi­mado, aunque a la fiscalía de San Diego le consta al me­nos un pago de 650 mil dólares. Lo único cierto es que la droga siempre traspasa la frontera sin necesidad de visa. Y que los papeles se les pide sólo a quienes no valen tanto.

Al bajar del taxi, lo primero que siento es el aliento de las olas y, a lo lejos, el ritmazo de una plegaria salse­ra que emerge de un restaurante de mariscos. Gracias, amor, por los bellos momentos / quiera Dios que se cumplan tus sueños / y aunque sé que lo nuestro es pasado / nunca voy a olvidarte / porque fui taaan feliz?, escucho en versión de Alberto Barros, mientras llego al extraño punto fron­terizo en el que la valla crece desde el mar. Todos los fines de semana, las familias partidas a ambos lados de la frontera se reencuentran aquí, en el Parque de la Amis­tad o Friendship Park, el área binacional donde la verja que hiere el Pacífico se transforma en una prisión al aire libre, amarga y entrañable a la vez.

Pat Nixon, la exprimera dama estadunidense, lo inauguró en 1971, cuando la demarcación limítrofe sólo de­pendía de un alambre de púas y nadie soñaba con el "gran y hermoso muro" prometido por Trump. Durante aquel acto legendario, la señora Nixon les pidió a sus agentes de seguridad que cortaran el alambre para poder abrazar a quienes la contemplaban a escasos metros, tan cerca y tan lejos, en ese otro país que también es otro mundo. "Aquí no debería haber muros", sentenció, premonitoria, sin saber que menos de dos décadas después, en 1990, justo en ese sitio se levantaría la primera gran cerca que su intuición quería conjurar.

Tres años más tarde, la malla ya abarcaba los 20 ki­lómetros que van del mar a las montañas del Este. Y en 1994, como parte de la Operación Guardián ordenada por el entonces presidente Bill Clinton, el refuerzo con placas metálicas de la primera valla se complementaría con la instalación de una segunda, de 4,5 metros, inclinada al interior con alambres de púas más gruesos y espino­sos de los que conoció aquella primera dama, hija de una inmigrante alemana y de un descendiente de irlandeses.

Desde 1990, Estados Unidos construyó 1.050 kilóme­tros de muros y cercas para cubrir 33,3 por ciento de los 3.145 kilómetros que abarca la frontera, un porcentaje que al autoritarismo del siglo XXI le resulta insuficien­te. Equipada con sensores, drones, cámaras y patrullas activas las 24 horas del día, la sección de la verja que corresponde a Tijuana y San Diego es la más vigilada de todas. Tanto, que ni siquiera en el parque se permite nada parecido al contacto físico, aun cuando la única parte del cuerpo que podría asomarse entre los milimétricos hue­cos de la doble red metálica que cruza los barrotes es la yema de los dedos.

Ya a un lado del faro, la cercanía de la valla hace que los sentimientos se confundan. ¿El parque es el primer paso hacia la reunificación familiar o el rincón amable de un monumento a la intolerancia? La barda, que guía a los migrantes ilegales hacia la muerte agazapada entre los desiertos y los ríos, cobija este lugar de encuentro, sin el cual las familias con miembros en ambos países podrían pasar años sin verse. Aquí, un país dice de la manera más brutal posible que no quiere tener ninguna relación con su vecino; sin embargo, al mismo tiempo, el muro construye sus propios resquicios rigurosamente vigilados y organiza un recreo, un día de visitas para que nadie olvide que en realidad se trata de una cárcel. A su manera, simboliza una esperanza enjaulada y controlada, pero esperanza al fin.

