
Volver a Italia 56 años después
Por Dante Ruscica Para LA NACION
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ITALIA cierra el caso Saboya, la familia real desterrada a partir de 1946, cuando por referendum popular en la península se optó por la forma republicana del Estado, dando por concluido el ciclo histórico de la monarquía piamontesa, que venía de la época de la unidad nacional (1861).
La cuenta pendiente entre el moderno Estado republicano y la antigua familia real se debía a un explícito mandato constitucional que le vedaba el ingreso en la península a todo heredero varón de los Saboya. Para levantar la prohibición y solucionar el problema, ahora se ha reformado la Constitución, y así, después de cincuenta y seis años, los varones descendientes de los reyes de la Casa Saboya pudieron regresar a Italia, un país sin duda muy diferente al que dejaron después de la guerra.
¿Pero cómo surgió este "caso" y en qué condiciones, hace cincuenta y seis años, Italia pasó de la monarquía a la república? Fue, afortunadamente, sin sangre. En general, cuando en la historia leemos de estos cambios, no faltan truculentos episodios de reyes decapitados, soberanos fusilados, familias reales destruidas y herederos desaparecidos...
Por suerte, en Italia se dio la excepción: el cambio se produjo en paz, según normas civilizadas y democráticas, por voto popular. Aunque, en honor a la verdad, hay que agregar que fue en medio de un clima de grandes turbulencias políticas y sociales y no sin graves trastornos y complicaciones, dadas las complejas circunstancias que envolvían entonces al país.
En realidad, aquélla fue una temporada histórica tristísima y de grandes dramas en Italia. Recién terminaba el largo conflicto mundial, cuyos dos últimos años para los italianos habían sido de guerra civil.
En la península, los muertos en el frente de guerra o por los bombardeos eran centenares de miles. Cada familia arrastraba un duelo. Muchas madres italianas vestían de negro. Otras rezaban sin gran esperanza por el regreso de los hijos que habían quedado prisioneros en la Rusia de Stalin.
El país estaba destruido y agotado. Arrasados los ferrocarriles, los caminos, las fábricas. Las bellas ciudades italianas mostraban sólo cúmulos de escombros. Los desocupados eran millones. El desaliento cundía en todas partes y muchos no aguantaban, no confiaban en la reconstrucción que se anunciaba y buscaban salidas urgentes. Se iban.
Muchos, como sabemos, buscaron parientes y refugio en la Argentina. Y la Argentina, en aquellas circunstancias, tuvo un rol de samaritana que no se puede olvidar. Aparecieron tíos, primos, amigos argentinos que supieron ser solidarios.
En aquella época quien podía conseguir un "permiso de libre desembarque" en la Argentina lo mostraba como un trofeo.
Se embarcaron de a miles, teniendo como meta la Dársena Norte de Buenos Aires, que devino en símbolo de salvación.
Estado de debate
¿Y la política italiana? Con parte del país aún ocupada por ejércitos extranjeros, los partidos democráticos, que resurgían después de veinte años de dictadura fascista, apuntaban -entre infinitas, bíblicas diatribas y consabidas riñas por el poder- a la reorganización del país, dibujando y proponiendo instituciones democráticas que garantizaran la libertad de todos.
Los debates de aquella primavera italiana conocieron aportes especialmente iluminados, con la participación del filósofo Benedetto Croce y de tantos otros destacados intelectuales. Ellos pensaban en el futuro. Pero en lo inmediato había que ocuparse de los escombros materiales y morales que dejaba la guerra.
Uno de los principales temas fue justamente el de la forma del Estado. ¿República o monarquía? Muchos consideraban al rey no menos responsable por el desastre en que quedaba el país que al fascismo de Mussolini. Así, se puso en discusión la monarquía y se organizó el referéndum del 2 de junio de 1946.
En vista de tal circunstancia, al comenzar el mes de mayo -cuando faltaba menos de un mes para el voto- el viejo rey Vittorio Emanuele III abdicó en favor del hijo, el príncipe Humberto, convertido en rey Humberto II.
Pero el gesto, tardío, no pudo salvar a la monarquía. La gente el 2 de junio optó mayoritariamente por la República. Humberto II, el joven rey, pagando -como se dijo- culpas ajenas (él no podía ser considerado aliado del fascismo y responsable de la guerra) sufrió la derrota electoral y pasó a la historia como "rey de mayo", por haber reinado sólo durante un mes...
Una decisión atinada
Este fue el clima en que se gestó en Italia el gran cambio político que significó la opción por una administración republicana, a través de un apasionante e histórico debate, que generó una masiva participación a lo largo de toda la nación.
El nuevo rey tuvo que aceptar el veredicto de las urnas. Lo hizo no sin antes resistir por algunos días, que quedan como una pesadilla en la memoria colectiva de aquel tiempo: los monárquicos eran muchos en toda Italia y los más enardecidos invitaban al rey a no irse.
Sectores hubo que amenazaron un "baño de sangre" (¡lo que faltaba en medio de tantas tragedias!). Pero afortunadamente al final ganaron el tacto, la paciencia y la capacidad de persuasión de Alcide De Gasperi, un primer ministro de excepcional habilidad y de gran rectitud mora.
El rey fue convencido de respetar los números del referéndum que condenaban a su dinastía. Con buen tino político y seguramente con alguna dosis de patriotismo, después de infinitos y riesgosos cabildeos, respetó la voluntad popular. Se fue.
Era el 18 de junio, cuando, -dos semanas después del voto-, el joven rey, "de figura esbelta, de modales impecables y de aspecto melancólico", como lo describe un historiador imparcial, abordó un avión especial que, "previa escala técnica en Madrid", cuentan las crónicas de la época, lo llevó al exilio en Portugal.
Murió treinta años después, sin volver nunca más a Italia. Los varones Saboya que ahora acaban de regresar (de Ginebra, donde residían), son su hijo Víctor Manuel, de sesenta y seis años, y un joven nieto.
En la Italia europeizada de hoy no serán ni reyes, ni príncipes, ni principitos. Deberán respetar los símbolos y las leyes del Estado republicano y pagar los impuestos en euros, como todo hijo de buen vecino...





