
Vivir y morir en Africa: luz, cámara, devastación
Hubert Sauper eligió un país de Africa, Tanzania, para dar cuenta del desamparo y la pobreza de todo el continente en su film "La pesadilla de Darwin", que acaba de obtener el premio al mejor documental europeo
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En una de las escenas de "La pesadilla de Darwin", una mujer explica por qué uno de sus ojos parece haberse desvanecido tras la cuenca producto de una infección. La explicación la da mientras recoge restos de pescado podrido, desechos de una procesadora que exporta filete de Perca del Nilo a Europa. La mujer está parada sobre lo que será su comida, un montón de pescado agusanado. Sobre ella, una bandada de carroñeros. Al menos está viva. No ha muerto de sida, como le ocurre a gran parte de la población de su pueblo, ni está en medio de la guerra. Es Tanzania, en las riberas del Lago Victoria, es pobreza africana y es la película que obtuvo el premio al mejor documental europeo de 2004 (European Film Awards).
Hubert Sauper, el director del film, es austríaco de nacimiento, pero tiene ciudadanía francesa y ha vivido en Estados Unidos, Inglaterra y, por supuesto, en África. En el rodaje de un documental sobre los refugiados ruandeses se enteró de la historia que finalmente se transformó en "La pesadilla de Darwin". Un registro que mezcla devastación ecológica, comercio de alimentos delicatessen, hambruna, tráfico de armas y una colección de historias de pobreza y desamparo.
-¿Cuál es su motivación para buscar historias en Africa?
-Africa es parte de la historia de Europa, con lazos muchas veces invisibles para la mayor parte de la gente. Invisibles hasta el punto que uno puede llegar a decir que una parte de nuestro cuerpo viene de Africa porque uno se ha estado alimentando de un producto que viene de allí. Por eso esta película produce, en la psicología de los europeos, un efecto que a mí me gusta comparar con la explosión de una bomba, porque les muestra las condiciones en que los africanos están trabajando para que nosotros comamos.
-¿Cuál cree que es la relación que tiene el europeo común con Africa ahora, a la luz de la inmigración y de las últimas revueltas en Francia?
-El fenómeno de la globalización de los bienes y capitales ha creado un vínculo entre todos los seres humanos a través del dólar. Pero eso no se ha traducido necesariamente en una comprensión mayor de los otros. Hay una hiperconexión, por un lado, y una ausencia de contacto, por otro. Eso es lo que ha creado esta especie de brecha en la relación entre los europeos y Africa. Antes, los negros eran "los otros". Ahora, en nuestro lenguaje, siguen siendo "los otros", pero, al mismo tiempo, somos nosotros, porque están donde vivimos.
-Hablando de esos "otros" que ahora estan ahí mismo, ¿cuál es su reflexión sobre los conflictos con los inmigrantes?
-Antes se hablaba del Tercer Mundo como algo que se encontraba lejos, algo que estaba más allá geográficamente. Pero ya no es una noción geográfica, porque en el centro de París estamos en el Primer Mundo, pero si uno se aleja unos kilómetros ya está en el Tercer Mundo. En toda la periferia de París están los más necesitados y la misma palabra periferia te dice algo que habla de una revuelta social, un descontento, y yo creo que ese descontento no tiene que ver con un asunto religioso, sino con la pobreza y la segregación. Pero es verdad que la gente en Europa tiende a pensar que todo va bien y que el mundo es como ellos lo viven, y que la pobreza en Africa se reduce a las imágenes que muestra Unicef, algo que se ve con compasión y que se soluciona dándole una donación navideña a alguna organización de ayuda.
-¿Cómo hizo para no imprimir una mirada paternalista en el documental?
-Ese riesgo es permanente. Cuando te encuentras con una prostituta, por ejemplo, la relación es la del cliente que reclama un servicio. Si te encuentras con un niño en la calle, la relación es la del hombre rico que le da limosna. El gran trabajo fue pasar muchos años con esta gente para romper con esa barrera y trabar amistad, en una relación de igual a igual. Por mi parte, tuve que hacer un esfuerzo muy grande de comunicación en el sentido de llegar ahí y explicarles quién soy yo, qué es lo que espero, por qué estoy acá, cuáles son mis temores. En el momento en que establecí la relación, comencé a elegir con qué personas y con qué historias iba a trabajar.