-¿Sabe? Por allá abajo, un día llegué a meter la cabe­za del otro lado -le cuenta un inesperado guía turístico a una pareja de gringos, en el pequeño mirador donde reposa una estatua con delfines. La caza de extranjeros con dólares me recuerda a tantas otras, como la de los vendedores de minipirámides y masajes energéticos en Teotihuacán, la de los hechiceros de ocasión en las calles de Catemaco y la de los pescadores que ofrecen tours mar adentro en las costas del Pacífico. Mientras pienso por qué allá nunca me resultó chocante y aquí sí, veo que en cada vara está escrito el nombre de un veterano de guerra mexicano que peleó por Estados Unidos antes de que ese país decidiera que defender su bandera no es una razón legítima para frenar la deportación de sus soldados. Más arriba, leo: "Cuando el poder del amor supere el amor al poder, el mundo conocerá la paz", uno de los máximos lu­gares comunes del pacifismo, frase original del exprimer ministro británico William Gladstone, mal atribuida a Jimi Hendrix. A un costado, tres pastores evangélicos ofrecen "cursos bíblicos gratis". Y arriba, con enormes letras corroídas por la humedad, la palabra empathy pide justo aquello que los drones, las cámaras y las torres de seguridad que la alumbran parecen negar.

Un desastre humanitario que nadie parece poder ver, por Leonardo Tarifeño

Mientras escribo este comentario sobre las razones detrás de No vuelvas, en las noticias escucho que veintidós migrantes murieron bajo custodia de la Border Patrol en los casi dos años de gobierno de Donald Trump. Con ese dato debería alcanzar para entender por qué un periodista se decide a narrar todo acerca de aquellos que malviven en la frontera entre Estados Unidos y México, en busca de una vida mejor. Pero, precisamente porque pasé un buen tiempo en Tijuana y vi lo que vi, sé muy bien que los datos no conmueven a nadie. Y la realidad, quizás, tampoco.

No vuelvas es una crónica periodística que cuenta las historias de los deportados de Estados Unidos que conocí en el Desayunador del padre Chava, en Tijuana, a metros del país más poderoso del mundo. Yo llegué por primera vez a México en 1999 y desde entonces he vivido unos quince años en su capital; antes y después de esa visita que marcó mi vida, residí en Buenos Aires, Barcelona, Río de Janeiro y Budapest. Tal vez esta referencia sirva de contexto cuando afirmo que nunca, y en ningún otro lado, vi un desastre humanitario como el que encontré en Tijuana. Madres deportadas que ya no vuelven a ver a sus hijos porque sus exparejas se los quedan del lado de Estados Unidos y evitan cualquier contacto con aquella que los avergüenza. Un mexicano como Nacho, encarcelado ocho años en Los Ángeles por un crimen que no cometió. El guatemalteco Alex, ex residente en Nueva York, detenido mientras ayudaba a los heridos del atentado contra las Torres Gemelas y expulsado semanas después por poseer una bolsita con marihuana en el bolsillo trasero del pantalón. O la señora María de la Luz, quien durante nuestro primer encuentro me pidió por favor que buscara a su hija en Tampa, Florida, porque no tenía dinero ni manera de contactarla y necesitaba contarle todo lo que le había ocurrido. A ellos y muchos otros los conocí en el Desayunador; y una vez que los vi y comencé a tratarlos, advertí que no podía limitarme a difundir sus testimonios. La catástrofe que protagonizaban los excedía y hundía sus raíces en la relación de la sociedad mexicana con la pobreza, la flagrante hipocresía en la política migratoria de Estados Unidos y el negocio a varias bandas que representa un segmento de miles de personas dispuestas a ser explotadas. Era una historia que, como migrante que yo también fui y soy, no me resultaba ajena. Podía reconocerla, entenderla y contarla en todos sus aspectos. Y eso es lo que hice en No vuelvas.

En 2015, cuando empecé a trabajar en el libro, a Tijuana llegaba un promedio de 160 deportados diarios. Uno cada diez minutos. Sin que nadie se ocupe de ellos, en una ciudad desconocida y a merced de la persecución policial, el desprecio o la indiferencia, un 10% se convierte en homeless tras cinco o seis días de convivencia con el abandono. Es una realidad que el Estado mexicano oculta, el gobierno estadounidense criminaliza y el resto del mundo ve como una noticia más. A mí me consta que es un desastre inimaginable. Mi libro no busca ser un llamado de atención. Solo pretende que quien lo lea piense.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.