-El documental ha recibido algunas críticas por la tesis del tráfico de armas. Hay quienes plantean que usted no comprueba de manera definitiva que en los aviones en que se llevan los pescados se trafican armas. ¿Cómo responde a esas críticas?
-Hay un tema filosófico básico de fondo. O hago una película que toque el alma de la audiencia o hago una película que procure dar información detallada. En cuanto al comercio de armas, es un hecho conocido que las armas no llegan gracias a la acción del Espíritu Santo. Tampoco llegan por Air France. Yo parto de esas circunstancias y desde ahí empiezo a hacer la película. No es mi idea probar detalladamente cada una de las afirmaciones. Elegir ese camino para hacer la película es la diferencia que hay entre hacer una novela erótica y una película porno.
-La película se presenta como muy asociada al tema de la globalización. Después de verla, uno se pregunta, frente a tanta pobreza, ¿es tan importante la globalización o el tema del hambre en el mundo es tan grave que sobrepasa cualquier sistema?
-Este tipo de globalización del capital es un fenómeno nuevo y muy exitoso. Se lo podría comparar con un adolescente que repentinamente ve cómo su cuerpo crece pero sigue moviéndose por el mundo como lo haría un niño. Lo podemos ver como un milagro porque, repentinamente, podemos comprar de todo, tenemos a nuestra disposición productos de cualquier parte del mundo. Pero como es un fenómeno nuevo, no tenemos conciencia de todos los efectos devastadores que lo acompañan. Esos efectos están escondidos en el espacio y en el tiempo, lo que quiere decir que en algún momento van a manifestarse. Sabemos lo que pasa en el Congo, por ejemplo, a través de cifras, de información. Sin embargo, saber que cinco millones de personas han muerto es una cosa, pero tener conciencia de eso, es otra cosa. Y, aunque tal vez sea imposible tomar conciencia de algo de semejante magnitud, es importante empezar por un proceso de reconocimiento, de darnos cuenta de lo que pasa en nuestra época. Para eso necesitamos otro lenguaje, porque el lenguaje de información pura no funciona, estamos inundados de información.
-Si tuviera que colocar "La Pesadilla de Darwin" dentro de un grupo determinado de documentales, ¿con qué otros documentales la emparentaría?
-Con mi última película sobre la guerra del Congo. Si no es con ésa, no lo sé. Se trata de una película que no intenta explicar por qué sucede la guerra, sino mostrar hasta qué punto uno puede estar perdido dentro de la realidad. Entonces, el espectador sale totalmente confundido y eso es lo que yo buscaba. Creo que hay una familia de documentales, no necesariamente parecidos en su forma, sino en su ambición por decir algo, eso lo valoro mucho. Por esa razón soy amigo de [el cineasta chileno] Patricio Guzmán.
-¿Cómo se conserva el sentido del humor después de hacer una película como ésta?
-Trabajé cuatro años en este film, y durante todo ese tiempo hubo también buenos momentos. No podría haber vivido cuatro años de tragedia. Hice amigos, bailamos, tomamos cerveza. Mi vida personal en este contexto no era el tema de la película. El tema de la película es que ese amigo con el que yo podía salir a divertirme tenía que pasar todas las noches frente a una puerta azul, picado por los mosquitos y con el riesgo de que eventualmente alguien llegue y lo mate. Que su destino está ligado a algo que él ni siquiera analiza. Se trata de mi reflexión sobre la vida de ellos, que no es la misma reflexión que ellos hacen sobre sí mismos. No es que sea mejor, es simplemente distinta. Las miles de personas que mueren de sida en estos campamentos de pescadores nunca establecen la relación entre su pobreza, la procesadora de pescado y su destino. Mueren en silencio, pero antes de morir están trabajando para nuestro bienestar. Es una forma moderna de esclavitud.
© LA NACION y El Mercurio






